Espiando su silueta

3952 Words
Valentino Vianney, hijo único de Franco y Greta, por obligación había tenido que estudiar y seguir en lo que correspondía a los bienes familiares, especializándose en eso durante sus muchos años de estudios en el extranjero. Un caballero que pertenecía a las familias más influyentes y adineradas. Apoyaba en la dirección de varios negocios y era uno de los principales inversionistas y colaboradores para uno de los museos de arqueología en Firá. De niño siempre soñó con ser un aventurero que descubría secretos de antiguas civilizaciones en lugar de ser a todo momento un CEO comprometido encarando hábilmente los asuntos de la familia. Por lo que había tenido que conocer mejor los negocios familiares, y mantener las relaciones diplomáticas con varios socios, también encubrir ciertos tratos y apoyar en algunas campañas a personas que él no estimaba. Forzado por sus padres a sobrellevar conexiones con todo tipo de personas, lo cual desde hacía un tiempo atrás ya no disfrutaba. Tenía suerte con las mujeres al ser un hombre apuesto y adinerado. Pero desde hacía unos años que tenía impuesto un compromiso serio con Bianca Christou; otra hija acomodada de padres adinerados y con grandes influencias en negocios tanto locales como extranjeros, entre ellos ser propietarios de varias cadenas hoteleras, pero temidos por el respaldo que tenían de la familia Moscou. Él la trataba desde hacía un tiempo, y si bien la dama tenía espectacular belleza, estudios similares, la misma edad, el agrado de ambos señores Vianney, Valentino no había logrado sentir por ella algo diferente que no fuera la honda atracción pasional, incluso ni estando seguro que ella seguía profundamente enamorada de él. Años atrás y antes de conocer bien los negocios de sus padres y sus conexiones con los señores Christou y Moscou, cuando era un joven lleno de esperanzas y sueños, en sus primos años de la universidad se había sentido completamente enamorado. Había visto a la mujer que le parecía la más dulce, inteligente y aplicada de la facultad de historia. Todavía recordaba su nombre; Lenet. Su dama ideal para el amor tenía los ojos más enigmáticos y bellos que jamás hubiera visto antes; un tono verde turquesa glorioso. El cabello en un castaño cobrizo que le llegaba al pecho en hermosos bucles. Nunca pensó que su corazón todavía consiguiera mantener tan viva esa imagen y se guardara esa impresión. Estaba convencido que no podría haber otra mujer igual. Ahora la había vuelto a ver luego de tantos años y se sentía seguro de creer que el amor a primera vista puede ser un hechizo que dure más que un rato, a lo mejor se postergue para toda la vida. Ni con la belleza de Bianca su corazón le había latido con tanta fuerza y vida. ¡Cuánto tiempo de no sentirse así! Sucedió que una tarde mientras recibía los informes de convocatorias aprobadas, miró en la solicitud que había sido elegida para el museo de Firá, el nombre de joven brillante y voluntaria (algo que no muy a menudo ocurría) para el puesto. Fue tal su asombro al ver el nombre en los documentos que solicitó ser él quien la atendería para personalmente darle la bienvenida. Fue él también quien sugirió apoyarla con algunos honorarios. Se sentía completamente ansioso por tratar a la misma mujer que años atrás había cautivado su corazón. Temía equivocarse, había posibilidades que la dama ante él no fuera la misma. No había fotografía en la documentación y solo recordaba el primer nombre, pero ahora estaba más que encantado. Esos ojos eran los mismos que él había amado desde ese primer encuentro, seguían siendo tan atractivos y hechizantes como los recordaba, la dama seguía siendo hermosa y con la misma bella sonrisa. ¡Sí, volvía a ella! Para poder verla y sin que hubiera interrupciones o algún inconveniente se había alojado en una suite con vista al mar, de amplias ventanas y gran terraza en el mismo hotel donde ella había reservado. El clima durante la tarde había sido caluroso. Al volver a su habitación tomó una ducha de agua fría y se cambió de ropa. Pensando en ella, se sirvió un poco de vino. Brindando consigo mismo bebía de la copa. Suspirando se aproximó a la ventana frontal que franqueaba al lado contiguo. Sus ojos se fijaron en el paisaje y en las luces que provenían de diferentes lugares urbanizados de la zona. Pero al volver la mirada distraído en la habitación vecina las amplias ventanas tenían corridas las cortinas, cuyas telas suaves se ondeaban por el viento. Con el calor que hacía, le pareció totalmente natural que alguien optara por dejar las ventanas abiertas, incluso cuando la noche ya caía. Por lo general en esa área se hospedaban matrimonios o personas con niños. Bebió con ánimo de la copa el último trago que le quedaba. Justo cuando iba a ir a dentro para dedicarse a otros asuntos, se dio cuenta que alguien se asomaba. Le dio tanta curiosidad al vislumbrar una hermosa silueta femenina aproximándose. Quedó extático, pronto se aproximó hasta quedar en el ángulo idóneo para que él pudiera contemplarla. Una hermosa mujer, distraída se desvestía. Despacio se deshacía del vestido bajando los tirantes. «¡Increíble es ella!» El vestido cayó al suelo al cabo de un instante. Sin aliento, cautivado en lo que se mostraba al escrutinio de sus ojos y a la voluntad de la curiosidad. Un instante celestial había llegado a él. Vislumbrar con detalles la suave piel, cada lunar sobre el pecho, las curvas de cada cima , la delicada piel que contorneaba el vientre. Sumido en la profunda maravilla y sorpresa recorría con la vista el cuerpo de la hermosa mujer en aquella ventana al tiempo que el corazón le latía erráticamente. La emoción golpeó sus sentidos, especialmente al contemplar la tela suave y fina de las bragas que cubrían el esbelto rincón femenino. «¿Cómo es posible? Estoy temblando…» Sobre seguro que no veía el cuerpo semi desnudo de una mujer, pero reconocer que se trataba de la misma dama que tanto había deseado volver a encontrar, lo puso de inmediato nervioso, tenso y muy ansioso. Comprendiendo que la vida le daba un extraño regalo celestial, asombrado se saboreó los labios sin atreverse siquiera parpadear, no quería perderse ni un segundo de la dádiva divina de poder contemplarla así. Para él, la desnudez en Lenet podría significar lo mismo que cuando apreciaba la preciosura de cualquier rosa que desnuda perfuma y arrebata con su hermosura a cualquiera. Si ya sus ojos lo habían hechizado, verla así había terminado de robarle completamente la mente y el espíritu. «¡La he amado sin saberlo! Estaría dispuesto a morir de amor o arder de placer hasta perderme en la profunda oscuridad. ¡Ojalá mis manos pudieran hacerle saber mi promesa de amor! ¡Cuánto he soñado con ese día que mis labios puedan besarla!» Él no tenía idea de qué podría ella pensar, sentir o ahora querer, pero sí estaba seguro de lo que estaba dispuesto a hacer por amor, de lo que deseaba para siempre. Deseaba no apartarse de la ventana, deseaba volver adentro, o quizá llamarla para pedirle que se vieran, pues como él quizá otro podría mirarla de igual manera. Justo cuando estiraba una mano para apartar la copa y tomar el teléfono, ella pensativa se volvió al interior. Él se movió hasta donde se lo permitió su ventana. La miró andar hasta alejarse completamente, sin embargo, no se movió. Pronto la vio regresar ahora con una bata cubriéndola mientras hablaba por teléfono. Retomó aliento. Aliviado que nadie más que él fuera testigo de un descuido, uno que podría considerar para siempre el regalo más bello del destino. ¿Qué haría otro en su lugar? ¿Acaso se quedaría nervioso esperando a que el destino le hiciera otro favor, o iría él a buscar ese momento donde ella supiera lo que él sentía? «¡No puedo quedarme a esperar! Debo decirle que lo que siento por ella no cambió ni con el paso de todos los años. Que la adoro y que estoy dispuesto a lo que sea» Emocionado, feliz de por fin ir a ella, seguro de desafiar a lo que fuera por no dejarla ir jamás, tomó el teléfono pidiendo algunas cosas a uno de sus conocidos a cargo de la gerencia de ese hotel. Solicitó un ramo de flores rojas. En cuanto él encargado le dijo que sí era posible que él lo tuviera en unos minutos, se dispuso a ir por ella. Volvió al espejo para lavarse los dientes y aplicarse su colonia favorita. «Lenet, esta noche no podré dormir… Necesito verte» Pronto llamaron a la puerta, recibió las flores. Sintiendo la dicha como nunca, tomó las llaves de la habitación también su teléfono, muy seguro de no volver a menos que fuera posible hablar con ella. Abrió la puerta gozosamente, pero se encontró de frente con una mujer joven, rubia de ojos profundos en un azul cerúleo que alzaba al mano para tocar la madera de roble en color blanco que daba paso a su habitación. Todo aquel sueño tal cual un globo con la mirada de Bianca recibió un cruel pinchazo. —Cariño… Vine a hacerte compañía esta noche. —Saludo ella, esbozando una encantadora sonrisa. Él tragó saliva mirándola con una incomodidad difícil de encubrir. —Bianca… — Respiró hondo antes de proseguir. —Creí que te quedarías en casa de tus padres. En eso habíamos quedado. ¿Lo recuerdas? Ella suspiró, pero siguió mostrando una sonrisa traviesa. —Sí, cariño. Pero mañana es oficialmente nuestro compromiso. Preferí venir, verte y… Tal vez quedarme contigo esta noche, no quiero que estés tenso. Una noche estimulante y mañana un gran día. ¿Qué te parece? Valentino no pudo apreciar con ánimo jubiloso la proposición. Sino tan afectado como atormentado sólo pudo tragar una bocanada de aire. Aquella ensoñación que había vivido al vislumbrar a la mujer en la habitación contigua seguía enclavada a lo más elemental de sí mismo y de sus pensamientos. Bianca se dio cuenta que él se puso serio, un poco tenso y pensativo, ambos brazos por detrás de la cintura como ocultándole algo. Así que estiró un poco el cuello hasta mirar un hermoso buqué de flores rojas. Creyendo que él se las dedicaría, sonrió entusiasmada y con gran complacencia las tomó de las manos de él. Valentino volvió en sí en seguida, pero no pudo evitarlo, Bianca sostenía las flores dichosamente. —¿Para mí? —Exclamó Bianca con voz alegre—¡Ahora entiendo todo! ¿Irías a dejarme flores mi querido Valentino? ¡Oh, cariño eres tan dulce! Jamás lo habría imaginado. ¡Nunca me habías dado flores! Valentino no pudo más que suspirar algo decepcionado sin contestar, su expresión seguía siendo insatisfecha con la mirada entristecida incluso cuando quiso encubrirlo. Ella luego de acercar el ramo a su nariz, las abrazó con una mano. Con ternura se reclinó sobre el pecho de Valentino, elevó una mano y sus dedos lo tocaron a lo largo del torso. —Amo lo bien que hueles amor, ninguna flor podría superarte. Creí que te sorprendería con mi visita, pero tú también lo hiciste. ¿Puedo quedarme en tu cama, Valentino? —Pidió con voz dulce. Bianca estiraba el cuerpo y la cabeza para poder alcanzarlo y conseguir besarlo. Él se fijó en sus ojos y al notarla dichosa no puedo seguir negándose. Bianca lo besó apasionadamente. Él correspondió de la mejor forma que pudo. Pero lo hizo por culpa y pena al darse cuenta que ella quizá sentía por él, lo que él por Lenet. Ella lo rodeó con los brazos del cuello sin soltar las rosas. Valentino no pudo impedir que volvieran al interior de la suite. Ella no dejaba de besarlo cariñosamente, sumida entre la pasión, la gratitud y la ternura. Llegaron a la cama. —Bianca, espera… Ella dejó las rosas sobre la cama. Él no pudo seguirle prestando atención, muy pensativo se fijó en la ventana. Bianca se aproximó a él rodeándolo con ambos brazos por la cintura. —¿Qué sucede, cariño? —Sé que querías quedarte, pero si no te molesta ¿podríamos esperar para mañana? Recuerda que habíamos acordado llevarlo con calma… Ella mantuvo un gesto travieso en sus ojos sin dejar una sonrisa seductora. —Eso ya no tiene importancia, serás mi esposo. Sabes, todavía recuerdo cuando nos conocimos en la fiesta de tus abuelos. ¿Recuerdas lo que hicimos en el despacho de tu padre? Valentino suspiró, luego medio sonrió. Bianca plantó un beso en la barbilla para luego deslizar las manos sobre el pecho, con suavidad desajustó el cinturón. —Bianca, espera… Pero ella ignoró la petición. Valentino resopló al sentir dulces besos sobre la piel sensible del abdomen y luego cada vez abajo y más abajo. No tuvo la voluntad suficiente para oponerse. Ella seducía su instinto elemental de tal manera que cuando Bianca lo quería, él quedaba con la mente en blanco e irremediable dispuesto a lo que ella deseara. Esos besos se mantuvieron dulces, luego más salvajes y seductores hasta conseguirlo extasiar. Pronto la ropa hecha un montó al lado de la cama. Entre la pasión indomable, suspiros y respiraciones agitadas entremezcladas con el placer, él consiguió mirarla a los ojos. —Bianca… —Llamó él con necesidad y voz suave. Pero ella sonrió, mirándolo por breve. Él percibía el cálido aliento de ella, conseguía cubrirlo y vulnerar cada sensación de su cuerpo al descubierto en esa parte que ella tomaba con ambas manos y aproximaba a los labios. En verdad él deseaba contenerse, dejarlo para otro día, pero Bianca pasó la lengua suavemente una vez más. —Libérate de la tensión… Disfruta, vive este placer conmigo. El estímulo fue tan arrebatador como las veces anteriores. Apretó los ojos ante el calor y lo húmedo de cada beso y acaricia. Bianca se deleitó una y otra vez hasta quedar satisfecha de haberlo dejado fuera de sí mismo, lejos de la cordura y sumergido en la pasión enteramente. Sus ojos se clavaron en las manos de ella en cuanto de pie lo miraba con pasión. Velozmente apartaba el vestido que la cubría. Como con Lenet, ambos pechos liberados con el vestido hecho un montón bajo sus pies. Los senos de Bianca esculpidos con voluptuosidad y preciosa curvatura. Grandiosos que ni con todo el deseo él podía con sus manos cubrirlos por completo. Hubo un beso arrebatador antes de apretarla contra él, profundamente excitado. --------- Lenet se encontraba en la habitación muy pensativa. Se desvistió para tomar una ducha, pero recibió una llamada. Al responder se trataba de su madre. Le preguntó sobre lo evidente, si le había llegado la transferencia con dinero, si había aceptado el empleo del cual ella no estaba de acuerdo, si el cambio de moneda no era complicado, si su estancia no había sido compleja en un país que regularmente no habla otro idioma que el griego, entre otras cosas que preocupan todo el tiempo a una madre con una sola hija viviendo tan lejos. Lenet a todo atendía con paciencia, aunque en momentos en sus pensamientos dispersa. De vez en cuando sonriendo al escucharla tan preocupada, como si días antes no hubieran hablado de cosas parecidas. Su madre no solía manifestar su cariño tan abiertamente. De hecho, desde que tenía memoria solo en un par de ocasiones la había escuchado expresarle alguna palabra con cariño. —No quiero agobiarte, cariño —Dijo Olena— Pero bien sabes que te amo. Hija, pensé en lo que preguntaste ese día y quiero que sepas algo. Lamento decirte que no pude confiar en él y por eso nunca quise aceptar nada directamente. Pero hoy me han notificado que algunos de sus bienes están a tu nombre. Y debes saber que como tu abogada y representante cuando digo algunos bienes es mucho dinero. Sé que ya eres una adulta y no necesitas que represente nada, tampoco te ha hecho falta algo. Lenet, te daré empleo en la firma, no tienes nada de que preocuparte, puedes trabajar conmigo… Lenet sonrió conmovida a la vez haciéndole gracia la manera en que quería persuadirla. Por voluntad Lenet jamás tuvo deseo de interesarse en ese padre ausente, aunque de vez en cuando sí le daba curiosidad saber cómo era, quién era, porqué su madre le tenía tanto resentimiento. —Mamá gracias. Pero no tienes que preocuparte por emplearme. Me gusta lo que hago. Ya sabes que la arqueología y la historia es algo que me apasiona. Tomaré en cuenta lo que dices. Gracias por la oferta, pero bien sabes que no me agradan las leyes ni los conflictos, menos atender divorcios, oficios o citas penales con convictos o asesinos. —Lo sé, Lenet. Pero estás muy lejos. En verdad espero que te vaya muy bien y que me consigas un yerno al menos. Creí que estarías como loca teniendo orgías o bebiendo en cada bar, pero no ha pasado nada. ¡Qué raro! Pero eres aplicada… Imagínate mis nietos griegos. Ja, ja, ja… —¡Mamá! —Se quejó Lenet, aunque riendo. —No me diste problemas con los chicos, creo que en algún momento tendrás que vivir cosas locas o muy intensas. Cada etapa de la vida es inevitable… Lenet se sonrojó, suspirando al recordar a Valentino. —Espero no darte problemas, pero tienes razón. Creo que sería asombroso que alguien de por aquí se fijara en mí. —¡Qué tonta! Eres linda, sucederá. —Eres mi madre, siempre creerás que soy linda incluso si no tengo cara o cabeza. Volviendo al tema ¿quieres que vuelva a casa? Olena suspiró. —Es momento de que no siga evadiéndolo, lo sé. Mereces explicaciones, debí dártelas, te lo prometo cuando vuelvas. Por ahora tómate con calma el viaje, ya veremos si accedes a quedarte para siempre por ahí. ¿No extrañas tu casa? —Sí, claro que sí. Te lo agradezco mamá. En cuanto a… Bueno, pienso que estuvimos muy bien sin él. No te preocupes, por mí puedes seguir siendo mi representante. Olena respiró hondo. —Cariño, sé que necesitaste en algún momento de… —Resopló—Ya sabes, una llamada o algo. Entiendo lo que sentiste. En fin, me alegra que estés bien. Descansa hija. —Tú también. Olena sumida en la culpa, cortó la comunicación. Lenet contenta. Sabía que su madre se había vuelto muy selectiva y desconfiada desde su divorcio, y aunque salió un par de veces con algunos hombres atractivos nunca volvió a casarse. Desde muy niña, ambas se habían mudado a New York. Muy poco sabía de sus familiares paternos y maternos. Sin embargo, gracias a su madre y su gran esfuerzo no le había hecho falta nada, creció muy bien y estudió lo que le gustaba. Pero jamás le permitió que hablaran de su padre y se ponía histérica si solo se lo mencionaban. Hasta ahora; luego de ese viaje, estaba más abierta a querer hablar del asunto y dar explicaciones. ¿Lo cumpliría? Sería algo en lo que pensaría luego. Por ahora quería ducharse. Se aseó. Al salir miró la ventana abierta. «¡Qué tonta soy! Se ve todo desde afuera. ¿Me desvestí así?» Se acomodó la bata hasta el cuello; como intentando resolver el descuido. Volvió al baño por una toalla pequeña, se frotó el cabello. De pronto, suspiró. Fue inevitable recordar a Valentino. Sonrió con gusto. Él seguía siendo muy atractivo y parecía ser menos tímido, más corpulento y bronceado, con ese corte de cabello siempre perfecto, y sin faltar la sonrisa encantadora. Fantasear con él no había sido un problema incluso cuando fue una estudiante. Ahora se aferraba con más placer a la simple idea de salir con él al próximo día de modo natural e impensado. «¿Se acordará de mí y de aquella cita?» Totalmente dispuesta para cerrar la ventana aunque perdida en sus cavilaciones extendió la mano, pero al querer correr las cortinas su atención se fijó a la ventana de la habitación de enfrente, cuya persiana enrollada dejaba entrever a una pareja disfrutando de un acto íntimo y muy privado. Absorta fue testigo de la cama ancha de sábanas blancas. Una rubia de pechos voluptuosos a gatas sobre el colchón recibía el placer de tener a un hombre apasionado hundido en ella arremetiendo con vigor. El caballero lucía alto, un físico masculino atractivo, ambas manos aferraban las caderas de la dama, los músculos de los brazos se enmarcaban mientras con fuerza la embestía. Los gestos de la mujer detallaban el éxtasis intenso. Se erizó de cuerpo entero, un calor obligándola a sentir rubor en las mejillas. «¡Santo cielo!» Inclinó la mirada, sintiendo su corazón latirle a prisa. Corrió las cortinas, tratando de calmar su respiración. Tuvo miedo de que alguno de los dos amantes descubriera que estaban siendo observados por ella. Quedó al lado, contra la pared, sin desear ser descubierta. Con lo observado, brevemente bastó para que algo incontrolable la invitara a seguir mirando. No pudo con la mórbida curiosidad. Se aseguró de apagar las luces y quedar tras las cortinas, elevando únicamente lo necesario de la tela para observar. En cuanto sus ojos volvieron a esa ventana se concentró en contemplar al caballero. Su mirada hizo un recorrido desde sus pies hasta llegar a los glúteos, para luego descubrir que ese rostro no podía ser otro que el de Valentino. Desvió la mirada absorta, reclinándose con la respiración agitada. Por un momento creyó que imaginaba el rostro de Valentino. Pero al recobrar un poco la calma, tuvo de nuevo el valor para mirar y corroborar. El caballero rubio ahora sometía en otra pose a su compañera. De pie la estampaba contra la pared, meciéndola salvajemente. Siguió atenta, mirando todo lo que ambos hacían, especialmente el cuerpo de él y lo que sobresalía erguido y con vigorosidad cada vez que cambiaban posición. Pocas veces Lenet se había permitido aceptar la curiosidad. Su cuerpo entero ruborizado, su cuerpo entero sensible, sin duda haber experimentado cierta excitación. ¿Qué la había estimulado tanto? ¿Ver al caballero de sus sueños desnudo o ver a una pareja teniendo sexo? Se cubrió con una mano la boca para no gritar. Había contemplado a Valentino, pero esta vez desnudo. Eso le confirmaba lo que ya cavilaba; muy atractivo. Tragó saliva apartándose de allí en cuanto el deseo también incrementaba tanto en su cuerpo como en sus pensamientos e imaginación. Se reprendió a sí misma severamente. Por un breve instante pudo imaginar estar en aquella cama siendo tomada así por él. Casi sintió las manos de él tocarla. Aterrada con la pecaminosa idea, prefirió vestirse. Sin dudar bajó para beber algo fuerte al restaurante. Quería disipar sin tregua el alocado y tentador pensamiento que a cada instante parecía sugerirle algo deshonesto como intenso. Pero en el restaurante no servían tragos así que preguntó por el bar. Ya allí por cortesía saludó, antes de pedir un trago. Se lo bebió sin hacerle conversación a nadie, pagó y se dirigió a las afueras del hotel yendo por una de las estrechas callejuelas para respirar el aire fresco antes de volver y estar a solas de nuevo en la amplia habitación contigua a donde Valentino seguramente seguía complaciendo a la atractiva rubia. En verdad le pareció un trago dulce o no lo pidió bien. Su mente seguía atrayéndole en sensuales imágenes lo que había visto de Valentino con más intensidad. Ese deseo devorador siendo expresado con una arremetedora pasión en su necesidad de hombre excitado y ella anhelando de pronto experimentar algo así alguna vez con ese mismo caballero.
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