DIMITRI SOKOLOV Me quedé en la sala de espera, escurrido en una silla, pensando, repasando todo lo que había pasado, hasta donde había sido capaz de llegar por Sienna. —¿Señor Bernard? —preguntó la enfermera plantándose a mi lado y por un momento me olvidé de la identidad que había dado esta vez para ingresar a Sienna al hospital—. ¿Señor…? —Sí, ¿qué ocurre? —inquirí carraspeando, fingiendo un acento francés un poco torpe. No había pasado el tiempo suficiente en aquel país como para familiarizarme con él. —Su hija ya está en los cuneros —contestó con una sonrisa que parecía no poder contener—. Por si quiere irla a ver. —¿Cómo está mi… esposa? —pregunté sintiendo que las palabras se me atoraban en la garganta. «Mi mujer, mi esposa». En mi subconsciente, Sienna ya me pertenecía, solo

