Capítulo 1
El silencio de la casa era ensordecedor.
El mismo silencio que siempre la esperaba al volver.Ya no le sorprendía… pero aún le dolía.
Dejó la mochila en el sofá sin pensarlo mucho. El pasillo seguía oscuro, como siempre a esa hora. Demasiado grande para una casa donde solo quedaban ellos dos intentando no derrumbarse.
—¿Dani? —la voz de su hermano llegó desde el cuarto.
Ella levantó la mirada justo cuando él apareció en el pasillo con los audífonos alrededor del cuello y el uniforme arrugado. Últimamente se veía más grande.
—¿Comiste algo? —preguntó mientras se quitaba la chaqueta.
—Mateo dudó antes de responder.
—Más o menos…
Eso casi siempre significaba no.
Daniela tragó despacio.
Tenía veintidós años y ya estaba agotada. A veces quería detenerse un rato. Solo uno. Pero Mateo siempre estaba ahí, recordándole que no podía hacerlo todavía.
—Voy a cocinar algo rápido.
Intentó sonreírle y caminó hacia la cocina.
La luz amarillenta apenas alcanzaba a iluminar el lugar. Todo parecía más viejo de noche las gavetas desgastadas, las ollas golpeadas, el refrigerador haciendo ese ruido extraño que llevaba meses prometiendo dejar de ignorar.
Sobre la puerta, sostenida por un imán de plástico, estaba la foto de su madre.
Se detuvo un momento frente a la fotografía. Su mamá sonreía en esa imagen con una tranquilidad que ahora parecía imposible. Llevaba una cinta métrica alrededor del cuello y sostenía entre las manos uno de los vestidos que había cosido para una clienta.
Todavía recordaba cómo brillaban sus ojos cuando hablaba de telas.
Pasó los dedos por el borde de la imagen, demorándose en el gesto como si así pudiera retener algo de ella.
—Lo intento mamá—murmuró, con la voz apenas sosteniéndose—. De verdad.
Abrió el refrigerador.
La luz blanca iluminó apenas un cartón de leche a medias, un par de huevos, medio paquete de pasta abierta y recipientes casi vacíos acumulados al fondo. Cosas suficientes para engañar a cualquiera por un segundo
Puso agua a hervir mientras intentaba no pensar en cuánto faltaba para pagar la matrícula de la universidad.
Diseño de moda.
A veces el sueño le parecía ridículo. Lejano. Como algo que pertenecía a otra versión de ella. Una chica que todavía podía pensar en sí misma.
Escuchó pasos detrás.
—Dani… mañana es la reunión en la escuela.
Mateo estaba apoyado en el marco de la puerta con el cuaderno de ciencias bajo el brazo.
—¿A qué hora?
—A las 2:30.
Hizo el cálculo mental de inmediato. Salía tarde de la universidad. Tendría que correr, otra vez.
Pero ni siquiera consideró faltar.
—Ahí estaré.
Mateo la observó unos segundos, como si quisiera asegurarse de que hablaba en serio.
—No importa si no puedes…
—Sí puedo —lo interrumpió ella con suavidad—. Voy a ir.
Y lo decía de verdad. Ya encontraría la manera de resolver el resto.
Cuando la pasta estuvo lista, se sentaron a la mesa pequeña de la cocina.
Mateo probó el primer bocado y levantó las cejas.
—Te quedó buena.
Daniela soltó una risa cansada.
—Eso es porque llevas hambre.
—No, en serio. Cocinas mejor que muchas mamás de mis amigos.
Ella levantó la mirada hacia él.
Y por un segundo el comentario le apretó algo dentro. Porque Mateo ya no decía “mamá” igual que antes.
—No exageres.
—No exagero, tiene buen sabor. No como las cosas raras que hace el papá de Luis.
Eso le sacó una risa de verdad.
—¿Y matemáticas? —preguntó mientras enrollaba pasta en el tenedor—. ¿Sobreviviste?
Mateo dejó escapar un suspiro dramático.
—Creo que el profesor disfruta humillándome.
—Mateo…
—Lo digo en serio. Me mira como si ya estuviera decepcionado de mí antes de revisar el examen.
Ella soltó una pequeña risa.
—Hay maestros que creen que verse amargados les da autoridad —dijo, divertida
—Entonces el mío debe ser el director del club.
Ella negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Tú solo estudia y deja de pelear mentalmente con señores de cuarenta años.
Él se rió entre dientes
Y por unos minutos, todo se sintió normal.
Cuando terminaron de comer, Mateo se puso de pie con el plato todavía en las manos.
—Gracias, Dani.
Lo vio caminar hasta el fregadero. Tan alto ya… y todavia tan niño.
—Te amo, Mati.
Él sonrió de espaldas.
—Yo más.
Ella se quedó mirándolo un segundo antes de volver a levantarse.
La casa volvió a quedarse en silencio.
Daniela abrió el grifo y comenzó a lavar los platos sin apuro. Desde la ventana llegaban voces, motores, perros ladrando a lo lejos.
Todo seguía moviéndose allá afuera menos ella.
Cerró los ojos un momento, inclinándose sobre el fregadero. Solo necesitaba aguantar un poco más.