SIENNA RINALDI Dimitri colocó todo en la mesa del comedor con minuciosidad: una computadora, una grabadora y un papel doblado en tres, mientras yo observaba al mismo tiempo que la presión en mi pecho aumentaba. Posó su mano sobre la hoja doblada y la deslizó por la mesa hacia mí. Apenas la tomé supe lo que era: la prueba de paternidad, pero los resultados habían cambiado. Ahora tenía un 99,9% de compatibilidad genética, confirmando que mi bebé era hijo de Leonardo. Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra. ¿Qué podía decir? ¿Qué sentido tenía mencionarlo después de todo lo ocurrido? —Yo tenía razón —susurré y levanté mis ojos llorosos hacia Dimitri que tenía la actitud de quien presencia un entierro—. ¡Yo no le fui infiel! ¡Yo no mentí! —Lo sé —contestó él apenas en un susurro

