Lena.
Solo nos quedaba una semana más en la cafetería. El resto sería historia. Porque al señor vengativo se le dio por dejarnos sin local. Y empezaba a creer que me lo merecía. Pero mis padres no.
Mamá había sido la más afectada por la noticia. La noche en la que Raffael me dio el ultimátum, llegué a casa, respiré profundo y le conté a mi familia lo que había ocurrido. Mamá lo tomó tan mal que tuvimos que llevarla al médico. Papá simplemente me había dirigido una mirada agotada y luego de ello no me había dirigido la palabra.
Yo sabía que papá conocía la historia de la amistad entre el abuelo Frank y el señor Dunne. Sin embargo, nunca lo había mencionado, y llegué a la conclusión que no era un tema fácil para él. Quizá había un trasfondo mucho más grande que no me pondría a indagar, no por el momento.
Ese día la cafetería estaba más concurrida de lo normal. Los clientes habían aumentado significativamente. La razón era nuestro cierre.
Papá leía un libro de negocios en su rincón, donde le gustaba pasar las tardes. Disfrutaba de la lectura acompañado del aroma a café y pastelillos. Además de la cercanía familiar. Pero ese día el ambiente era lúgubre.
Mamá ya no sonreía como antes al atender a los clientes. Ya no había agradecimiento a la vida por el regalo que la cafetería representaba para ella. Nuestros empleados también lucían preocupados por quedarse sin empleo. No había sido una noticia agradable para nadie. Más bien, era una verdadera tragedia.
Esa tarde, todo marchaba bien en la atención a los clientes, así que me tomé un momento libre. Me serví un café con leche de almendras y me dirigí al rincón de papá. Me senté frente a él. Notó mi presencia pero no despegó la atención de su libro.
Me quedé en silencio mientras bebía de mi café y le veía tan concentrado leyendo. En ese instante percibió mi mirada centrada en él. Colocó el libro en la mesa y me vio sin expresión alguna.
Papá era un hombre de buenas cualidades. Un padre amoroso y comprensivo. Un esposo fiel y responsable con el hogar. Sin embargo, siempre había sido una hombre de pocas palabras, y él lo destacaba todo el tiempo "los hechos hablan más que las palabras".
— Papá en serio lamento haber causado esto.
Le debía una disculpa después de haber derribado el castillo que había construido.
— No estoy molesto ni triste por perder la cafetería. Estoy preocupado por tu madre.
Él observó a mamá que servía café en las mesas de una esquina. Su semblante era pálido.
— ¿Las has visto los últimos días?
Asentí, claramente había notado el cambio en su ánimo y en su salud.
— Tu madre fue la pionera en este lugar, fue ella la de la idea. Yo solo la seguí en sus locuras, siempre fue así y de esa manera hemos sido felices. Ahora no sé que hacer para sanarla de la tristeza siente al dejar ir el sueño por el que ha trabajado parte de su vida.
— Podemos buscar juntos una solución. Quizás el padre de Annie pueda ayudarnos tiene buenas relaciones con las autoridades de la ciudad y...
Él me interrumpió.
— Sé que buscas una solución porque te sientes culpable hija, pero también es culpa mía...
En ese instante Padme llegó apresurada y como si hubiese visto un fantasma.
— Lena.
Tomó aire. Le costaba respirar. En ese momento solo pensé en que quizá había algún problema con otro cliente. Pero ya había aprendido mi lección. A no apresurarme con impartir mis castigos.
— El hombre del café está aquí.
No lo creí a la primera.
— A quien arrojaste café. El culpable de perder el local.
Después de la detallada descripción de Padme caí en cuenta que no era una broma ni un sueño. Raffael estaba en la cafetería.
— Raffael Dunne.
Pronuncié su nombre con cierto resentimiento. A quien quiero engañar, no podía nombrarlo sin sentir odio.
— Quiere verte.
Pensé en muchas de las posibilidades por las cuales querría verme ese hombre tan despreciable pero jamás imaginé la razón real por la cual quería conversar conmigo.
— Traelo acá. Así tendremos privacidad. Hay algo que quisiera hablar con el señor Dunne.
Dijo papá y Padme lo obedeció rápidamente.
Tres minutos más tarde, Raffel entró a la pequeña oficina de papá, la cual siempre mantenía abierta para observar afuera. Entró con su 1.80 de estatura, rostro perfilado y mirada altiva.
Cuando me vio, no pudo ocultar su sorpresa al notar que estaba acompañada de mi padre. Luego se concentró en mí y pareció que diría algo pero fue mi padre quien tomó la palabra antes.
— Señor Dunne, me presentó soy Timothy Doyle, el padre de Lena.
Ambos se estrecharon la mano.
— El gusto es mío señor.
— Tome asiento.
Imité la amabilidad de mi progenitor y fingí una sonrisa. Creo que ambos notaron mi falsedad, porque mi padre aclaró su garganta y me regañó con solo una mirada.
— ¿Quiere algo de beber?
— No. De hecho sólo vine para tratar un asunto con su hija.
Raffael rechazó el ofrecimiento de mi padre.
— A solas.
Agregó después y papá entendió que debía dejarnos solos.
— Está bien. Aunque hay algo que me gustaría hablar con usted.
— Imagino que es relacionado a su negocio, pero creame que después de lo que le diré a su hija, ya no habrá nada qué decir.
— Confío en que hablarán civilizadamente.
Papá dio un último vistazo y cuando se percató que ambos actuaríamos como adultos, salió tranquilamente.
Ahí estaba yo, a solas con mi enemigo. En una guerra silenciosa. Sus ojos me decían que no había llegado para pelear y mi buena voluntad quería creer que traía buenas intenciones. No obstante, me equivoqué...
— ¿Podría cerrar la puerta? Es un asunto confidencial el que quiero tratar.
Asentí esperando que fuera él quien se levantara a cerrarla pero el señor de quedó sentando esperando que yo lo hiciera y recordé que los millonarios estaban acostumbrados a que todo lo hicieran por ellos.
Me levanté a regaña dientes y la cerré.
— Señorita Doyle, admito que no nos conocimos en los mejores términos pero estoy dispuesto a remediarlo.
Me sorprendió que actuar cortésmente.
—¿A qué se debe ese cambio radical? Sé que implícitamente, dejarme sin el local era su venganza por dañar su orgullo de hombre.
Él sonrió a pesar de verme perturbada.
— Me gusta su sinceridad. Entonces también debo ser sincero. Admito, está en lo correcto, quería vengarme.
Su sonrisa se amplió.
— ¿Está satisfecho?
— Afirmativamente.
Verlo tan normal mientras confesaba que estaba satisfecho con mi desgracia me hizo querer golpearlo. Pero eso solo empeoraría las cosas.
— Sin embargo, hay cosas que han cambiado y por ello estoy aquí, porque quiero hacerle una propuesta.
Al fina había algo buena que decía ese hombre malévolo. Esperaba una oferta de vender el local o de alquiler.
— Adelante, soy toda oídos. Total ya no tengo que perder.
— Expondré ante usted un asunto delicado y que requiere confidencialidad. Si me promete que esto no saldrá de aquí, creeré a su palabra y le contaré todo.
Su semblante cambió a uno tensado.
— Lo prometo.
— Bien. Mi padre me ha puesto a competir con mi hermano mayor por la herencia que RED representa. Para papá la familia es un Pilar en los negocios, así que debo estar comprometido si quiero heredar la compañía, ya que él no tiene un buen concepto de mí.
— Creo que nadie tiene un buen concepto de usted.
Dije entre dientes. Eso lo molestó.
— He visto lo que dicen los medios de usted señor Dunne.
Me excusé.
— La propuesta es sencilla quiero que usted...
Raffael respiró profundamente. Eso denotaba el esfuerzo que estaba haciendo para decir sus siguientes palabras.
— Se convierta en mi prometida. Que se gane a mi padre como la nuera perfecta y a cambio usted se quedará con este lugar. Así de fácil.
La noticia me hizo sentir escalofríos. No creía que su propuesta fuera cierta. ¿Yo prometida de un hombre como Raffael Dunne?
— Jamás.
Respondí. Lo cual hizo que se tensara.
— Ambos nos odiamos y ni siquiera nos conocemos. Además no somos de mundos iguales. Somos muy diferentes.
Agregué. Pensé que darle una lista de razones lógicas le haría entender que eso jamás sería una realidad.
— Solo será una mentira por cierto tiempo, firmaremos un contrato en el que ambos ganemos. Piense en esta cafetería.
Muchas cosas pasaron por mi mente, mis padres, los empleados, Annie y también mi dignidad. Sin embargo... Había alguien por quien sería capaz de hacerlo: Mi madre.
Yo Lena Doyle, la mujer que creía que todo se conseguía con trabajo y esfuerzo y no por la vía rápida. Estaba siendo tentada de tal manera.
— ¿Por qué yo?
Pregunté con mi voz temblorosa.
— Porque tiene algo que perder y a muchos que sostener. No somos tan diferentes como cree, ambos somos gente de negocios. Hagámoslo por ello.
En eso tenía toda la razón. La imagen deprimida de mi madre me hizo meditarlo una vez más. Quería devolverle la sonrisa a mis padres y si esa responsabilidad estaba en mis manos, haría a un lado mi orgullo y mis convicciones y aceptaría ser la falsa prometida de Raffael Dunne.
— Señor Dunne, acepto ser su prometida. (por contrato, pensé)