Capitulo 4.

980 Words
La situación se estaba volviendo intolerable. Sentía la mirada de algunos curiosos, pero nadie intervenía. El tipo me agarró de la muñeca, apretando más de la cuenta. —¡Suéltame! —grité, pero él se rio, apretando más. En ese preciso instante, el mundo pareció detenerse. Una mano firme y grande se cerró sobre el hombro del desconocido, girándolo con una fuerza repentina que lo hizo tambalearse. —Creo que la dama ya te ha dicho que no —la voz de James Caldwell resonó por encima de la música. Era él. Sus ojos, antes tormentosos y divertidos, ahora eran dos láminas de acero frío. Se interpuso entre nosotros, dejando al tipo acorralado contra la barra. —¿Quién demonios eres tú? —espetó el borracho, tratando de recuperar el equilibrio. —Alguien que no tiene paciencia para tipos que no entienden el significado de la palabra "no" —respondió James, acercándose a su rostro con una calma amenazante—. Tienes exactamente tres segundos para desaparecer de mi vista antes de que decida que tu cara necesita una reforma integral. Y te aseguro que no te va a gustar el resultado. El desconocido, ante la imponente estatura de James y la frialdad con la que hablaba, soltó un gruñido pero se alejó a trompicones, perdiéndose entre la multitud. James se giró hacia mí. Su expresión se suavizó al instante, aunque su mandíbula seguía tensa. —¿Estás bien? —me preguntó, tomándome suavemente de los hombros. Sus manos quemaban, pero de una forma diferente a la anterior. Era una calidez que me devolvió la seguridad. Asentí, sintiendo que los ojos me escocían. El estrés de la llamada con Parker, la presión de la junta de mañana y el miedo de hace un segundo se combinaron para hacerme sentir increíblemente vulnerable. —Gracias —murmuré, con la voz rota—. No sé qué… no sé qué habría pasado si no… —Ya pasó —me interrumpió, guiándome lejos de la barra hacia una mesa apartada en la esquina—. Sal de aquí. Este sitio ya no es para ti. —James, yo… solo quería… —Lo sé —dijo, sentándose frente a mí y pidiendo un vaso de agua para ambos—. Querías un poco de silencio, o quizás un poco de ruido para no pensar en el motivo por el que estás tan tensa. Te vi desde la entrada. Parecías estar cargando el peso del mundo sobre esos hombros. —Es el trabajo —mentí, sintiendo que era el momento de mantener mi fachada—. Y un mal día. —¿Quieres hablar de ello? —me miró fijamente. No era una pregunta de cortesía; era una invitación real. —No puedo. No… no es algo que pueda cambiar —respondí, bajando la mirada. —Todos podemos cambiar las cosas, Charlotte. A veces solo hace falta un poco más de coraje del que creemos tener. James pidió una ronda de ginebra, esta vez de mejor calidad. Hablamos durante horas. Él, con esa capacidad casi sobrenatural de hacerme sentir que era la única persona en la habitación, logró que el miedo se desvaneciera. Me contó cómo había llegado a Barcelona, cómo su música era su única forma de decir lo que el mundo no quería escuchar. Y, por primera vez, me sentí capaz de compartir pequeñas verdades. No mi nombre completo, ni mi prometido, ni mi familia, pero sí mi soledad. —A veces siento que estoy viviendo una vida que no me pertenece —confesé, después de un trago largo—. Como si estuviera actuando en una obra de teatro donde odio mi personaje. —Pues cambia el guion —dijo él, sin vacilar—. La vida es demasiado corta para vivirla bajo las expectativas de otros. Si odias el personaje, haz que la protagonista se vaya, que prenda fuego al escenario y se pierda en el horizonte. Reí, sintiendo que esa idea, tan radical y peligrosa, sonaba como la única salvación posible. James me hizo sonreír otra vez, me hizo olvidar las amenazas de Parker y la frialdad de mi vida en Nueva York. Cuando la noche estaba avanzada, nos encontramos caminando de nuevo por las calles vacías. La lluvia había parado, dejando el suelo mojado, reflejando las luces de la ciudad como un camino de diamantes negros. —¿Mañana tienes que volver a tu jaula? —preguntó James, deteniéndose ante mi hotel. —Mañana tengo que enfrentar a un grupo de navieros y convencerlos de que soy tan seria y capaz como los hombres que han dirigido este negocio durante décadas —respondí con una sonrisa amarga. —Lo eres —dijo, dando un paso hacia mí—. Eres mucho más capaz de lo que ellos creen. Pero asegúrate de que, cuando termines, sigas siendo tú misma, no la versión que ellos quieren ver. Se acercó un poco más. Podía sentir el calor que irradiaba, la electricidad que bailaba entre nosotros. Por un segundo, imaginé qué pasaría si no entrara en ese hotel. Si me fuera con él, a donde fuera que sus canciones lo llevaran. —Gracias, James. Por defenderla, por la bebida, por… escuchar. —Cualquier cosa por la sirena fugitiva —dijo, rozando mi mejilla con el dorso de los dedos—. Ten cuidado mañana, Charlotte. No dejes que te apaguen. Entré en el lobby del hotel con la mente hecha un lío, pero con el corazón latiendo con una intensidad que no sentía desde hacía años. Parker, la boda, la familia Sinclair… todo parecía ahora un decorado de cartón piedra. Y en el centro de todo, la figura de James Caldwell empezaba a brillar con una fuerza que me aterraba y me fascinaba a partes iguales. Mañana enfrentaría mi realidad, pero esta noche, por primera vez, sabía que esa realidad estaba empezando a desmoronarse.
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