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La Protegida del Demonio Ruso

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Blurb

Bastó una mentira bien sembrada para destruir su nombre, su amor y su vida.

Sienna, humillada, señalada y traicionada por el hombre que prometió casarse con ella, lo pierde todo en cuestión de días. Las pruebas que podrían salvarla son volteadas en su contra. Cada intento de defenderse es silenciado. Para el mundo, ella es culpable… y nadie escucha a una mujer caída.

Sin hogar y sin aliados, cruza la única puerta que nunca debió tocar: la de Dimitri, su vecino silencioso, un hombre peligroso que se esconde de la policía y cuyo nombre nadie pronuncia en voz alta.

Entre paredes cargadas de secretos, Sienna encuentra algo que creía perdido: protección, deseo y una verdad que empieza a abrirse paso. Mientras él desmantela la traición que la condenó, la línea entre refugio y tentación se vuelve cada vez más delgada. Porque amar a un mafioso no solo es prohibido… es mortal.

Ella cayó por una mentira.

Él la guardó como suya.

Y convertirla en su obsesión fue inevitable.

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Capítulo 1: Consecuencias de una infidelidad
SIENNA RINALDI La mujer en ese jacuzzi tenía mi rostro, pero estaba segura de que no era yo. Un hombre, al cual no se le veía la cara, la tenía sujeta por la cintura y del cabello mientras la embestía de manera brutal, agitando las aguas. —¡Después de esto juro ser fiel! —gritó la chica del video con mi voz mientras se aferraba al borde del jacuzzi—. Es una lástima que Leonardo no sepa hacer todo lo que tú haces, te voy a extrañar. Desvié el rostro, ya no quería seguir viendo, aunque el sonido del video siguiera taladrando mis oídos. Por fin Leonardo retiró el teléfono, deteniendo el video. —Leo… —susurré sin terminar de comprender lo que había visto—. No soy yo, no soy la de ese video. Te juro que… No terminé de hablar cuando me dio una bofetada que me torció el rostro. Por un momento lo único que sentí fue el ardor en mi mejilla. —Te quiero fuera de mi casa y de mi vida, perra —siseó con odio y una mirada que me advertía de no poner a prueba su paciencia. —¡No soy esa mujer! —grité desesperada con la mano en mi mejilla y los ojos llenos de lágrimas—. Jamás haría algo así, me conoces, ese video es falso. Había pasado años con este hombre. Enfrentamos cosas malas y peores. Luchamos contra la arrogancia de su familia y nuestras diferencias sociales. Estábamos esperando un bebé y en vísperas de nuestra boda. ¿No me merecía el beneficio de la duda? ¿No tenía derecho de demostrar mi inocencia? —¡¿Falso?! —soltó con una carcajada burlona—. Ese es el jacuzzi de la cabaña que yo conseguí para «tu noche de chicas», y esa eres tú, ¡burlándote en mi cara! Entonces subió las escaleras, directo hacia nuestra habitación, conmigo detrás, sin saber cómo defenderme. No tenía pruebas, era mi palabra contra la suya y parecía haber decidido que la suya tenía más peso. —Por favor, cálmate y hablemos… por lo menos dame la oportunidad de demostrar que soy inocente. —Intenté mantener la calma mientras él sacaba la ropa de mis cajones y la metía a la maleta vieja—. Solo dime quien te mandó ese video, podemos empezar por ahí… —¿Podemos? —preguntó con una sonrisa rígida en su rostro y una mirada escéptica—. ¿Crees que voy a perder mi tiempo queriendo justificar a una puta traidora como tú? —¡No me hables así! —exclamé furiosa y al mismo tiempo sin poder dejar de llorar—. ¡Me conoces bien, Leonardo! ¡No puedes echar todo por la borda sin buscar la verdad! ¡¿En serio ese video es suficiente para que desconfíes de mí?! ¡¿Ni siquiera tienes dudas si es real o no?! —Quiero una prueba de ADN —me interrumpió sin siquiera voltear a verme, con una serenidad que me preocupaba. Si el video era real o no, eso ya no importaba, no para él—. Si ese niño es mío, me haré cargo, pero no esperes nada más de mí, ni un solo centavo, ni una sola consideración, para mí ya no existes —sentenció con rabia, tomando la maleta con una sola mano y arrastrándola fuera del cuarto—. Si ese niño es mío, pelearé por la custodia. No dejaré que crezca pensando que traicionar a la gente que amas es normal. —¡Yo no te traicioné! —grité detrás de él, cayéndome a pedazos, sin saber cómo defenderme—. ¡Tú eres quien está traicionando lo que fuimos al no creerme! ¡Leonardo, por Dios, tan solo detente un minuto a pensar! ¡Me conoces! ¡Nunca has tenido motivos para dudar de mí! ¡Te lo suplico, confía en mí! No estaba loca, no era la mujer del video, pero… ¿cómo podía demostrar mi inocencia? Me sentía en un callejón sin salida. Con la desesperación atorada en mi garganta. Leonardo no se detuvo, ni siquiera titubeó, abrió la puerta y arrojó mi maleta al jardín, esta se abrió haciendo que las prendas cayeran esparcidas por todo el césped. Volteó furioso hacia mí, con intención de hacer lo mismo. Por un breve segundo se detuvo, me observó con sus ojos llenos de tristeza y las mandíbulas trabadas. —Yo te amé… —susurró herido—, te amé como jamás amé a una mujer. Iba a renunciar a todo por ti. Solo por ti. Lo sabes. ¿Qué te faltó? ¿En qué te fallé? ¿Por qué me hiciste esto, Sienna? Y sí, le había dado la espalda al renombre de su familia y a su dinero para comenzar de cero conmigo. Los había rechazado por años y no paraba de repetir que el amor debía de pesar más que la fortuna que pudiera heredar. Ahora parecía arrepentido de haber tomado esa decisión. —Leo, tienes que creerme —supliqué conteniendo los sollozos que desgarraban mi garganta—. Yo te amo… y nunca… —¡Cállate! —gritó con furia y me tomó por el brazo, encajando sus dedos—. Ni siquiera puedes admitir lo que hiciste. »Ya no sé quién eres. —Entonces me empujó fuera de la puerta con tanta fuerza que pensé que tropezaría y caería, poniendo en riesgo a nuestro bebé. Tuve que aferrarme a los arbustos, rasguñando mis brazos con sus ramas. Cuando volteé hacia la casa, solo vi la puerta azotándose. Me costó comprender lo que había pasado y entre más lo pensaba, más dudaba que hubiera ocurrido. —No soy ella… yo no hice eso —susurré mientras negaba con la cabeza. El dolor me nublaba la mente. No sabía qué hacer, ni por donde empezar o si valía la pena intentarlo. Como si las cosas no pudieran ponerse peor, el cielo tronó con fuerza, como si tuviera intenciones de partirme con un rayo. Las nubes grises se posaron encima de mi cabeza mientras yo empezaba a entender que no solo había perdido al hombre que amaba, sino también mi hogar. —No tarda en llover… —Una voz profunda y rasposa sonó a mi lado, sacándome de mis pensamientos. Ahí estaba mi vecino, el que todos temían, incluso yo—. Deberías entrar a tu casa antes de que te mojes.

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