PRÓLOGO
A veces, cuando el mundo se detiene, no hace ruido.
Solo… se apaga.
Tenía dieciséis años cuando eso me ocurrió a mí.
Recuerdo el sonido de las zapatillas de ballet chocando contra el piso de madera, el olor a sudor y resina impregnado en la sala de ensayo, y los ojos de mi padre viéndome desde la puerta, como si en mí existiera algo que mereciera ser admirado.
Era mi última audición antes del gran examen para la compañía juvenil de danza contemporánea de París. Me había preparado durante meses, incluso cuando creía que no era suficiente. Pero papá siempre estuvo ahí. Apoyándome, creyendo en mí incluso cuando todo lo demás se tambaleaba.
Él no era perfecto. A veces llegaba tarde a casa, olía a cansancio, y sus silencios dolían más que sus palabras. Pero era mi padre. El hombre que me compró mis primeras zapatillas cuando apenas tenía cinco años. El que ahorró cada centavo posible para pagar mi ingreso en la academia más reconocida de la ciudad.
Y esa tarde… fue la última vez que lo vi.
Un accidente. Una llamada. Una voz desconocida al otro lado del teléfono.
Y el mundo… se apagó.
Él había salido de casa sin despedirse. Dijo que tenía algo pendiente en el trabajo. Que regresaría pronto.
No lo hizo.
Murió dejando atrás un vacío… y una deuda.
Una deuda que yo sentí como mía.
Papá se había endeudado para pagar mis clases, mis presentaciones, mis vestuarios. Para comprarme alas, aunque el precio fuera hundirse él mismo.
Mi madre no lo dijo nunca, pero vi el miedo en sus ojos cuando los números no cerraban y el correo trajo una carta tras otra. El duelo se mezcló con la realidad brutal de no tener cómo pagar el alquiler, la escuela, la comida.
Así fue como todo cambió.
Tuve que dejar la academia de danza. Me despedí de mis compañeras con una excusa poco convincente. Fingí que era mi decisión, que necesitaba un tiempo, que ya no lo sentía igual. Mentí, como he mentido desde entonces, para proteger algo más grande: mi hogar.
A los veintidós años, una amiga me llevó a un club nocturno para distraerme un poco.
Lo que empezó como una simple salida, se convirtió en mi salvación.
Descubrí que podía bailar allí, en un lugar donde nadie sabía quién era, bajo la protección de un antifaz y una peluca rojiza que escondían mi verdadero rostro.
Bailar en ese club no es solo una forma de expresarme, es la manera en que gano lo suficiente para ayudar a mi madre y cuidar a mi hermana pequeña.
Eso es un secreto que guardo celosamente, porque en París, donde la gente cree conocerme
Desde entonces bailo a escondidas.
Ya no con zapatillas de punta ni en estudios elegantes.
Ahora lo hago con tacones altos, bajo luces de neón, envuelta en música fuerte y miradas que me atraviesan como cuchillas.
Bailo en un club nocturno de París, donde soy otra.
Allí, nadie me llama Kyra.
Allí soy Afrodita.
Una mujer que brilla por las noches, con un antifaz y una peluca rojiza más larga que mi propio cabello. Nadie sabe quién soy. Nadie puede reconocerme.
Y eso… me salva.
Nadie conoce la doble vida que llevo. Por las mañanas soy una joven cualquiera, una estudiante de fotografía que intenta terminar su carrera en línea. Una joven que ha trabajado como mesera, niñera, entre otros empleos... mientras ayuda a su madre enferma con las cuentas y ayuda a su hermanita con las tareas.
Por las noches… soy una sombra que baila para sobrevivir.
Mis días son silenciosos, ordenados, llenos de rutina.
Mis noches son salvajes, rítmicas y cargadas de un peso que me aplasta el pecho.
Tengo veinticinco años. Vivo solo con mi madre y mi hermana. Hay días en los que mamá es mas fuerte otras en que se ve tan frágil. Ellas son todo para mí. Y cada gota de sudor, cada hora sin dormir, cada mentira dicha… ha sido por ellas.
La gente piensa que París es la ciudad de los sueños, pero para mí, se convirtió en el escenario de una batalla diaria: entre lo que quiero ser y lo que la vida me obliga a hacer.
A veces, cuando estoy sola, me paro frente al espejo y ensayo una sonrisa. Me recuerdo que no estoy rota, solo estoy en pausa. Que algún día volveré a un escenario real —cosa que se me hace imposible, pero no dejo de soñar— Que mi padre estaría orgulloso. Que lo hago por él. Por mamá. Por Camille, que aún cree que soy invencible.
Pero otras veces… simplemente me siento en el suelo, me quito los zapatos, y lloro.
Porque este no era el camino que imaginé. Porque estoy cansada. Porque duele.
Y porque a veces, simplemente, necesito recordar que sigo siendo humana.
Este es el principio de mi historia.
Una historia donde la verdad se esconde tras máscaras, donde el amor se mezcla con el sacrificio, donde cada decisión tiene un precio.
La ciudad de la luz brilla afuera, pero para mí, la oscuridad y el misterio forman parte de mi mundo.
Un mundo donde lucho por mantener mi pasión viva, aunque a veces sienta que el peso de la realidad me quiere aplastar.
Y en este mundo oscuro Afrodita debe salir y deslumbrar...
...
Pero lo que no sé aún…
Es que pronto, el destino pondrá en mi camino a alguien capaz de ver más allá de Afrodita.
Alguien que podría descubrir quién soy realmente…
Y romper todas mis barreras.