Adoptada

1699 Words
ELENA —Gracias de nuevo, Valeria—, dije mientras soltaba la mano de Alma y la veía correr hacia la habitación de Mía. Miré a la madre de Mía, Valeria, y le sonreí. —No hay problema, Elena, ya sabes cómo va esto—, dijo con una pequeña risa. Me reí con ella y asentí con la cabeza, dándole la razón. —¿Te gustaría pasar?—, continuó mientras abría más la puerta. Sonreí y asentí, dando un paso hacia su preciosa casa. Me llevó a la cocina y se dirigió a la cafetera. Me miró con curiosidad y asentí para pedir una taza de café, lo que hizo que una sonrisa se dibujara en su rostro. —¿Cómo va el trabajo?—, preguntó mientras observaba cómo funcionaba la cafetera. —Bueno, ser profesora online se paga menos que ser profesora de verdad. A este paso, tendré que buscar otro trabajo con todas las facturas de la casa y todo lo demás—, murmuré con desagrado. Un suspiro salió de mi boca, seguido de un bostezo. Odio ser adulta. —Lo entiendo, pero ya sabes que siempre puedo venir a echarte una mano con las facturas. De verdad, no es ningún problema—. Respondió con los ojos llenos de tristeza. Negué con la cabeza ante su oferta mientras daba un sorbo a mi café. Nunca he sido de los que aceptan dinero de nadie, aunque me lo ofrezcan. Me gusta conseguir las cosas con mi propio esfuerzo y no con el de otros. Ella se encogió de hombros, como si supiera que iba a decir que no de todos modos. Ella siempre se ofrece y yo siempre digo que no. —Vaya, se me olvidó decirte que mi hermano está en la ciudad—. Sonrió y se inclinó sobre la isla de la cocina, sosteniendo su taza de café. —¿Hermano? No sabía que tuvieras un hermano—, dije frunciendo el ceño, ligeramente confundida. Ella se rió e hizo un gesto con la mano, como si no fuera gran cosa tener un hermano. —Sí, lo tengo. Es dos años mayor que yo. Aunque vino sin que lo invitara. Dijo que estaba paseando a su perro y se le ocurrió venir a visitarme. Llegó hace solo dos horas. Se fue al parque a pasear al perro, así que aún no lo he visto—, dijo mientras daba otro sorbo a su café. Asentí y bebí un sorbo del mío. ¿Pasear al perro y se le ocurrió venir? Raro, pero vale. Me encanta el café. Creo que soy adicta a él por lo mucho que lo bebo. Valeria también lo sería si yo lo fuera, porque bebemos la misma cantidad. —Ah, eso me recuerda, ¿cómo están tu hermana y tu madre?—, dijo Valeria mientras se golpeaba la frente con la palma de la mano. Me encogí de hombros, sin muchas ganas de hablar de mi familia… bueno, de mi familia adoptiva. Me adoptó a los siete años una familia muy simpática llamada Montenegro. Tenían dos hijas y un hijo. Aunque una de las hijas también era adoptada. Se llamaba Victoria y tenía diez años cuando la conocí. Era la mayor de los tres. También era la más simpática. Recuerdo haberla conocido como si fuera ayer... —Bienvenida a tu nuevo hogar, Elena—, dijo la señora Montenegro con una sonrisa mientras abría la puerta principal de la gran casa. Mi cuerpo empezó a temblar mientras miraba fijamente la puerta de la casa. Si entraba allí, me olvidaría de mis padres. Me convertiría en una Montenegro y dejaría de ser una Johnson. Permaneciendo en silencio y sin moverme para entrar en la casa, mi cuerpo empezó a temblar aún más. Las lágrimas corrían y corrían por mis mejillas, dejándolas frías. El viento me soplaba en la cara, haciendo que el pelo se me pegara a la cara. Temblé y seguí mirando fijamente la puerta marrón. —Elena, entra. Ven a conocer a tus hermanas y a tu hermano —dijo el señor Montenegro con una voz grave y ronca. Negué con la cabeza y no me moví. La señora Montenegro suspiró profundamente y se alejó de la puerta. —¡Elena, ahora!—, dijo el señor Montenegro, ya al límite de su paciencia. Seguí negando con la cabeza y sin moverme. Una chica de pelo n***o salió corriendo de la casa y se paró frente a mí. Tenía una sonrisa en el rostro mientras me miraba fijamente. Dio un paso hacia mí, lo que me hizo dar un paso atrás. —No te preocupes, no te haré daño—, susurró la chica mientras daba otro paso. Esta vez no me moví y dejé que se acercara a mí. Nadie dijo nada mientras veían cómo la chica se acercaba. Me tomó la mano fría entre sus manos cálidas y volvió a sonreír. —No te haremos daño, Elena. Queremos ser tus amigas. Te prometo que somos buenas—, dijo en un tono suave. En ese momento, las lágrimas dejaron de correr por mis mejillas y mi respiración volvió a la normalidad. Asentí con la cabeza ante sus palabras y di un paso hacia ella, lo que la hizo sonreír una vez más. Me llevó al interior de la cálida casa y me condujo a su habitación. Fue tan amable conmigo que yo también lo fui con ella. Nos convertimos en mejores amigas e incluso en hermanas. —¡Elena!—. Me sobresalté al oír la voz y salí de mis pensamientos cuando Valeria me gritó. La miré y vi que sus ojos estaban llenos de preocupación. —¿Estás bien? Estabas en las nubes. —Lo siento, mi familia está bien, pero tengo que irme—, dije mientras me levantaba del taburete del bar. Ella asintió y dejó su taza sobre la mesa. Cogí mi bolso, la abracé en la puerta y me dirigí a mi coche. Al entrar, me quedé sentada un minuto e intenté detener mis pensamientos respirando hondo. Echo mucho de menos a Victoria. —¡Elena! ¿Dónde estás?—, dijo Victoria mientras se reía. Estábamos jugando al escondite. Yo estaba en el armario del baño, detrás de unas toallas que me ocultaban de la vista desde la puerta. Victoria y yo hemos sido las mejores amigas, incluso hermanas, desde el primer día. Llevo aquí dos años y me encanta. El señor Montenegro tiene un poco de mal genio, pero nos quiere muchísimo a todas. Anoche nos llevó a Disney World para celebrar mi cumpleaños. La señora Montenegro es una cocinera increíble y es más madre para mí que mi madre biológica. Thiago y Lucía también han sido amables conmigo, pero no somos tan cercanas como Victoria y yo. Thiago tiene seis años y Lucía tiene once. Yo ahora tengo nueve y Victoria tiene doce. Thiago y yo también estamos muy unidos. A veces dormimos juntos cuando él tiene pesadillas o se queda dormido en mi cama y me da pereza llevarlo a la suya. Sin embargo, Lucía y yo no estamos tan unidas. Ella es amable conmigo, pero le gusta tener su propio espacio. Pasa más tiempo con Thiago que conmigo. —¡Te he encontrado!—, gritó Victoria mientras me daba un golpecito con el pulgar. Sonreí y salí del armario para ir a por ella. Las dos nos reímos y luego nos tiramos en mi cama. ¡Toc, toc! Salí de mis pensamientos y miré hacia la ventana. Adrián estaba allí de pie, sonriendo antes de saludarme con la mano. Le devolví el saludo y salí por la puerta. Seguía aparcada fuera de la casa de Valeria. —¿Qué haces aquí?—, le pregunté frunciendo el ceño. Él también frunció el ceño, confundido, y miró la casa antes de volver a mirarme. —Esta es la casa de mi hermana —susurró mientras me observaba. ¿Ah, sí? Oh —Tú eres el hermano del que ella hablaba—, me mordí el labio y maldije entre dientes. Él asintió lentamente y cogió a su perro, Milo. Sonreí ante la tierna carita de Milo antes de volver a mirar a Adrián. —Soy la mejor amiga de Valeria. He traído a Alma para que se quede a dormir con Mía—, respondí, explicándole la situación, lo que me hizo preguntarme por qué. Él asintió y miró hacia la puerta. —Bueno, es curioso encontrarte aquí cuando ni siquiera me has enviado un mensaje—, dijo con una sonrisa burlona. Puse los ojos en blanco y crucé los brazos sobre el pecho. Se me había olvidado dónde había dejado el papel. —Eso fue hace más de una hora, cuando me diste tu número. Estarás bien—, dije con descaro. Soltó una carcajada profunda, lo que me hizo cerrar las piernas con fuerza al oírla. Sacudió la cabeza antes de acercarse a mí, acorralándome junto a mi coche. Uh uh, peligro, señor desconocido. —Un minuto después de dártelo, deberías haberme enviado un mensaje—, dijo con una voz grave y profunda que me hizo estremecer. Me mordí el labio, lo que hizo que sus ojos marrones avellana se posaran en él. Me miró de nuevo y se alejó de mí. No sé si debería huir o caer en sus brazos. Quizás un poco de ambas cosas. Un poco de persecución nunca le ha hecho daño a nadie, ¿verdad? —Acabo de conocerte y ni siquiera te conozco, Adrián, así que ¿qué tal si das un paso atrás y quizá me plantee enviarte un mensaje, eh?—, le dije, arqueando una ceja mientras lo miraba a los ojos. Él esbozó una sonrisa burlona mientras sus ojos se abrían ligeramente, sorprendido. Sin embargo, hizo caso a mis deseos y retrocedió un poco. Aunque, casi deseaba que volviera a acercarse a mí. Sabía que probablemente no lo haría, queriendo respetar mis deseos. Rápidamente volví a mi coche, lo arranqué y salí a toda prisa del camino de entrada para ponerme en marcha hacia mi casa.
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