SIENNA RINALDI De un manotazo empujé el vaso hacia ella, haciendo que la tapa se desprendiera y el líquido caliente cayera sobre el impecable traje sastre de Tatiana y no sobre mis documentos que de inmediato tomé del escritorio antes de levantarme y retroceder. —¡Estúpida! —exclamó con las manos en alto y viendo su regazo manchado—. ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Eres tonta?! —Tú eres la que está bañada en café y… ¿yo soy la tonta? ¿En serio? —pregunté entornando los ojos. No era un ataque, solo una aclaración. Su rostro se tornó de un rojo intenso y pude escuchar como rechinaba los dientes. —Lo siento, no quise decir eso —mentí fingiendo pesar—. ¿Quieres que te ayude? ¿Puedo traerte una toalla o algo? —¡No me toques! —gritó furiosa, tan fuerte que invocó al demonio. Dima salió de su oficina

