Capítulo 2: Entre menos sepas, mejor

999 Words
SIENNA RINALDI Era un tipo bastante alto, con un acento que delataba su origen ruso. Sus cabellos negros estaban peinados hacia atrás y su mirada turquesa se clavaba en mí como cuchillas. —Ya no es mi casa. —Esa nueva realidad me golpeó fuerte. Entornó los ojos con desconfianza, mientras sus labios sostenían el cigarro en su boca. Se cruzó de brazos, dejando que sus músculos tensaran las mangas de su camisa de franela a cuadros. —Puedes resguardarte en mi casa —dijo no muy convencido antes de tirar su cigarro y aplastarlo. Era un hombre que dejaba en claro que no era oficinista. Parecía más un leñador de apariencia fuerte y manos callosas, aunque su rostro pudieras colocarlo en cualquier revista como modelo. Rodeó los arbustos que separaban su propiedad de la de Leonardo, tomó la maleta del piso con una sola mano y comenzó a meter todo lo regado. —Gracias… Me interrumpió levantando su mano, como si mostrarle agradecimiento fuera una grosería para él. Se dirigió hacia la puerta de su casa y la dejó abierta, como una invitación silenciosa. Dudé varias veces, regresando mi atención hacia las ventanas de mi casa, esperando ver a Leonardo dispuesto a detenerme y por fin hablar, pero la casa parecía muerta con todas las luces apagadas. Resignada, entré con cautela y curiosidad a la casa de mi vecino. Esperaba un lugar desordenado y sucio, pero en realidad era limpio e incluso algo desprovisto de muebles. Me parecía extraño, pues llevaba ya un par de meses viviendo ahí. Era como si en cualquier momento estuviera listo para desaparecer sin dejar rastro. ¿Quién era él en realidad? De nuevo apareció mi vecino, esta vez con una manta y, sin decir nada, la puso sobre mis hombros. Hasta ese momento me había dado cuenta de que estaba temblando. —Me llamo Sienna… —dije con timidez y aún sintiendo mi corazón roto tratando de latir dentro de mi pecho. —Lo sé y, créeme, no me importa —contestó causando eco mientras se iba directo a la cocina, dejándome ahí, sin saber qué hacer. Comencé a deambular ya que platicar con él no parecía una opción. Sobre la chimenea había un pequeño reloj de maquinista, de esos redondos que tienen una delgada cadena. Estaba abierto, ya no caminaba, pero tenía una foto. Una mujer hermosa. ¿Era su novia? —Cuando te inviten a una casa ajena, evita escudriñar —lo escuché a mi lado y me hizo pegar un salto. Para ser alguien tan grande, me sorprendía lo sigiloso que podía ser. Tenía una taza de té humeante que me ofreció. —Gracias —dije apenada, tomándola con ambas manos para calentarlas—. Tu novia es muy linda. No quiero meterte en problemas, en cuanto pare la lluvia me iré. —¿Novia? —preguntó con media sonrisa mientras arrastraba una silla de su pequeño comedor y se dejaba caer sobre ella—. Deja de meterte en lo que no te incumbe. —Lo siento —susurré y agaché la mirada. —Escúchame bien, no lo voy a repetir —dijo con voz firme—. No me importa lo que haya pasado entre tú y tu novio. No me importa lo que pase contigo después. En cuanto deje de llover, te quiero fuera de mi casa. »Me apiadé de ti porque estás embarazada, pero no me interesa involucrarme en un drama. ¿Fui claro? —Sí, lo fuiste —contesté con tristeza, sabiendo que su benevolencia tenía fecha de caducidad. Entonces, como una oportunidad para dejar de lidiar con su mirada profunda y su actitud imponente, mi teléfono sonó, tres timbrazos antes de que contestara. —¡Ya me enteré de lo que pasó! —gritó Marlene, mi amiga, en cuanto contesté—. ¡¿Qué carajos?! ¡¿Estás bien?! —Sí… lo estoy. —Me senté en el borde del sofá, mientras mi vecino se levantaba, dándome privacidad—. ¿Cómo te enteraste? ¡Primero! ¿De qué te enteraste? —Es demasiado para hablarlo por teléfono —contestó de inmediato—. Creo que lo mejor sería que te mudaras a mi departamento, o ¿tienes dónde quedarte? —No, en realidad no —dije con melancolía antes de darle un trago a mi té. —Esto es una mierda —soltó con un bufido—. ¿Dónde estás? Paso por ti y platicamos. —Estoy en la casa de mi vecino, refugiándome de la tormenta. —De pronto el silencio en la línea me hizo dudar si la llamada seguía activa. —¿Tu vecino? ¿El tipo grande de aspecto imponente? —preguntó con picardía haciendo que torciera los ojos. —Sí, él. —Marlene era una chica de impresionante belleza y con la habilidad de seducir a cualquier hombre, y algo me decía que ya le había puesto el ojo a mi vecino, solo le faltaba una excusa y ya se la había dado. —Qué bueno que lo confirmas. Me arreglo, me perfumo y voy por ti —dijo emocionada. —¡Marlene! —exclamé indignada antes de colgarme. Después de un profundo suspiro, me bebí el resto del té y busqué a mi vecino en la cocina. Estaba guardando algo en un recipiente. Al acercarme más me di cuenta de que era comida. —Espero que no tarde tu amiga —dijo sin voltear, dejándome en claro que, pese a darme privacidad, se había enterado de mi plática. —Espero lo mismo… —susurré apenada—. Yo… no sé cómo te llamas… —No necesitas saberlo —soltó con esa voz ronca y profunda, pasando por un lado de mí, cuidando de no tocarme ni por equivocación. Cuando se dejó caer sobre el sofá, me acerqué cautelosa—. Créeme, así es mejor. No quieres conocerme. Apreté los labios y de pronto el dolor en mi pecho fue reemplazado por curiosidad y miedo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD