DIMITRI SOKOLOV Amarrarla dentro de la casa no era una opción, porque sabía que tenerla así también provocaría que yo me quedara encerrado con ella, haciéndole hasta lo indecible. Entre más vulnerable y frágil, más me intoxicaba con lujuria. Entonces sacó su teléfono y me lo mostró. Leí el correo electrónico con el sitio de la entrevista y el horario. No pude evitar sonreír. —Bien, si es lo que quieres —solté por fin encogiéndome de hombros. —¿Estás de acuerdo? —preguntó sorprendida por mi cambio de humor—. Pensé que… —Descuida, puedo ser un Dios benevolente cuando me lo propongo —contesté guiñándole un ojo y dando media vuelta. —No tienes nada de qué preocuparte —insistió con emoción—. Prometo que esta vez no me meteré en problemas. Es un mejor empleo en un área más profesional

