Martes 13 de marzo - Día del evento.
Juan espera sentado en la barra de un bar, miraba ansioso alrededor, una chica le ofreció amablemente en dos oportunidades algo de beber, el decidió tomarse dos cervezas para aplacar los nervios. Se preguntaba que hacia ahí, no era el tipo de lugares a los que acostumbraba a ir. Por alguna razón Cecilia lo había citado ahí, pero ¿porque cambió de opinión? ¿Por qué se había negado a recibirlo a salida de la oficina de Cecilia? ¿Por qué este cambio de último instante? ¿Por qué en este bar en la zona alta de la urbe? ¿Ocultaba algo?
Juan miraba su reloj nervioso, había asistido puntual, 6 pm, la dirección era la correcta, pero llevaba casi 45 minutos esperando ¿Qué babia pasado? Estaba a punto de hacer la llamada. De pronto una de las puertas del personal del bar, apareció una imagen femenina conocida. > La mujer se acerca sonriente con su faldita exageradamente corta, una blusa escotada y su cabello rubio recogido completamente atrás. Levantó sus manos mientras dibuja una amplia sonrisa confiada, como si eso pudiera explicar todo. Juan quedó boquiabierto, no supo qué hacer o cómo reaccionar > Entonces la mujer se acercó y sin ningún reparo plantó un sonoro beso en la mejilla de Juan, muy cerca de sus labios, le habló al oído – Salgo en 20 minutos, bebe un wisky yo invito – dio la vuelta y regresó por donde vino sin esperar respuesta del hombre.
Que había pasado con la ejecutiva, experta en decoración de interiores, que había encontrado una semana atrás. ¿Ahora era una mesera? Era su una especie de hobby o trabajo extra… siempre pensó que la gente que se dedicaba al diseño ganaba demasiado bien para su trabajo… pero también sabía que esa gente era por demás excéntrica, quizás este era el caso. Juan aun digería lo que estaba pasando, en 20 minutos exactos apareció Cecilia, se había retirado el uniforme de mesera y ahora lucia unos juveniles jeans una blusa blanca al cuerpo. Tomó asiento junto al hombre confiada y empezó a hablar como si nada.
- Bueno, creo que te debo una explicación – dijo en tono muy serio mientras ordenaba otras bebidas
- Si… estaría bien
- Bueno amor, la verdad es que trabajo aquí… soy mesera…. Y en mis tiempos libres, ayudo a mi prima en “Brides&Brillantez”, donde me conociste. Soy una especie de asistente y mensajera, no está mal tengo que ganarme la vida, tengo un hijo que mantener y estoy retomando mis estudios
- ¿Retomando tus estudios dices?
- Si… creo que vamos a necesitar una botella más grande si quieres conocer la historia
- Por mi está bien tengo toda la noche – ordenaron una botella de tequila y continuaron la platica
- Ok, - Cecilia aclaró la voz - por donde empiezo, te hare un resumen. Bueno creo que conociste a Francisco, el tipo con el que andaba, cuando tú y yo, ya sabes
- El tipo con el que me traicionabas querrás decir
- Es una forma de decirlo, pues bien estaba locamente enamorada de él, me propuso un trabajo y tiempo para continuar mis estudios en España, te imaginas mi sueño hecho realidad, con la única razón de ir a vivir con él y claro acepté, lo hice por amor…
Juan apuraba las copas de tequila, tratando de entender el cruel engaño que siempre trataron de ocultarle. Se enteró como esa misma noche del cumpleaños de Cecilia hace nueve años, el tipo de la camioneta, ahora conocido como Francisco, fue a verla, por petición expresa de Cecilia. Se enteró como esa misma noche Cecilia y Francisco fueron terminar sus festejos en un motel cercano. Se enteró como un sábado 9 de marzo viajaron a Barcelona, mientras el amanecía en presión. Entonces todos los eventos empezaban a cuadrar, mientras Cecilia narraba los hechos con el más natural de los estilos.
Esa noche Juan, también se enteró de los seis meses de maltratos psicológicos y físicos que Cecilia recibió. Seis difíciles meses en los cuales Cecilia, el sueño se convirtió en una pesadilla, se enteró de su embarazo, el dichoso Francisco la abandonó definitivamente, quedó literalmente en la calle, con un hijo en el vientre y casi sin un centavo, en un país desconocido y sin ningún familiar o amigo cerca. > pensó Juan, pero luego se arrepintió al escuchar todas las penas y desdichas, que tuvo que afrontar, todo su ser se conmovió y se dio cuenta que hubiera hecho cualquier cosa, por ayudar a la mujer, con una sola llamada de la mujer. Juan no podía concebir, en qué condiciones, habría estado ahora, sintió rabia por los nueve años que le robó la vida.
Con la última copa de la botella, la mujer le confesó que nunca terminó sus estudios y que al regresar al país, hace seis meses, tuvo que empezar de nuevo. Juan pidió una botella más de tequila, de alguna manera tenía que digerir toda esta información. La mujer en ese momento estaba llorando, quizás por lo desafortunada de su vida o quizás por los efectos del alcohol en su sangre. Juan bebió unas copas más tratando de asimilar toda la información. De pronto se levantó sin decir nada, caminó unos pasos, seguro de sí mismo, había tomado una decisión definitiva, una decisión que cambiaría su vida, para siempre. La mujer reaccionó atrevida, quizás por todo el alcohol en su sangre:
- ¡Entonces! – gritó sin importarle el resto de gente – ¿ahora que sabes la verdad te alejas de mí?
- NO – respondió con igual energía – ahora que se toda la verdad, voy a invitarte a cenar
La mujer quedó desconcertada con las palabras de Juan ¿había dicho cenar? Juan es una persona realmente desconcertante. El hombre se acercó a la barra y solicitó a la chica que le consiguiera un taxi.
En cuanto el taxi llegó ambos salieron y fueron a cenar, era casi media noche. La discusión siguió y por alguna razón había decidido dar una nueva oportunidad a la mujer, parecía no importarle todo lo que la vida le había deparado, a él y a ella. Parecía no impórtale que estaba a punto de casarse, luego solucionaría eso, de alguna manera:
- Mi amor –soltó dulcemente Cecilia mientras se acomodaba en los brazos de su nuevo amor - Estoy tan feliz que me aceptes como soy, estaba tan preocupada por lo que pensarías
- Eso ya pasó y quiero recuperar nueve años que he perdido lejos de ti
- Hmmm ¿y que tienes en mente? ¿Recuerdas nuestra última noche, juntos? ¿Te gustaría recordarla?
- No… me gustaría mejorarla
Cinco minutos más tarde, ya estaban embarcados en un nuevo taxi, rumbo al destino que había indicado Juan
- ¿Amor a donde me estas llevando?
- A un lugar muy especial
En 20 minutos el taxi está adentrándose en una ciudadela, fue cuando Cecilia se dio cuenta.
- No, amor no, no podemos ir a mi casa, mis padres aún viven ahí
- Bueno será una aventura, como antes ¿Recuerdas?
- Estás loco, no puedo, mis padres, mi hijo, no
- Tranquila ya veremos que hacer
Cuando llegaron, Cecilia abrió cuidadosamente la puerta trasera y entraron cautelosamente, la casa tenía un enorme jardín, con árboles de ciprés en forma de laberinto, hábilmente cruzaron sin ser descubiertos y fueron al centro donde había una especie de parque, cuidadosamente habitado por sendas sillas de hierro fundido. Tomaron haciendo y de inmediato comenzaron a besarse y tocarse como dos enamorados, deseosos el uno del otro.
- Vamos a tu apartamento – Juan indicaba el extremo del jardín donde apenas se veía una especie de casa de campo
- No se puede ahí está mi hijo
- Entonces a la casa grande, no puedo ahí están mis padres y no tengo llave para entrar. Hubieras escogido un mejor lugar - reclamó
- Bueno es una aventura, si no se puede entrar nos quedaremos aquí
La mujer lo miraba incrédula, el apuesto hombre que tenía en frente, no se parecía en nada al muchachito que abandonó nueve años atrás. Algo había cambiado y definitivamente le gustaba, se sentía tan atraída por este hombre, que su entrepierna empezaba a humedecerse. De inmediato se abalanzó sobre él, lo beso con pasión, parecía querer devorarlo con su hábil boca. Juan abrazó a la mujer, la tomó fuertemente con brazos, la recorrió desde la espalda hasta llegar a las hermosas y bien formadas nalgas. Tomó con fuerza los glúteos, uno con cada mano, luego bajó hasta donde inician las piernas de la mujer. Con la adrenalina encima y la fuerza de su excitación, levantó a la mujer hasta rodear sus caderas con las piernas de Cecilia. Caminó unos pasos, dejó a la mujer sobre una de aquellas mesas que inundaban el lugar. El calor que irradiaba sus cuerpos era mayor que el frio de la madrugada. Juan besó el blanco cuello de la mujer, succionó con placer, bajó besando por encima de la tela, desabotonó la blanca blusa, a su paso pudo sentir la dureza de unos pezones rígidos. Hábilmente Juan desprendió completa la tela blanca.
En algún momento, el top de la mujer desapareció por completo, Juan se deleitaba por completo de aquellos grandes senos, diferentes a los que recordaba, algo menos firmes, algo menos jóvenes. La mujer gemía, todo órgano bajo su vientre se estremecía, movía su cadera rítmicamente, empujando su mojada entrepierna, chocándola contra la pelvis de su amante. En una acción desesperada la mujer arrancó los botones de la camisa de Juan y desnudo por completo el fuerte torso, lo acarició y estrechó, como queriendo fundirse con el ardiente cuerpo.
Con desesperación sus sexos se unieron sin siquiera esperar a desnudarse completos, sus gemidos aumentaron con cada penetración, ambos seres se necesitaban el uno al otro y se deseaban por nueve años de caricias ilusorias. Sus pieles se erizaban como hace nueve años no lo hacían y una hora era demasiado poco para para saciar toda su insuficiencia de amor, placer y satisfacción…
Martes 13 de marzo - Una hora después del evento.
Esa madrugada Juan caminaba por la fría y desolada calle, acomodaba su camisa como podía, pero sus ropas casi destrozadas le daban un aspecto poco alentador. Su brazo derecho adolorido tenia suerte de no haberse roto, después de soportar casi todo su peso cuando cayó del muro de dos metros. Tuvo suerte de no tener heridas en su pierna, después de brutal ataque de los perros guardianes, sin embargo la basta derecha de su pantalón estaba hecha añicos. Tuvo suerte de que ninguna alarma se activó, pues seguramente la policía no habría entendido sus razones para irrumpir en propiedad privada.
Juan está cansado, adolorido, abandonado en el frio del amanecer, corrió por cerca de 10 minutos hasta asegurarse de que nadie lo siguiera, luego camino 20 minutos más, hasta alejarse de la zona residencial. Se acercaba a uno de aquellos negocios que atendían las veinticuatro horas, cuando identificó a un grupo de jóvenes libando en el parqueadero de aquel negocio, bebiendo cerveza y evidenciando la potencia del audio en sus autos. Juan pensó en pedir ayuda, él mismo fue hace nueve años uno de aquellos muchachitos, violando las leyes a esas horas.
- Disculpa - preguntó con voz temblorosa, por el frio y el dolor – ¿puedes ayudarme? Necesito hacer una llamada
- Aléjate maldito vagabundo - La turba se volvió enfurecida y amenazante
- Tranquilos, solo necesito su ayuda
- Que te largas asqueroso – respondió uno de los muchachos, el más alto
- Jodete imbécil – respondió Juan y trató re retirarse
Justo cuando dio vuelta, sintió un fuerte empujón y la lluvia de improperios. La fuerza del empellón le hizo estrellarse, de frente contra uno de los autos parqueados. Luego vinieron los golpes, las patadas por todo su cuerpo. En algún momento dos de ellos lo levantaron mientras otro descargaba sus puños sobre el adolorido abdomen de Juan.
Quien sabe cuánto tiempo después, sintió como su ultrajado cuerpo volaba por los aires en un eterno momento, en el que alcanzó a dilucidar las delicias del cuerpo de Cecilia, en aquella noche fría, recordó como repentinamente los exagerados gritos de placer de la mujer, al parecer despertaron a los habitantes de la casa grande. Las luces se encendieron y de alguna parte salieron, dos enormes perros que ladraban estridentemente. “Tienes que irte” gritó con voz de sorpresa Cecilia y sin ninguna explicación ella, levantó sus ropas y hecho a correr. Juan hizo lo propio y logró escapar casi ileso.
La cabeza de Juan se estrelló contra algo que parecía vidrio pero este no se rompió, Juan seguía consiente pero no tenía la menor intención de levantarse. Se quedó tendido en el frio pavimento, esperando quizás que los atolondrados muchachos huyeran, esperando quizás el amanecer de esta noche que al igual que nueve años atrás, se había convertido en una dolorosa tragedia. Esperando quizás que alguien se compadeciera de su desgracia y se hizo la imagen de Cecilia, cómoda, segura y abrigada en su hogar sin tener la menor idea de lo que le pasaba.
Pensó en todas las mentiras que le habían ocultado en este tiempo, pensó en su cuestionable decisión de escapar de su próximo matrimonio, por esta pasional aventura. Refeccionó en la última semana lo que había vivido y por alguna razón recordó la notable historia de Federico II de Prusia, entendió que a veces el destino es tan sutil como un hilo de araña o tan contundente como un golpe en la cabeza.
FIN