SIENNA RINALDI —¿Esto es lo que quieres? —preguntó Dima con los dientes apretados, contra mi boca. Entonces su mano me tomó con firmeza del cuello y me obligó a recostarme contra el escritorio—. No esperes gentileza. No soy piadoso ni paciente. Aunque sus palabras me dieron miedo por esa manera fría y dominante en que las pronunció, otra cosa crecía dentro de mí, un calor que palpitaba de manera insoportable. Que él estuviera entre mis piernas, presionando su dureza contra mi muslo, no ayudaba. Se inclinó sobre mí cubriéndome con su cuerpo, su mano libre se apoyó sobre mi muslo y subió lentamente por mis «leggins». Sin mucho esfuerzo escuché como desgarraba la tela, haciéndola jirones y, aun así, no tuve miedo. Soltó un gruñido profundo antes de morder mi hombro, obligándome a apret

