—James… —solté su nombre, un suspiro de rendición. Él no esperó más. Se unió a mí en un movimiento fluido, una entrada que me hizo soltar un grito que se perdió en el viento matutino. La sensación de plenitud fue absoluta. Empezamos a movernos, al principio con una lentitud tortuosa, marcando el ritmo con el sonido de nuestros cuerpos chocando y el leve chirrido del hierro del balcón. Cada embestida era una conversación, un lenguaje de piel y gemidos que no necesitaba traducción. Mis manos se aferraban a sus hombros, buscando estabilidad mientras el mundo empezaba a girar. Cada vez que él profundizaba, yo perdía un poco más el control, dejando que mis gemidos fluyeran sin filtro. Barcelona se despertaba a nuestros pies, los sonidos de la ciudad empezaban a cobrar vida, pero nosotros está

