SIENNA RINALDI El resto del día escuché a Mía hablando de su «papá», con emoción, ansiosa porque sus amigos del parque lo conocieran y vieran que también ella tenía uno. Ya había formulado un sinfín de planes, como ir a la juguetería y a la dulcería con él. Una vocecita me decía que le aclarara que no era su padre, por lo menos no biológico, pero la veía tan ilusionada que no tenía el corazón para decírselo, menos si sujetaba con tanta fuerza esa pequeña sonaja rosa. —¿Crees que mañana esté ocupado? ¿Crees que quiera llevarme al parque? —preguntó en la cama, sin dejar de ver su sonaja, acariciándola con ternura—. Hoy estuvo muy ocupado. Dima no había salido en todo el día de su despacho. La única que salía y entraba era Nikita, con gesto serio, a veces preocupado. —No lo sé… mañana

