DIMITRI SOKOLOV Llegué a esa pequeña villa que una vez compré pensando que formaría una familia junto a Loretta. Había conseguido una con un jardín amplio para que los niños que tendríamos juntos jugaran ahí, tal vez con uno o dos perros. Se convirtió en un refugio vacío y frío. El cascarón de lo que un día pudo ser. Un lugar lleno de recuerdos que aún me atormentaban, pese a que había sacado de ahí todo lo que le había pertenecido a Loretta, mandado a pintar las paredes de otro color y cambiado los muebles, aun así, siempre terminaba escuchando su voz o imaginando su sonrisa, esa que tanto me encantaba, antes de que echara a la mierda tres años de matrimonio casi perfecto. Mis pies se quedaron estáticos a centímetros de la entrada. No quería descubrir que aún la escuchaba, machacándom

