La victoria sobre Nicolas Pierce había costado la paz, pero había consolidado la pasión. El Duque Elliot Roland Johnson había aprendido que el decoro era un lujo que no podía permitirse. El resultado de su nuevo descaro, la Duquesa Amelia, se había transformado. Tras el parto de su segundo hijo, su cuerpo había adquirido una sensualidad madura, su figura era más curva, y la experiencia de la maternidad había imbuido sus ojos verdes con una profundidad que resultaba peligrosamente atractiva. Elliot lo notaba con cada caricia. En la intimidad, su pasión no era solo un refugio; era una afirmación posesiva. Le encantaba esa nueva cualidad desinhibida de Amelia, pero en público, lo convertía en un hombre más protector, casi territorial. Una mañana, mientras Amelia se vestía, Elliot entró y c

