Xavier Aquella habitación se redujo a un solo punto de luz. Y ese punto era ella. Afrodita. La música aún vibraba en mis oídos, pero no era el sonido lo que me tenía cautivo; era la imagen de su cuerpo moviéndose como si hubiera nacido para desafiar las leyes de la cordura. Mis ojos, siempre tan disciplinados, incapaces de desviarse del papel, de los contratos o de las cifras, habían olvidado todo lo que conocían para rendirse a ella. Quise tomarla por la cintura cuando terminó de bailar; la tuve demasiado cerca. Solo pude verla, disfrutar de su belleza y de la pasión con la que se entregaba a la música, como si ella y el ritmo fueran uno solo. Pero no podía sacar de mi mente la forma en que bailó solo para mí. Cuando acercaba su rostro al mío parecía querer retarme. Y ese antifaz… ma

