Capítulo 2

1272 Words
Daniela abrió los ojos unos segundos antes de que sonara la alarma. Se quedó quieta, mirando el techo oscuro de la habitación, intentando reunir fuerzas para levantarse. Afuera todavía no amanecía del todo y la casa seguía demasiado callada. Desde la muerte de su madre, las mañanas ya no se sentían igual. Estiró el brazo y apagó la alarma antes de que el ruido despertara a Mateo. Luego se sentó despacio en el borde de la cama, frotándose el rostro. El cansancio seguía ahí. Entre la universidad, el trabajo y las preocupaciones que parecían acumularse cada semana, descansar se había vuelto algo raro. La luz gris de la mañana comenzaba a entrar por la ventana cuando se acercó al espejo, las ojeras bajo sus ojos eran imposibles de ignorar y últimamente ya ni siquiera intentaba cubrirlas. El cabello oscuro le caía desordenado sobre los hombros y, por un momento, apenas se reconoció. Antes podía pasar varios minutos decidiendo qué ponerse, combinando colores o imaginando ropa que nunca iba a poder comprar. Ahora solo agarraba lo primero que encontraba en el clóset, mientras estuviera limpio, era suficiente. Se puso unos jeans, una camiseta clara y una sudadera ligera. Después se recogió el cabello en una coleta alta mientras repasaba todo lo que tenía pendiente. Trabajos atrasados de la universidad, el parcial del viernes, el turno de la tarde en la cafetería, y la reunión escolar de Mateo. Solo pensarlo ya la estaba cansando. Eran demasiadas cosas para una sola persona. Bajó a la cocina intentando no hacer ruido y dejó sobre la mesa unas tostadas, una taza de café instantáneo y una servilleta doblada junto al plato. “Calienta el café antes de tomarlo. Suerte en tu examen de ciencias”. Debajo dibujó una carita mal hecha. Mateo todavía se seguía riendo de esas cosas. Tomó la mochila y salió de la casa sin detenerse a pensar demasiado. El aire fresco de la mañana le rozó el rostro. Se hundió un poco más en la sudadera mientras caminaba hacia la parada del autobús, observando cómo el vecindario comenzaba a moverse. Había gente comprando café, estudiantes riéndose en las esquinas y personas caminando deprisa hacia trabajos que probablemente tampoco querían, al menos no era la única Apoyó la cabeza contra la ventana del autobús cuando por fin consiguió sentarse. Sacó el celular por costumbre y revisó el saldo de la cuenta, después de pagar el internet y comprar algunas cosas para la casa, quedaría poco. Cuando llegó a la universidad, el campus ya estaba lleno. Los estudiantes ocupaban las jardineras y los pasillos como si nadie tuviera prisa. Algunos hablaban de fiestas, otros discutían sobre profesores y un par se reían tan fuerte que lograron llamar su atención. A veces le costaba recordar que para muchos la universidad seguía siendo solo eso: la universidad. Sus amigos ya ocupaban una de las mesas de concreto frente a la cafetería cuando llegó. Andrés la vio acercarse y soltó una carcajada. —Dios mío, Dani —¿Te atropelló la semana completa de camino para acá? Ella dejó la mochila en el suelo y soltó una risa. —Buenos días para ti también. Rachel le extendió un vaso de café antes siquiera de que terminara de sentarse. —Toma. Necesitas cafeína urgentemente. Daniela aceptó el vaso sin discutir. —Te amo muchísimo ahora mismo. —Lo sé —Rachel se llevó una mano al pecho—. Es un sacrificio que hago por esta amistad. El primer sorbo fue, sin exagerar, lo mejor que le había pasado en toda la mañana. Alex, que estaba sentado frente a ellos revisando algo en su laptop, levantó la mirada. —¿Dormiste algo al menos? Ella tomó otro sorbo de café antes de responder. —Más o menos. Él la observó unos segundos. —Eso significa que no. Daniela soltó una pequeña risa. —Tenía que terminar un trabajo. —Y seguramente estudiar para otro —añadió Rachel. —Y después revisar todo porque te da ansiedad entregar algo mal —dijo Andrés. Lo peor era que ninguno estaba equivocado. —No es ansiedad —protestó. —Claro que sí —respondieron los tres al mismo tiempo. Eso le sacó una risa de verdad. —Son insoportables. —Y tú necesitas dormir más —dijo Alex sin apartar la vista de ella. Iban camino al edificio de clases cuando Rachel soltó un quejido. —Si repruebo estadística, quiero que sepan que fue porque el profesor me odia personalmente. —No te odia —dijo Andrés—. Apenas sabe que existes. Rachel le lanzó una mirada asesina. Daniela se rio. Fue entonces cuando escuchó que alguien la llamaba. —¡Luna! Giró el rostro. Valeria avanzaba hacia ellos con un café helado en una mano y el teléfono en la otra. Como siempre, parecía tener el día completamente bajo control. Algo que, sinceramente, debía ser agradable —Hola —saludó Daniela. —Hola. Por un instante pensó que seguiría de largo, pero Valeria se detuvo junto a ellos. —¿Sigues trabajando en la cafetería? Asintió. —Sí. ¿Por qué? Valeria giró el vaso entre las manos. —Porque creo que te vi ahí la semana pasada. —Probablemente. —¿Y te gusta? La pregunta la tomó un poco por sorpresa. —No está mal. Valeria pareció considerar la respuesta unos segundos antes de hablar de nuevo. —Siempre me ha parecido curioso. —¿Qué cosa? —Que sigas trabajando en algo que claramente no te interesa. Andrés soltó una risa por lo bajo. Valeria ignoró el comentario y dio otro sorbo a su bebida. —De hecho, por eso te preguntaba. —¿Por qué? —Porque conozco un lugar que está buscando personal. Eso sí llamó su atención. —¿Qué clase de lugar? —Un club privado. Frunció el ceño. —¿Un club privado? Valeria sostuvo su mirada. —Buscan chicas que sepan tratar con personas importantes. Buena presencia, discreción… Hizo una breve pausa antes de añadir —Y que sepan hacer sentir cómodos a los clientes. —¿Y pagan bien? —Mucho mejor que una cafetería. Intentó imaginarse en un lugar así y no terminó de encajar la imagen. Siempre había evitado ese tipo de ambientes. Incluso en la universidad encontraba excusas para no ir a fiestas o reuniones cuando podía evitarlas. Pero entonces pensó en lo rápido que desaparecía el dinero cada vez que surgía un problema. Bastaba una consulta médica, un examen inesperado o cualquier emergencia para que todo volviera a tambalearse. Ya había aprendido esa lección demasiado bien, tampoco ayudaba recordar lo vacío que se veía el refrigerador últimamente. Por primera vez, decir que no no le resultó tan sencillo. —No sé… —murmuró. Valeria la observó con menos ligereza esta vez. —Solo piénsalo, ¿sí? Podría ayudarte mucho. Ayudar. La palabra se quedó dando vueltas en su cabeza más de lo que le habría gustado. Valeria sacó una pequeña tarjeta de su bolso y se la entregó. —Si quieres intentarlo, escríbeme. Después se despidió con naturalidad y siguió caminando, como si no acabara de dejar una idea incómoda instalada en su cabeza. Durante unos segundos nadie dijo nada. —¿Estás bien? —preguntó Rachel. Bajó la vista hacia la tarjeta. No sabía qué responder. Una parte de ella quería romperla y olvidarse del asunto. La otra estaba cansada de vivir preguntándose qué haría la próxima vez que surgiera un gasto que no podía permitirse. Terminó guardándola dentro de la mochila. Y eso la inquietó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
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