DIMITRI SOKOLOV —¿Vecino? ¿Está bien? —Esa fue la primera vez que escuché su voz, mientras yo estaba tendido sobre el jardín de mi propiedad, con todas las botellas vacías a mi alrededor y al borde de una congestión alcohólica. Ni siquiera recordaba como había llegado a ese punto. Sus enormes ojos negros eran como un par de obsidianas y me veían fijamente sin juicio. Me sonrió complacida de saber que seguía vivo, mientras sus cabellos rojos formaban una cortina que nos daban privacidad. Mi primer reflejo fue extender mi mano hacia ella y tocar su mejilla para asegurarme de que no era ninguna alucinación o sueño. —¡Sienna! ¡Aléjate de él! Está borracho —farfulló el idiota de su prometido. Ese tipo con dinero que creía que por haber renunciado a todo ya era suficiente prueba de amor.

