capitulo 6

645 Words
Sus manos se enredaron en mi cabello, atrayéndome hacia él con una urgencia que me hizo soltar un gemido. Respondí con la misma intensidad, dejando que mis manos se aferraran a su chaqueta de cuero, aferrándome a él como si fuera la única superficie sólida en un mar de incertidumbre. En ese beso, no había espacio para los Sinclair, ni para los Kensington, ni para los contratos navieros. No existía el ayer, esa carga insoportable de errores acumulados, ni existía el mañana, ese terreno pantanoso donde mi matrimonio me esperaba como una sentencia. Solo existía el ahora. James me separó apenas unos milímetros, sus labios rozando los míos, su respiración agitada golpeando mi piel. Sus ojos me buscaron con una intensidad que me hizo temblar. —Olvida el resto —murmuró contra mis labios—. No me importa quién eres allá fuera. No me importa el hombre al que perteneces o las vidas que se supone que debes vivir. Ahora mismo, aquí, bajo esta lluvia, solo existimos nosotros dos. Su boca volvió a encontrar la mía, y esta vez, el beso se profundizó, cargado de una electricidad que me recorrió hasta los huesos. Me besó con la ferocidad de alguien que sabe que el tiempo es limitado, alguien que entiende que el destino es un juego que no siempre se puede ganar, pero que vale la pena jugar hasta el final. Me dejé llevar. Me dejé ser esa mujer que no pedía permiso, que no pedía perdón. Bajo la lluvia que nos empapaba, dejamos que el resto del mundo se desvaneciera. Las voces en mi cabeza, esas que me dictaban cómo caminar, qué pensar y a quién amar, se silenciaron de repente, ahogadas por el sonido de su respiración y el golpeteo del agua contra nuestras ropas. No hubo promesas de amor eterno, porque ambos sabíamos que la realidad estaba esperando al otro lado de la esquina. Pero, en ese momento, no las necesitábamos. El "ahora" era suficiente. Era un refugio momentáneo, una pequeña tregua en medio de la guerra que yo libraba conmigo misma. James me rodeó con sus brazos, protegiéndome contra su cuerpo sólido y cálido, desafiando el frío de la noche barcelonesa. Me sentí contenida, vista por primera vez en años por alguien que no buscaba nada de mí, que no esperaba que fuera un adorno en su vida. Solo buscaba que fuera yo, en toda mi imperfección y en toda mi desesperación. Nos besamos hasta que nos faltó el aire, hasta que nuestras manos, entrelazadas y frías, fueron lo único que nos mantuvo conectados a la tierra. Y por un instante glorioso, fui libre. Libre de las ataduras, libre de la etiqueta, libre de la mujer que el mundo decía que era. Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos jadeando, mirándonos bajo la luz mortecina de una farola. No hablamos del futuro. No hablamos de lo que pasaría al amanecer. James me mantuvo cerca, su frente apoyada contra la mía, mientras la lluvia seguía cayendo sobre nosotros. Éramos dos náufragos que habían encontrado una balsa en medio del océano, sin saber que, más temprano que tarde, la corriente nos arrastraría a lugares que nunca habríamos elegido, pero que, irremediablemente, estábamos destinados a explorar. —Gracias —murmuré, con la voz apenas audible. —No me des las gracias —respondió él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que llenó el espacio entre nosotros—. Solo siente esto. Solo vive esto. Me aferré a él una vez más, sabiendo que, aunque mañana tuviera que volver a ser la prometida de Parker Kensington, una parte de mí se quedaría para siempre en esta calle de Barcelona, bajo la lluvia, en los brazos de un hombre que me enseñó, con un solo beso, que las voces, a veces, pueden callarse si tienes el valor de dejar de escucharlas.
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