Dicen que las grandes historias empiezan con grandes sucesos. pero ¿Qué podría ocurrirle a una simple mortal como yo? Quizá lo más interesante que podría suceder era que que un auto me atropellase al cruzar la calle o equivocarme en la orden de un cliente en la cafetería. Pero jamás pensé que aquel día yo estaría cenando con una de las familias más poderosas del país y peor aún, envuelta en un contrato con el hombre más codiciado de la familia y de toda Irlanda.
Porque desde aquel día, yo Lena Doyle, estaría frente a todo el mundo como la prometida de Raffael Dunne. Y eso me traería grandes tragedias que no estaba preparada para afrontar pero que debía superar.
Yo era una mujer segura y con mis convicciones bien firmes, pero como decía Annie, por algo las cosas cambian y justamente eso sucedió desde que arrojé café en la cara de Raffael.
Ese día, al caer la tarde, estaba ignorando el reloj. No quería ver cómo avanzaban los segundos, los minutos, ¡las horas! Sabía que el momento se acercaba cada vez más. Cenar con la familia de Raffael no era un inicio fácil en el contrato.
La ansiedad me tenía con cierta incomodidad en el estómago. Hasta el punto de llegar a morder mis uñas y dar pequeños golpes con mi pie en el piso sin siquiera darme cuenta. El estrés de cenar con una familia rica, estaba acabando conmigo.
— ¿Quieres parar?
Me preguntó Annie al notar mi nerviosismo.
— No es el día de tu muerte.
Agregó y encendió despreocupadamente la televisión.
— Es el día de tu iniciación en sociedad, así como en la época victoriana en Inglaterra. Es tan romántico, conocerás la familia de tu hombre, les encantarás, te amarán y luego terminarás frente al altar.
¿En serio Annie estaba en ese plan tan cursi?
— Olvidas que esto es una mentira. No es verdad que él y yo...
No puede terminar la frase. Me avergonzó siquiera pensarlo. Así que cambié el panorama desde el que ella lo estaba viendo.
— No hay nada de romántico en firmar un contrato.
Le recordé.
— Al menos es un hombre ardiente. Si fuera uno feo, allí sí creería a tus lamentaciones.
— No es eso. Es que no me gustaría que esto se convierta en un error que quede marcado para toda la vida.
— Escucha.
Ella apagó la televisión para decirme con toda la comprensión posible:
— Lo estás haciendo por tu familia, lo estás haciendo por ti. Porque esa cafetería es tu trabajo, es tu sueño. No dejes que este contrato te defina, no eres un simple contrato, eres más que eso. Eres la gran Lena Doyle, la del espíritu alegre y mirada soñadora. Solo es una prueba más de la vida, y que yo sepa, siempre sales victoriosa.
Se levantó del sofá y se sirvió jugo de naranja que papá había comprado esa mañana.
— ¿Annie?
Ella giró y me vio con su rostro intrigado.
— ¿Eh?
— Gracias.
Le dije sonriendo. Su compañía me había hecho falta en la última semana que había estado ofuscada por el contrato que había firmado. Ella asintió con una amplia sonrisa también.
— Basta de sentimentalismos. Ahora a prepararte para que quedes como una diosa para impresionar a tu suegro.
— ¿Suegro?
— Sí, tu suegro. Farsa o no. Será tu suegro. Para eso te paga Raffael. Además si esto sale bien ambos estarán felices con sus negocios y todo terminará ahí.
— Eso espero.
Dije mordiendo mi labio inferior.
— Bien entonces, te prestaré un vestido para la cena. Traeré todo mi maquillaje y veamos...
Annie tomó mi rostro para estudiarlo.
— Quizá con un moño alto logres mayor impresión o una cola alta.
Annie tenía todo bajo control. Ella era la experta en cuanto a estilismo. Sin embargo, Raffael no estaría tranquilo sin su supervisión hasta en esos detalles. Porque mi teléfono sonó y justo era él. Mi falso prometido. Odiaba la idea pero no tenía otra alternativa.
— Hol...
No me dejó saludar.
— Envié un equipo de estilistas a tu casa. Ellos sabrán qué hacer contigo. y por favor, se puntual.
Colgó la llamada. Era un idiota. No me había dejado responder. ¿Quién se creía?
Oh sí, ya recordé. Se creía mi dueño el muy cretino.
Lo admitía después de firmar el contrato, él era mi dueño. Mi dignidad había quedado por los suelos y qué decir de mi orgullo. Tanto así que no había sido capaz de contarles a mis padres al respecto. Lo manejaría como un secreto. Secreto que solo conocía, Raffael, el señor Guil, Annie y yo.
— ¿Qué ha ocurrido?
Preguntó Annie al notar mi sorpresa después de la llamada.
— Que el señor Raffael Dunne ha enviado un equipo de estilistas, vienen para acá.
— ¿Cómo sabe la dirección de tu casa?
— La proporcioné en el contrato.
— Es cierto, el bendito contrato.
Tocaron el timbre.
Annie y yo nos vimos como dos niñas entre el miedo y la emoción. Nunca antes había sido evaluada y producida por maquillistas y estilistas. Apenas compraba ropa de vez en cuando, y lo que sabía de moda, se lo debía a Annie. Ella era vanguardista y siempre iba a la moda. Su estatus se lo permitía. Además era un mujer rica en una ciudad cosmopolita. Ser fashion era una exigencia para ella.
— Yo abriré.
Me dijo y se dirigió a la puerta. Desde el sofá podía escuchar. Mi casa no era un mansión pero era un hogar modesto, acogedor y muy hermoso, desde mi punto de vista.
— ¿La casa de la señorita Doyle?
Preguntó la voz de una chica.
— Sí, aquí es.
Respondió Annie, solo escucharon la afirmación y un grupo de cinco personas entró con maletas y bolsos.
Cuando me vieron colocaron frente a mí unos espejos y reflectores.
— Soy Maddie, me envió Raffael para tu cambio de look.
Una chica de rasgos asiáticos me estrechó su mano y después acomodó sus lentes estudiándome sin ninguna preocupación por ser discreta.
— Bien equipo tenemos mucho trabajo.
Anunció y el equipo empezó a movilizarse.
Annie solo me veía divertida. Ella se ahorraría el trabajo de prepararme para la cena. Así que se sentó a disfrutar de la vista. Se sentó a verme ofuscada por la intensidad de esos estilistas.
— Tu cabello está bien, solo que necesita que lo cuides más, cariño.
Un hombre rubio tocaba mi cabello y probaba tipos de peinados.
— Queremos un toque elegante para esta noche.
— Entonces este vestido celeste es el indicado.
Maddie mostró un vestido celeste en tono pastel. El cual tenía un corte elegante, era largo hasta cubrir mis rodillas y tenía un moño en cada hombro y se unía a las mangas del vestido. Su tela era fina, pero lo que más me gustaba era su color.
Una hora y media después, me vi frente al espejo. El trabajo de los estilistas enviados por Raffael estaba hecho.
El maquillaje era sutil. Mis labios suavizados por un labial en tono casi trasparente. Mis ojos color avellana tenían un brillo especial. Una amplia sonrisa se dejó ver en mi rostro al notar la perfección con la que el vestido encajaba con mi cuerpo. Mi rostro se dejaba ver libre y perfilado, ya que el cabello lo habían peinado hacia atrás.
Todo en mí me sorprendió esa noche. No sabía que podía llegar a lucir tan bonita. Tampoco imaginé que llevaría puesto un vestido caro y hermoso. Annie se colocó a mi lado.
— Estás preciosa, Lena.
Y todos los presentes sonrieron junto a mí. Algunos aplaudieron después de verse satisfechos por su trabajo.
— Nuestro trabajo aquí ha terminado. Es hora de irse.
Comunicó Maddie.
— Gracias.
Dije estrechando su mano. Pero ella en cambio, me abrazó.
— Eres hermosa. Raffael hizo bien en elegirte como su futura esposa.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Sin embargo debía estar preparada para ese tipo de comentarios. Ya que Raffael era una figura pública.
El equipo de Maddie se fue. Annie tuvo que marcharse también. Quedé sola con mis dudas y mis ilusiones. Verme de esa forma, esa noche me hizo soñar de nuevo.
Cuando llegó la hora, recibí un mensaje de Raffael:
En media hora pasaré por ti.
Estaba nerviosa. Tenía cierta intriga por la familia de Raffael y conocerlos personalmente era simplemente una de las pruebas más difícil de ser su prometida.
Pasada la media hora, el auto de Raffael apareció frente a mi casa. Era un auto n***o lujoso. Yo lo esperaba afuera con mi pequeño bolso. Él se bajó y quedó en silencio por unos segundos al verme.
Esperaba algún cumplido aunque fuera para romper el hielo, pero me quedé esperando. No dijo nada al respecto. Me ayudó a entrar al auto y quedamos en un incómodo silencio.
Me vio a través del espejo sin expresión alguna. Así que no pude descifrar si el resultado de sus estilistas había sido de su agrado o no. Me sentí devastada.
— A partir de hoy somos pareja.
Dijo al fin. Sonreí de lado, pero era una sonrisa triste.
— Sí, una mentira por poco tiempo.
Respondí. Alentándome a mí misma para aligerar la carga.
— Por lo que no veo conveniente que nos sigamos tratando de usted y con todo ese respeto de dos desconocidos. Desde este día estarás en mi día a día y yo en el tuyo. Si vamos a mentir hay que hacerlo bien.
En eso tenía razón, así que asentí.
— Espero que hayas leído la información que estaba en el contrato. Todo lo necesario para que mi padre no descubra esta farsa.
Él dirigió su mirada al frente.
— Me encargué de aprender cada uno de los detalles. Descuida estoy preparada.
Me sentí extraña al hablarle con tanta confianza.
— Mi familia es pequeña y no nos hemos reunido desde la muerte de mamá.
Hizo una pausa.
— George, mi hermano mayor estará allí. Por favor mantente alejada de él y su esposa. Son el enemigo.
No respondí.
Recosté mi cabeza en el asiento del auto y me quedé observando la ciudad nocturna a través del vidrio. En el camino ninguno de los dos dijo palabra alguna.
Debí imaginarlo que las cosas serían así de incómodas. Éramos de dos mundos diferentes. Él era el jefe y yo solo su actriz que le ayudaría a quedarse con la empresa... Él era el macho alfa y yo solo una mujer que quería devuelta su negocio familiar.
— Llegamos.
Anunció.
Y no había vuelto atrás.