Annie tomaba de su café mientras revisaba su teléfono. Era su costumbre, ignorarme cuando estaba molesta. Pero en realidad, estaba más triste que molesta.
― ¿Ya te sientes mejor?
Le pregunté al fin. Ella suspiró relajando su cuerpo y fingiendo una amplia sonrisa.
— Sí. No permitiré que mi padre maneje mi vida.
Estábamos en la cafetería del hospital en el que Annie trabajaba. Siempre la visitaba en su hora libre, cuando tenía turno al anochecer y cuando mamá se quedaba de encargada de la cafetería.
Annie es médico y es mi mejor amiga desde la secundaria. Recuerdo el día que la conocí. Era la chica de gafas y trenzas. Sus ojos celestes grisáceos, su cabello rubio y su cuerpo estilizado, la hacían parecerse a una súper modelo. Aunque ella nunca quiso serlo, siempre supo que su profesión era la medicina. Salvar la vida de muchos niños a diario era su pasión y motor de vida.
Annie era alegre, y divertida. Y yo era más seria y centrada. Según palabras de nuestros padres, los cuales eran muy diferentes pero habían llegado a conocerse bien. En realidad mi amistad con Annie, había roto las barreras de las clases sociales ya que ella era de una familia acomodada y de clase alta y yo venía de una familia que quizá llegaba a clase media.
—Resumiendo, mi padre quiere que me case con el heredero de la familia Stone. El cual es un hombre mayor y que según sé, tiene problemas de erección.
— Espera.
Hice una pausa viendo a mi alrededor. No quería que los demás escuchasen nuestra conversación sobre la erección de un hombre mayor.
— ¿Cómo sabes del problema con su amiguito?
Ella sonrió, olvidando por completo el enojo y la tristeza que la discusión con su padre le había generado.
— Los rumores vuelan. Hasta nosotros los ricos disfrutamos del chisme.
— Sí, ya veo.
Ambas reímos por lo alto. Captando la mirada de ciertos caballeros en la mesa de al lado.
— No te mencioné un incidente que tuvimos en la cafetería la semana pasada.
Decidí cambiar de tema para dejar atrás el disgusto que hablar de un matrimonio arreglado le generaba. La comprendía, la mayoría de mujeres no queremos pasar el resto de nuestras con alguien que no nos agrada en lo más mínimo. Mucho menos cuando no hay amor ni respeto de por medio.
"Un matrimonio arreglado sería una tortura" pensé.
— ¿Incidente? ¿Algo grave?
Annie preguntó alarmada.
— Padme fue agredida por un cliente, ella me dijo mesa doce y yo escuché mesa dos. Así que fui al hombre de la mesa dos, lo llamé idiota, le lancé café en la cara y todo resultó ser una equivocación. Se trataba de un millonario presidente de una agencia importante de publicidad que amenazó con demandarme por agresión.
— Dime que no es cierto...
Ella se acercó. Me agarró de los hombros y me vio directamente a los ojos, Antes de empezar a sacudirme con prisa.
— Por favor dime que ese hombre no es Raffael Dunne.
La reacción me pareció extraña proviniendo de Annie. Sin embargo, yo ya había estado preocupada e histérica pensando si ese tal Raffael, tomaba represalias contra mí por el error y la actitud de Annie solo hacía que mi nerviosismo aumentara.
— Annie tranquila. Ese hombre no me hizo nada malo. Solo fue un mal entendido y sí, justamente se trata de ese tal Raffael Dunne.
Intenté tranquilizarla, aunque también buscaba tranquilizarme a mi misma. Al escuchar el nombre, me soltó y bebió de su café sin azúcar. Le costó respirar y me lanzó una mirada sombría. Mirada que no significaba nada bueno.
— ¿Qué has hecho insensata?
Gritó.
Por el tono en el que hizo la pregunta, me recordó a mamá. Quien había estado con el corazón en la mano toda la semana. Comprendía que la amenaza de Raffael era alarmante pero, en el interior sabía que a mamá le atormentaba algo más allá de la amenaza hecha por él.
— Ha dicho que no se quedaría así.
Ella golpeó su frente.
— ¡Ay mi adorable e inocente Lena! ¿Por qué estás tan tranquila después de llamar idiota a ese hombre que es una fiera? ¿A caso no sabes quién es y de lo qué es capaz cuando alguien le daña su orgullo?
— No.
— Con razón estás tan tranquila. En este momento debe de estar pensando en cómo acabarte. Si no es que ya tiene una idea. Lo conozco, mi padre fue su cliente en la agencia de publicidad para un comercial. Y también lo conocí en la universidad, es tan arrogante y prepotente.
— Bah, me he enfrentando a hombres así antes.
— Pero no eran poderosos como Raffael.
En ese momento mi teléfono sonó. Era un número desconocido. Dudé un poco si contestar o no bajo la mirada curiosa de Annie.
Al último segundo respondí.
— ¿Aló?
— ¿ Señorita Lena Doyle?
— Sí, soy yo... diga...
— Soy el abogado del señor Raffael Dunne, él necesita verla en su oficina ahora mismo. En la Agencia RED central.
Estaba perdida. Al final mi mamá y Annie tenían razón. Sí era un hombre vengativo. Hasta me había mandado a su abogado. ¿En qué problema me había metido por un simple error?
— No tengo nada que hablar con ese hombre y si quiere algo que me hable él mismo. No entiendo por qué me llama su abogado si yo no le debo absolutamente nada.
En ese momento, otra voz se puso en la llamada. Era él. Tenía que ser él. Podía imaginarlo a través del teléfono, su rostro atractivo luciendo lúgubre y disfrutando de ponerme nerviosa. Hasta que habló con su voz grave y electricizante.
— Señorita, está usted equivocada, sí me debe algo y se lo puedo hacer saber personalmente. Para ello debe estar en mi oficina en media hora. De lo contrario no diga después que no se lo advertí.
Al final sí fue él quien dijo las últimas palabras. Annie frente a mí solo meditaba.
— Te lo dije. Ese hombre cumple su palabra.
— También no descansa. Mira la hora qué es y debo estar en su oficina rápido. ¿Quién se cree qué es?
— El hombre al que llamaste idiota. ¿Recuerdas?
— Haré una disculpa pública, me arrodillaré suplicando clemencia o no sé, haré lo que sea necesario para librarme de él y no verlo nunca más.
— Eso no bastará, no seas ingenua. Es sospechoso que te haya citado a esta hora.
Annie se levantó quitando su bata.
— Iré contigo. El doctor Fleming me debe unas horas que le cubrí ayer. Voy a solicitarle permiso y nos vamos.
Asentí y me quedé ahí, sentada esperando a Annie e imaginando una inmensidad de posibilidades.
En 15 minutos estábamos en la avenida Imperial. Annie conducía su auto. La ciudad de noche era un espectáculo visual. Sobre todo el edificio Miracle, el cual tenía forma de espiral y que se alzaba en el centro de la ciudad. Lastimosamente visitarlo era el privilegio de solo unos pocos.
—Todo estará bien. Solo debes comportarte dejar de lado tu orgullo, aunque sea solo esta noche.
— No soy orgullosa.
Me crucé de brazos.
— Ajá y yo soy modesta.
— Las dos sabemos que eso no es cierto. A los ricos les gusta presumir sus lujos.
— Tú no eres tan pobre que digamos.
Annie decía la verdad. Gracias al negocio familiar estábamos prosperando. Nuestro estilo de vida había cambiado considerablemente.
No sé que sería de nosotros si nos quedásemos sin la cafetería.
Quince minutos más tarde estábamos frente al edificio de la agencia.
— Te espero aquí en el auto.
— Claro que no, tú vienes conmigo, tengo cierta desconfianza de todo esto y te necesito a mi lado.
Observé el edificio iluminado completamente.
— Bien. No sé qué harías sin mí.
Se quejó.
Nos bajamos del auto a prisa. Quería saber lo que tenía que decir el tal Raffael y largarme de ahí. Mi vestido acampanado fue mecido por la brisa que había afuera. Llevaba un cárdigan blanco que combinaba con el estampado floreado de mi vestido.
Entramos al edificio. Todo era lujuso. Todo era brillante y tan vanguardista. Era tarde, pero había mujeres hermosas que se movían con rapidez entre los pasillos. Sus tacones y sus murmullos se escuchaban en todas partes.
Los anuncios publicitarios que había visto en las paradas de autobuses, en los centros comerciales y en la televisión estaban allí. Era en RED donde surgían los mejores anuncios jamás hechos en el país. Y si Raffael era el presidente, pues algo estaba haciendo bien. pero yo no estaba allí para admitir y admirar su trabajo.
— Mira es Samantha Bridge la super modelo.
Annie señaló a una mujer, alta, espigada y con una melena castaña envidiable. Samantha pasó a nuestro lado y le sonrió a Annie.
— Te ha sonreído.
Annie sólo negó sonriendo.
Cuando llegamos a recepción, nos atendió una mujer que también fácilmente podría ser el rostro de una importante campaña. Todo el mundo daba una buena imagen a la empresa.
— Buenas noches señoritas.¿Son modelos? ¿Están aquí para alguna campaña?
Annie y yo nos vimos con sorpresa para luego reír. Nos sentimos halagadas al ser confundidas con modelos.
— No, yo soy Lena Doyle, el señor Dunne me citó en su oficina.
En ese momento la recepcionista revisó el computador y luego me observó cambiando su expresión. Pasó de una sonrisa a un rostro curioso.
—Adelante, en el piso dos.
Tomamos el elevador. cuando estuvimos en el piso dos, nos recibió un hombre joven, de gafas y de rasgos asiáticos. Tenía una hermosa sonrisa.
— Señoritas, por aquí.
Nos indicó el camino a la oficina del presidente.
— Soy el abogado Guil. Abogado del señor Raffael Dunne.
Se presentó mientras abría la puerta.
— Está guapo.
Susurró Annie a mi oído. Yo también lo había notado. Pero estaba tan nerviosa que no quería hablar banalidades en ese momento.
Y tras la silla presidencial, estaba la figura de un hombre. Un hombre amenazante y el hombre al que había llamado idiota. Giró y lo vi de frente de nuevo, nuestros ojos se encontraron como el día del incidente. El azul de sus ojos me pareciómás oscuro ese día.
Pero esta vez era diferente, yo estaba en su territorio y estaba en sus manos. Él me vio como un cazador a su presa.
— Nos vemos de nuevo señorita Doyle. Le dije que averiguaría su nombre.
No respondí por unos segundos, desfallecí. La chispa en sus mirada me decía que en realidad iba a destruirme. Annie solo me haló del brazo para que tomara asiento. Caí sentada sin decir palabra.