capitulo 5

624 Words
La puerta giratoria del hotel me devolvió al mundo real, pero mis pies no obedecían a la lógica de volver a mi habitación. Cada paso que daba hacia el ascensor me sentía como si estuviera caminando hacia un cadalso. La idea de encerrarme entre esas cuatro paredes, con el eco de la voz de Parker resonando en mi mente y el peso de mi vida perfecta presionándome el pecho, me resultó insoportable. Me di la vuelta antes de llegar a la recepción. Salí corriendo. No me importó el sonido de mis tacones golpeando el pavimento, ni que mi abrigo se abriera con el movimiento brusco. La lluvia había vuelto a comenzar, una cortina fina y helada que envolvía Barcelona en un sudario de melancolía. Corrí sin un destino fijo, huyendo de las expectativas, huyendo de la mujer que se suponía que debía ser. Mis pulmones ardían y mis ojos estaban nublados por las lágrimas que, por fin, me permitía derramar. Llegué a una de las avenidas principales, una arteria vacía a esa hora de la madrugada. El pavimento brillaba como un espejo n***o bajo las farolas. Y allí, en el centro de la nada, lo vi. James estaba de pie, en medio de la calle, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Parecía un espectro salido de una de sus propias canciones, imperturbable ante el diluvio. Cuando me escuchó llegar —mis jadeos eran el único sonido en la calle—, giró lentamente sobre sus talones. No parecía sorprendido de verme. Como si el destino, en su cruel y maravillosa forma, hubiera dictado que nuestros caminos debían colisionar precisamente allí. —¿Charlotte? —su voz llegó a mis oídos, baja y firme, atravesando el ruido de la lluvia. Corrí los últimos metros, sintiendo que cada paso rompía un eslabón más de las cadenas que yo misma me había puesto. Me detuve a escasos centímetros de él, empapada, con el cabello pegado a la cara y los labios temblando. Él no se movió, solo me observó con esa intensidad que me desarmaba, como si estuviera leyendo mi alma a través de la tormenta. —No puedo… —comencé a decir, mis palabras fragmentadas por el llanto—. No puedo silenciarlas, James. Las voces… las voces de mi padre, de Parker, de todas esas personas que esperan que sea perfecta. Me están gritando todo el tiempo qué debo hacer, qué debo decir, con quién debo casarme… me están volviendo loca. Ayúdame a callarlas. Por favor, solo ayúdame a que se detengan. El silencio que siguió fue más pesado que la lluvia. James dio un paso hacia adelante. Su rostro estaba mojado, las gotas de agua resbalando por su mandíbula afilada. Sus ojos, profundos y oscuros, no mostraban lástima, sino una comprensión que me dolió más que cualquier insulto. —¿Quieres callarlas? —preguntó, su voz un susurro ronco. Asentí, incapaz de articular palabra, sintiéndome pequeña y rota bajo el cielo de Barcelona. James levantó una mano y, con una lentitud deliberada, retiró un mechón de pelo húmedo de mi frente. Su tacto fue eléctrico, un ancla en medio de mi naufragio. No hubo promesas, no hubo preguntas sobre mi futuro, no hubo juramentos de "siempre" o "nunca". Solo estábamos nosotros, dos extraños en una ciudad que no nos pertenecía, en un momento que no tenía derecho a existir. Se inclinó hacia mí, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Cuando sus labios tocaron los míos, el mundo exterior desapareció por completo. No fue un beso suave; fue una rendición. Fue una necesidad salvaje de comprobar que todavía estaba viva, de llenar el vacío que mi vida de lujos y mentiras había dejado en mi interior.
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