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Contrato de alquiler: Alquilé al billonario equivocado

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¿Qué es peor que ser invitada a la "Boda del Siglo" de tu ex con tu ex-mejor amiga? Ir sola.

​Alana tenía un plan maestro para no morir de humillación en Mónaco: usar sus ahorros para contratar al novio de alquiler más impecable de una agencia de servicios de élite. Necesitaba un hombre que supiera lucir un esmoquin de tres mil euros, fingir una devoción absoluta y actuar como el prometido perfecto frente a Stefan y Julia.

​Pero el destino —y un ascensor averiado en el momento más inoportuno— decidieron reescribir el guion.

​Cuando un hombre con aura de mando, ojos gris acero y un magnetismo que hace que el aire se vuelva denso sale del elevador, Alana no hace preguntas. Lo toma del brazo, le ajusta la pajarita y lo presenta ante toda la aristocracia europea como su pareja. Lo lanza al foso de los leones sin imaginar que ella misma acaba de entrar en la jaula de un depredador.

​El problema es que su novio de alquiler actúa demasiado bien. Sus besos queman, su posesividad no parece parte de un contrato y su conocimiento sobre el mercado financiero es... sospechosamente real.

​Para cuando Alana se da cuenta de que el verdadero actor que alquiló sigue atrapado en el sótano del hotel, ya es tarde. Se ha vinculado públicamente con el hombre más enigmático y poderoso del continente: Dante Lombardi, el verdadero dueño del imperio donde se celebra la boda. Dante no sigue órdenes, no acepta contratos y, definitivamente, nunca hace nada gratis.

​Alana buscaba un escudo para proteger su orgullo, pero acabó despertando a un hombre que ahora reclama un pago mucho más alto que el dinero. En las noches doradas de Mónaco, las mentiras tienen un precio y el error de Alana está a punto de convertirse en el negocio —y el romance— más peligroso de su vida.

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​CAPÍTULO 1: SOCORRO, MI DIGNIDAD SE QUEDÓ EN EL ASCENSOR
​Si el karma existiera y fuera mínimamente eficiente, mi exnovio Stefan se habría convertido en un sapo verrugoso en el mismo instante en que decidió que nuestra relación de tres años era "demasiado monótona" y que lo que realmente necesitaba era inyectarle adrenalina a su vida acostándose con Julia, mi supuesta mejor amiga. Pero como el universo tiene un sentido del humor bastante retorcido y claramente no me tiene en su lista de favoritos, en lugar de una maldición bíblica, recibí una invitación de boda. ​No era una invitación cualquiera. Era un cartón grueso, con bordes de pan de oro, tipografía en relieve que parecía grabada por monjes del siglo XII y un aroma a rosas que gritaba: "Mónaco, nena, donde tú nunca podrás encajar". ​Así que aquí estoy. ​Me miro en los espejos dorados del vestíbulo del Hotel de Paris, un lugar tan lujoso que siento que el aire que respiro me lo van a cobrar en la factura final. Me ajusto el vestido verde esmeralda de seda que me costó lo que serían tres meses de mi alquiler en un apartamento decente y trato de que mis manos dejen de temblar. El corte es perfecto, el escote en la espalda es lo suficientemente bajo como para ser pecaminoso y el color hace que mis ojos resalten, pero por dentro me siento como un fraude envuelto en papel de regalo caro. ​—Tres mil euros, Alana. Tres mil euros por una noche —me susurro a mí misma, ignorando la mirada curiosa de un botones que pasa con un carrito lleno de maletas de Louis Vuitton—. Más te vale que ese tipo sepa diferenciar un tenedor de pescado de un dardo, o juro por mi título de abogada que lo lanzo por el balcón del casino más cercano. ​Mi plan era infalible. O al menos lo parecía en mi cabeza a las tres de la mañana mientras devoraba un tarro de helado y lloraba por mi dignidad perdida. Si iba a asistir a la "Boda del Siglo" de mi ex, no iba a hacerlo como la "pobre Alana, la abandonada". Iba a entrar de la mano del hombre más guapo, elegante y exitoso del planeta. Iba a fingir que mi vida era un anuncio de perfumes de alta gama y que Stefan no era más que un borroso recuerdo de una época en la que yo tenía mal gusto. ​Para eso estaba la agencia. Un servicio de élite para gente con problemas de etiqueta y presupuestos inflados. "Acompañantes de alto nivel", decía el eslogan. En mi caso, mi novio de alquiler. ​El problema es que el chico —un tal "Leo", según el escueto mensaje de confirmación— debería haber llegado hace quince minutos. El protocolo decía que nos encontraríamos en el vestíbulo privado de la planta VIP a las ocho en punto. Son las ocho y cuarto. Si Leo no aparece, tendré que entrar sola y soportar las miradas de lástima de Julia, que seguramente ya está practicando su cara de "oh, qué pena que no encontraras a nadie, querida". ​De repente, el sonido metálico y sutil de un ascensor privado me saca de mi espiral de ansiedad. Las puertas de latón pulido se deslizan con una suavidad casi insultante. Me enderezo, pongo mi mejor cara de "soy una mujer fatal" y me preparo para regañar a un modelo de catálogo por su impuntualidad. ​Pero lo que sale del ascensor no es un modelo de catálogo. ​Es un... algo. Un espécimen de la naturaleza que parece haber sido diseñado por un comité de dioses con estándares muy altos. Mide por lo menos un metro noventa, viste un esmoquin que no ha sido comprado en una tienda, sino esculpido directamente sobre sus hombros anchos, y tiene una mandíbula tan afilada que podría cortar el diamante de mi anillo de compromiso falso. Su cabello oscuro está ligeramente revuelto, dándole un aire de "acabo de bajar de mi jet privado y estoy muy aburrido de ser perfecto", y sus ojos son de un gris acero tan frío que me dejan las neuronas en cortocircuito. ​Él no camina, él se desplaza con una seguridad que hace que el resto del mundo parezca estar estorbando. ​—¡Por fin! —exclamo, lanzándome hacia él antes de que pueda dar dos pasos. Lo agarro del brazo con una fuerza que probablemente le dejará marca en el traje de seda—. Llegas tarde. ¿Dónde demonios estabas? ¿Te perdiste buscando el helipuerto o es que el servicio de la agencia es así de impuntual por defecto? ​El hombre se queda congelado. Se detiene en seco y me mira de arriba abajo con una ceja levantada, como si fuera un bicho raro, verde y ruidoso que acaba de aparecer en su alfombra persa. Su mirada desciende por mi cuello, se detiene un segundo extra en el escote de mi vestido —lo cual me hace arrepentir de no haberme puesto algo más recatado— y luego vuelve a mis ojos con una intensidad que me hace tragar saliva con dificultad. ​—Escucha —le siseo, bajando la voz y acercándome tanto que puedo oler su colonia: es una mezcla de sándalo, cuero y... poder. Un aroma que me nubla el juicio—. Soy Alana. Mi exnovio es el que se está casando ahí dentro con la mujer que me apuñaló por la espalda. Es una boda llena de tiburones de las finanzas y aristócratas que huelen la debilidad a un kilómetro de distancia. Así que necesito que entres ahí y actúes como si fueras el hombre más exitoso, rico y locamente enamorado de la Tierra. ¿Entendido? ¿O necesitas que te lo dibuje con manzanas? ​Él entreabre los labios, pero no emite ningún sonido. Me analiza con una calma que me está poniendo los pelos de punta. No parece asustado por mi arrebato, parece... intrigado. Como si fuera la primera vez en años que alguien le habla sin pedirle permiso. ​—Como la agencia no me mandó tu perfil con nombre artístico, te toca elegir uno ahora mismo —continuó, mientras le ajusto la pajarita con manos que no quieren dejar de temblar—. Pero que sea algo que suene a billonario de verdad, por favor. Nada de "Kevin" o "Jason". Necesito algo con peso, algo que haga que Stefan quiera esconderse debajo de la mesa de los postres. ¿Cómo te quieres llamar esta noche? ​Él guarda silencio durante un segundo que se me antoja eterno. Su mirada desciende a mis labios y luego vuelve a mis ojos con un brillo de pura diversión depredadora. Una sonrisa de medio lado, lenta y peligrosa, se dibuja en su rostro, revelando que tiene un hoyuelo en la mejilla izquierda que debería ser ilegal. ​—Dante —responde por fin. Su voz es profunda, una barítono que parece vibrar directamente en mi pecho—. Dante Lombardi. ​—Dante Lombardi... —repito, saboreando las sílabas—. Suena potente. Suena a que eres dueño de medio Mónaco y que desayunas competidores corporativos. Me gusta. Bien hecho, Dante. Te has ganado la primera estrella. ​Le doy un golpecito en el pecho para asegurarme de que no es un holograma. Spoiler: no lo es. Está más duro que una roca de granito y el calor que desprende su cuerpo empieza a hacerme sentir mareada. Entrelazo mi brazo con el suyo, aferrándome como si fuera mi última balsa en medio del océano. ​—Solo recuerda las reglas de oro, Dante: nada de besos a menos que yo dé la señal clara, mano firme en la cintura en todo momento —porque necesito que me sostengas para no desmayarme— y, por lo que más quieras, intenta que Stefan se sienta como un insecto insignificante a tu lado. No le hables mucho, que se note que no está a tu nivel. ¿Estamos? ​Dante no dice nada. Solo me mira con esa media sonrisa que me da ganas de salir corriendo o de besarlo ahí mismo, lo cual es preocupante dado que es un empleado. Simplemente me apreta contra su costado con una posesividad que me deja sin aliento. Es una fuerza tranquila, dominante, que me hace sentir extrañamente protegida. ​Me guía hacia las puertas dobles de caoba del salón de baile, y me doy cuenta de que camina con una seguridad tan aplastante que soy yo la que tiene que esforzarse por seguirle el ritmo. ​—Vamos, Alana —susurra cerca de mi oído, y su aliento cálido me eriza la piel—. Hagamos que tu ex no olvide esta noche en lo que le queda de vida. Jurará que el karma tiene nombre y apellido. ​En ese momento, los lacayos del hotel abren las puertas de par en par. La música de la orquesta de cámara, el tintineo de las copas de cristal y el murmullo de cientos de personas nos envuelven como una ola de calor. ​Entramos. ​Es como si el tiempo se detuviera. El salón entero, decorado con miles de orquídeas blancas y arañas de cristal de Swarovski, parece quedar en silencio por un segundo. Siento todas las miradas clavadas en nosotros, o mejor dicho, en él. Dante camina como si fuera el dueño del edificio, del principado y de las vidas de todos los presentes. ​A unos metros, veo a Stefan. Está junto a la barra de champán, riendo con un grupo de amigos. Cuando sus ojos se encuentran con los míos, su risa muere en el acto. Se queda con la boca abierta, y su copa de champán se inclina peligrosamente hacia un lado. A su lado, Julia, se queda pálida como un fantasma de época. ​Mi novio de alquiler me rodea la cintura con el brazo, pegándome a él de una manera que me hace sentir que el vestido esmeralda es mi única defensa. ​—Sonríe, Alana —me ordena Dante en un susurro que solo yo puedo oír—. Ahora mismo eres la mujer más envidiada de Mónaco. ​Y por primera vez en toda la noche, mi sonrisa no es fingida. Es la sonrisa de alguien que acaba de soltar una bomba atómica en medio de una fiesta de jardín.

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