ELENA
Una semana después
No lo llamé ni le envié ningún mensaje. No voy a mentir y decir que no pensé en él, porque sí lo hice. Pensé en él día y noche. Bastante raro, en mi opinión. Siento algo por él, pero me da miedo incluso saber qué era ese sentimiento.
Cuando fui a recoger a Alma ayer, él no estaba allí, aunque una pequeña parte de mí deseaba que estuviera. Me quedé mirando a mi bebé mientras dormía en mi cama roncando suavemente.
Me pregunto si yo ronco... Espero que no.
Ayer, cuando fui a recoger a Alma, estuve a punto de enviarle un mensaje a Adrián, pero decidí no hacerlo. Ahora ya no estoy tan segura, porque lo único en lo que puedo pensar es en coger el móvil y escribirle.
Me hace parecer una cobarde. Pongo los ojos en blanco y suspiro mientras los pensamientos se agolpan en mi mente.
¿Cómo puede un solo hombre tener ya tanto control sobre mí?
Suspiré, derrotada, y cogí el móvil. Me rindo. Sin guardar su número en el teléfono, le envié rápidamente un mensaje al hombre que ha invadido mi mente de más de una forma.
Yo: Hola
Adrián: ¿Quién eres?
Yo: Elena
Adrián: Hola, cariño
Yo: Querías que te enviara un mensaje
Adrián: Eso fue hace una semana
Vale, ¿y? Actúa como si estuviéramos saliendo y yo tuviera que enviarle mensajes. Puse los ojos en blanco y escribí rápidamente un “Da igual” antes de dejar el móvil y sacudir la cabeza lentamente.
Adrián: No me digas da igual
Yo: Da iguaaaal
Qué mezquino.
Adrián: ¿Quieres salir conmigo?
Yo: No
Adrián: Qué pena que vengas
Yo: Qué gracioso
Adrián: No era una broma, cariño
Yo: Aún así es gracioso, señor Jefe
Yo: Adiós
Adrián: Por favor
Yo: No
Colgué el teléfono, fui al salón y lo apagué. Me hice un moño desordenado y suspiré.
*
TOC
TOC
Suspiré y me levanté del sofá. Nunca puedo relajarme y ver mis tristes películas románticas mientras como helado de menta con trocitos de chocolate. Caminé hacia la puerta, la abrí y me asomé.
—Probablemente deberías abrir la puerta del todo para que pueda entrar, cariño—, dijo Adrián mientras empujaba la puerta, lo que me hizo tropezar y caer. Me agarró antes de que cayera. Levanté la vista hacia él y me estremecí cuando sus ojos color avellana se clavaron en los míos.
—Gracias.
—De nada, pequeña—. Me derretí al oír cómo me llamaba. Me sonrojé y él me ayudó a levantarme, arreglándome el pelo. Le di las gracias de nuevo y di un paso atrás para alejarme de él.
Él sonrió con aire burlón y echó un vistazo al lugar. Tosí y me dirigí a la cocina, haciendo todo lo posible por alejarme de él. Él simplemente me siguió, lo que me hizo gemir mentalmente.
¿Cómo sabe dónde vivo?
—Tienes una casa preciosa, pequeña—, murmuró mientras se sentaba en el taburete de la barra. Asentí y me dirigí a la nevera.
Lo sé.
—Gracias, aunque puede que no la tenga por mucho tiempo—, dije, murmurándome la última parte a mí misma.
—¿Qué quieres decir con eso?—, preguntó, habiéndome oído claramente. No respondí y cogí un plato de galletas, comiéndomelas mientras me sentaba a su lado. Él cogió una y se la comió lentamente. Lo observé con una sonrisa.
—¿Cómo has encontrado mi casa?—, le pregunté.
Se encogió de hombros y apartó la mirada mientras se comía otra galleta.
—Tengo mis fuentes—, fue todo lo que dijo. Vale, no da nada de miedo.
—¡Mamá! ¡Galletas!—. Di un respingo y se me cayó el teléfono al oír el grito de mi pequeña Alma. Me volví hacia ella, la cogí en brazos y la senté en mi regazo. Le di una galleta y la observé comerla con una sonrisa en la cara.
—Hola, pequeña—, dijo Adrián, haciendo que tanto Alma como yo volviéramos la cabeza hacia él. Él tenía una pequeña sonrisa en el rostro, pero Alma fruncía el ceño.
—¿Qué hace este cara de idiota acá?—, dijo Alma haciendo un puchero.
Yo...
—Alma Victoria Montenegro, pide perdón ahora mismo —dije señalándola con el dedo. Fruncí el ceño ante su falta de respeto y la bajé al suelo.
Ella puso morritos y murmuró un “lo siento” antes de salir corriendo a su habitación. Puse los ojos en blanco y suspiré ruidosamente. Adrián se encogió de hombros y sonrió mientras se levantaba.
—Oye, no pasa nada, solo es una niña. Es normal que no le gusten los hombres que su madre trae a casa—, dijo encogiéndose de hombros de nuevo. Suspiré y negué con la cabeza.
Yo no te traje a casa, de alguna manera encontraste mi dirección y todavía no me dices cómo.
—Eres el único que no le gusta. Normalmente le gustan los demás—, dije, casi arrepintiéndome al ver su cara. Casi. Su cara parecía más dolida que enfadada. Me mordí el labio y caminé hacia la puerta principal con él siguiéndome.
Probablemente no debería haber dicho eso, pero bueno.
—Sí, bueno, eso tampoco es para tanto—, dijo abrazándome, lo que me hizo sonreír y sonrojarme. Se apartó y me besó en la mejilla. Me guiñó un ojo y salió por la puerta. Suspiré y me mordí el labio con el ceño fruncido.
—¿Qué voy a hacer con él?
Todavía quiero saber cómo encontró mi dirección