Raffael vio que quedé sin palabras. Así que fue él quien empezó a hablar. Esperaba que hablara de una demanda en mi contra o que exigía una disculpa pública. Pero jamás imaginé que sus planes fuesen otros. Él era un hombre con poder y usaría ese privilegio a su favor.
— La cité aquí por hay algo importante que quiero comunicarle.
El abogado Guil tomó asiento junto a Annie y ambos nos observaban detenidamente como si su juego favorito estuviese por iniciar.
Segundos después, Annie veía con interés a Raffael. Sus ojos brillaban, claramente, se estaba dejando llevar por su apariencia. El abogado Guil, simplemente asentía a las palabras de su jefe, como buenos amigos que eran.
— Raffael.
Mis labios pronunciaron su nombre casi en un susurro. Lo cual denotaba mi nerviosismo ante semejante hombre. Así que aclaré mi garganta para continuar lo que había iniciado.
— Lamento tanto haberle llamado idiota, y arrojar café a su rostro, solo intentaba defender a una de mis empleadas. Ese día había estado estresada, confundí el número de mesa y sucedió lo que ambos sabemos.
— Señorita Doyle. Acepto sus disculpas. No voy a levantar una demanda en su contra por agresión ni manchar mi nombre como un hombre pervertido.
Cuando dijo esas palabras, algo dentro de mí celebró que mis disculpas fueran aceptadas. Lo que significaba que todo el asunto terminaba allí. Hasta Annie lo entendió de esa manera, quien me dirigió una sonrisa de Victoria.
— Sin embargo, buscando información, me encontré con que el local de su cafetería pertenece a mi familia.
En ese instante quedé sin palabras ¿Cómo era eso posible? Se debía de tratar de una broma, de una mentira. Quise creer que solo buscaba asustarme. Y que lo estaba logrando.
— Verá... Su abuelo el señor Doyle fue amigo de mi abuelo Richard Dunne. Este fue quien le otorgó permiso para construir un edificio que en primer momento fue un restaurante, pero con los años desapareció. El punto es que, Richard Dunne jamás firmó las escrituras, es decir su abuelo se hizo acreedor de ese lugar solo de palabra, pero legalmente siguió siendo parte del patrimonio Dunne hasta hoy en día.
Por muy confuso que pareciera lo que acaba de decir. Lo había entendido todo. Y lo peor era la sonrisa en sus labios. Una sonrisa de venganza. Lo que sospechaba se estaba cumpliendo. El abogado Guil me extendió los certificados del local y efectivamente, estaban a nombre de la familia Dunne. Todo aparecía en regla y con respectiva legalidad.
Lo que me había sorprendido era que nuestros abuelos fueron amigos en algún momento del pasado. Mi abuelo Frank jamás mencionó a los Dunne. Sin embargo, no podía mostrarme destruida. Me obligué a reaccionar serenamente.
— Comprendo. Entonces hemos invadido propiedad ajena.
— Así es.
Pensé en las opciones que tenía. Podíamos prestar a un banco y pagar el local o podíamos alquilarlo. Eran opciones viables.
— Si esto no se trata de una venganza...
Pronuncié con determinación.
— Puede vendernos el local o en su defecto, alquilarnoslo. Lo importante es que mi familia no pierda su negocio en esa ubicación. Usted que es un hombre de negocios, sabe lo que implicaría cambiarnos de lugar tan repentinamente. Además que es un lugar estratégico en el centro de la ciudad.
No esperaba nada de él y aún así logró decepcionarme.
— Para su desgracia, el lugar no está en venta ni en alquiler.
Hizo una pausa para soltar la estocada final. La cual ponía fin a nuestro próspero negocio familiar. El trabajo de años de mi familia estaba por venirse abajo.
— Queremos que desalojen. Tienen dos semanas para hacerlo. Es el tiempo que la ley dicta.
— Como verán, estamos actuando según la ley. Y donde estaba su cafetería, se construirá una nueva agencia de RED.
Agregó, el abogado Guil, mano derecha del despiadado Raffael.
Estaba siendo cruel. Estaba logrando su objetivo de desestabilizarme. Pero buscaría una solución. No me quedaría de brazos cruzados. Yo era Lena Doyle, la que no se rendía por nada del mundo.
La tragedia sería contarle a mi familia. Imaginaba a mamá, diciéndome que todo era mi culpa, y tendría razón. Mi error estaba costando carísimo. Aún así. No me rendiría fácilmente. Eso jamás.
Y así con mi rostro en alto, le vi a los ojos.
— Sí no hay nada más que decir, nosotras nos retiramos.
Raffael me extendió su mano. Lo observé y cuando vi el brillo triunfante en su rostro decidí ignorarlo. Lo dejé con la mano extendida y salí de su oficina hecha un manojo de rabia e impotencia.
Annie tras de mí, salió maldiciendo, compartiendo mi amargura y luego me abrazó tan fuerte que casi lloraba en su hombro. Agradecía tanto tenerla como mi mejor amiga. Su compañía me daba fortaleza así que me obligué a no derramar ni una sola lágrima.
¿Cómo podían existir hombres como Raffael Dunne en el mundo?
Me había destruido en cuestión de minutos.