La mañana en Barcelona me recibió con un cielo plomizo que reflejaba exactamente mi estado de ánimo. El encanto de la noche anterior se había disipado, dejando paso a una realidad que me golpeó con la fuerza de un huracán. Mi teléfono, apoyado sobre la mesita de noche del hotel, vibraba con una insistencia agresiva que me hizo saltar de la cama.
Era Parker.
Contesté con las manos temblando, una reacción física que odiaba.
—¿Charlotte? ¿Dónde estabas anoche? Llamé a la habitación tres veces después de la cena. El chofer dice que regresaste sola, tarde y empapada. ¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo? —su voz, a través del auricular, era un látigo de frialdad y control.
Cerré los ojos, sintiendo cómo la presión en mis sienes aumentaba.
—Estaba trabajando, Parker. La reunión se extendió y luego… me perdí un poco caminando por la ciudad. No es para tanto.
—¿"Perderse"? Charlotte, no eres una turista cualquiera. Eres una Sinclair. Tu comportamiento refleja nuestro apellido, y lo que me describes suena a una irresponsabilidad imperdonable. —Hizo una pausa, y pude imaginarlo ajustándose los gemelos, con esa postura impecable que siempre parecía un reproche—. Mañana tienes una presentación crucial con la junta de navieros. Espero que para entonces hayas recuperado la cordura y el sentido del deber. No me hagas quedar mal.
—No te preocupes, estaré lista —dije, sintiendo cómo las palabras se me atascaban en la garganta.
—Más te vale. Y, por cierto, tu padre está preguntando por qué no respondes sus mensajes privados. Estás empezando a actuar de forma… errática. Corrígelo.
Colgó sin un "te quiero", sin una despedida. Ese era Parker: el hombre que amaba la estructura, el orden y la obediencia ciega. Dejé el teléfono en la cama y me quedé mirando el techo, sintiendo que el aire se volvía irrespirable. La asfixia regresó, pero esta vez con una dosis extra de ira. ¿Errática? Sí, tal vez lo era. Porque por primera vez en mi vida, no quería seguir siendo la pieza de ajedrez perfecta que él movía a su antojo.
El resto del día fue una tortura de informes y correos electrónicos. Cada vez que recordaba la llamada, sentía una punzada de amargura. Me sentía sola, a miles de kilómetros de casa, pero encadenada a una vida que me oprimía más con cada hora que pasaba. Al caer la noche, la necesidad de escapar de nuevo, de silenciar los gritos en mi cabeza, me obligó a salir.
Regresé al Eco del Mar. Necesitaba el ruido, la gente, el anonimato.
Esta vez no busqué un rincón oscuro. Me senté en el mismo taburete de la noche anterior, pidiendo un vodka con soda, buscando algo que me adormeciera los sentidos. Pero la atmósfera era distinta. El lugar estaba lleno, cargado de un humo denso y voces estridentes.
Apenas llevaba dos tragos cuando un hombre, claramente sobrepasado por el alcohol, se dejó caer en el taburete contiguo. Olía a tabaco barato y colonia barata. Me ignoró durante unos minutos, pero luego empezó a girar su taburete, invadiendo mi espacio personal.
—¿Qué hace una chica tan elegante en un lugar como este? —dijo, con los ojos vidriosos y una sonrisa ladeada que me provocó un escalofrío—. ¿Esperando a que alguien te saque de tu burbuja, princesa?
—No estoy interesada —dije, tratando de sonar cortante y apartándome.
—Oh, vamos… —intentó poner una mano sobre mi brazo, su agarre era pegajoso y pesado—. Seguro que tu novio no te trata como mereces. Te ves… tensa. Yo podría ayudarte a relajarte.
Sentí náuseas. Traté de levantarme, pero él me bloqueó el camino, apoyando el brazo en la barra.
—Déjame pasar —ordené, mi voz volviéndose más firme, aunque por dentro mi corazón empezaba a acelerarse por el miedo.
—No seas así. Solo quiero una copa contigo. Eres tan altanera… —se acercó más, su aliento asqueroso rozándome la cara—. Vamos, bonita, no te hagas la difícil.