DIMITRI SOKOLOV Llegué a casa y me dejé caer sobre la silla del comedor. No solo tenía la prueba de paternidad real, sino también la confesión de ese estúpido chico. Un interrogatorio siempre se debía de grabar. Cuando me disponía a levantarme escuché quejidos suaves provenientes de la habitación de Sienna. Quise ignorarlos y caminé hacia las escaleras, pero al poner mi pie en el primer escalón volví a escucharla. Torcí los ojos y apreté la mano en el barandal, sabiendo que no podía pasar de largo, por mucho que me esforzara. Toqué un par de veces a su puerta y sin esperar respuesta me asomé. Ni siquiera tuve que preguntar si todo estaba bien, porque me quedó claro que no. Estaba en el piso, panza arriba, con las extremidades estiradas, boqueando como un pez fuera del agua, sosteni

