La violencia y el odio salen a la luz
Capítulo 1: La violencia y el odio salen a la luz
Irina Belmont es una joven hermosa, encantadora y de una inteligencia admirable, sin embargo, la vida nunca había sido amable con ella, desde su nacimiento el sufrimiento parecía perseguirla sin descanso. Su madre murió durante el parto, su padre la culpó por aquella desgracia, para él Irina era la razón de haber perdido al amor de su vida y jamás dejó de recordárselo con desprecio.
Años después se volvió a casar, su nueva esposa llegó acompañada de una niña y con el tiempo, aquella joven se convirtió en su peor pesadilla, entre su madrastra y su hija se encargaron de hacerle la vida un infierno, no solo la trataban como una sirvienta, sino que también la maltrataban sin piedad.
Sus abuelos maternos, al verla sufrir tanto intentaron varias veces obtener su custodia, lucharon con todas sus fuerzas, pero su padre y su madrastra siempre lo impidieron.
Irina, cada tarde, al salir del colegio, pasaba a visitar a ellos, ese era su único refugio, pero nunca podía quedarse mucho tiempo, porque si llegaba tarde a casa, los castigos eran brutales.
Sus abuelos sufrían al verla padecer tanto dolor, un día ya cansado de tanta injusticia, su abuelo decidió enfrentar al padre de Irina, la discusión fue violenta, gritos, forcejeos, al punto que el pobre abuelo de los nervios sufrió un paro cardiorrespiratorio, quedando tendido en la calle sin asistencia.
Irina desde la ventana de su cuarto lo veía, pero al estar castigada no pudo ayudarlo y días después, su abuelo falleció, pero Irina no pudo despedirse de él, ellos no se lo permitieron.
Cuando finalmente le permitieron ir a casa de su abuela, ella la esperaba con mucho anhelo, apenas podía hablar de la emoción, antes de que se marchara, le dio una pequeña caja.
— Toma tu abuelo quería que esto fuera para ti. —con temblor en sus manos se la entrego.
Irina la sostuvo entre sus manos, sintiendo que aquello guardaba algo importante, sin saber que eso cambiaria su vida para siempre, pero ella aún no estaba lista para abrirla.
— Guárdala por mí, abuela, ahora me debo ir a casa, pero cuando cumpla mis dieciocho años, nos vamos a ir a la ciudad lejos de estos malditos y empezaremos una nueva vida juntas. — se despidieron con un fuerte abrazo, pero su abuela no quería soltarla.
Unos meses más tarde
— Buen día. —saludó Irina, como cada mañana, después de preparar el desayuno y nadie le respondió.
— Papá, mañana es la fiesta de fin de curso, necesito un vestido nuevo.
— Kiara vayan con tu madre a comprarlo. —respondió él sin siquiera mirarla.
Irina dudó un instante y luego se animó. —Papá, hoy me entregan mi diploma y no tengo un vestido que ponerme.
— Ya te dijo tu padre que no hay dinero. —interrumpió su madrastra a los gritos. — ¿No lo entiendes?
Mientras la mujer le gritaba, su hermanastra se burlaba sin disimulo y su padre simplemente guardó silencio.
— Lava los platos y apúrate o llegarás tarde a la escuela.
— Vamos, mi amor o Karen se retrasa. —dijo la mujer.
— Vamos. —añadió el padre.
Irina se quedó sola en la cocina, el sonido del agua y los platos apenas lograban ahogar su pena.
Luego la puerta se abrió.
— No llores, Irina. —su amiga Isabella la abrazó con fuerza.
— Déjame yo termino de lavar. —añadió León, arremangándose. —Ve a lavarte la cara.
— Sí, ven Irina. —insistió Isabella. —Hoy es nuestro último día de clases y tenemos que disfrutarlo.
Irina los miró con gratitud. —No sé qué haría sin ustedes.
—Llegar tarde, seguro —bromeó León, haciéndolas reír.
De camino a la escuela, Isabella la abrazó con ternura. —Tu abuela me pidió que te dijera que pases por su casa antes de ir al colegio, dice que tiene una sorpresa para ti.
Irina sonrió levemente.
— Mi papá me prestó el auto. —intervino León con orgullo. —Paso por ustedes, las llevo y llego a la escuela con las dos chicas más lindas del pueblo.
— Eso es verdad. —dijo Isabella riendo. —Pero el último en llegar es un tonto. —sin previo aviso, le puso el pie y León cayó al suelo, tomo la mano de Irina y comenzaron a correr.
— ¡Esto no se vale! —gritó él, levantándose para alcanzarlas, al llegar al colegio, León las atrapó. —Así me gusta verte Irina. —dijo con una sonrisa. —Eres más linda cuando sonríes.
— Gracias. —respondió ella, algo sonrojada.
— ¿Y yo qué? —protestó Isabella, abrazándolo a ambos.
— Tu ni me hables. —León la mira sonriendo, sabe que todo es para alegrar a Irina.
Ese día marcaba el final de una etapa, habían terminado la escuela secundaria y en la puerta del colegio, junto a sus compañeros, celebraban con alegría y emoción.
A unos metros la abuela de Irina la observaba con orgullo, junto a los demás padres, pero la felicidad del momento duró poco.
Al llegar a casa, todo volvió a la normalidad, era tarde, demasiado tarde y sin mediar palabra, su madrastra tomó el látigo y la golpeó con violencia.
— Hoy estás castigada por desobedecer y no saldrás de casa.
— Pero es mi fiesta. —suplicó Irina entre lágrimas.
Otro golpe seco en su mejilla, la hizo caer al suelo.
— ¡A mí no me discutas!
El dolor le atravesó el cuerpo mientras su rostro impactaba contra el piso.
— Limpia todo ordenó la mujer. —O la próxima será peor.
— ¡Qué lástima! —añadió su hermanastra con burla. —Te pierdes tu fiesta, derramó su jugo en el suelo a propósito y subió riendo junto a su madre.
Irina, temblando y adolorida, se levantó y comenzó a limpiar, minutos después, Isabella entró en la casa, al verla se quedó paralizada, nunca la había visto así, en ese estado tan golpeada y lastimada.
—Irina. —susurró, abrazándola con fuerza. —Voy por mis padres, te vamos a sacar de aquí.
Irina, sin fuerzas, asintió.
Isabella corría desesperada por la calle, con lágrimas cayendo sin control, una bocina la hizo detenerse, era León.
— ¿Qué te pasa Isabella?
— Llévame a casa. —dijo entre sollozos. —La golpearon otra vez, pero esta vez. — no pudo terminar la frase.
— Sube —ordenó él con seriedad. —Yo también iré por mis padres.
Minutos después, ambos regresaron con ayuda, al entrar, encontraron a la madrastra golpeando nuevamente a Irina.
— ¡BASTA! —gritó Isabella, interponiéndose.
— Quítate del medio, maldita. —respondió la mujer, levantando la mano.
Pero antes de que pudiera golpearla, el padre de Isabella la detuvo. — Ni se te ocurra tocar a las chicas.
— ¡Sal de mi casa! —escupió con odio. — Nadie te autorizó a entrar.
— Sí, lo hizo Irina —respondió Isabella con firmeza. —Y no vas a volver a tocarla.
La madre de Isabella ayudaba a Irina a levantarse.
La madrastra, furiosa, tomó el teléfono y llamó a la policía.