Hacía frío en la jaula, a pesar del verano. De noche, en la cubierta, el aire del mar abierto entraba a ráfagas. Regina estaba terriblemente incómoda, no podía ponerse de pie, y el suelo era duro. Se movió hacia el rincón más resguardado, acurrucándose todo lo que pudo. Estaba deshecha. ¿Cómo había podido precipitarse tanto la situación? Como de costumbre trató de ver el lado positivo, pero era muy difícil. ‘¿Qué hago, qué hago? No me cortarán la mano, al menos eso… pero me meterán en la cárcel, no podré defenderme… ¡ni siquiera tengo dinero para un abogado! El dinero que me pagaron por este trabajo llega directamente a la cuenta de papá, puede que hasta se lo hayan gastado todo… ¿y si me lo pidieran de vuelta? ¡Oh Señor, qué desastre! ¡Ayúdame Tú! ¿Y si saliera en el periódico? ¡Qué verg

