Alemania- BerlĂn.
PVO Cassidy.
—¿En serio no vas a poder venir, Kenny? —insisto, intentando que mi voz no suene decepcionada.
—No, Cass, tengo demasiado trabajo, pero te prometo que mañana te lo compenso con una salida sorpresa. ¿Qué dices?
ÂżQuĂ© más podĂa decir?
—Está bien, pero no trabajes tanto, ¿s� Te quiero —respondo en voz baja antes de colgar.
Al bajar el celular, me quedo mirando la pantalla unos segundos.
Ese “te quiero” sonĂł más forzado de lo que debĂa, o eso creo.
Kenny es mi superior y tambiĂ©n mi novio desde hace seis meses. Es el jefe de ediciĂłn del área de prensa del conglomerado Kingston, y yo apenas era una pasante que lo conociĂł entre noches eternas de trabajo, cafĂ© frĂo y correcciones de Ăşltimo minuto.
Entre titulares, reuniones y estrés, nació algo más que una simple relación laboral.
Primero fue la amistad. Luego, las confidencias y después, el beso.
Se me declaró una de esas noches agotadoras, con regalos, palabras bonitas y una mirada que me hizo sentir especial. Yo acepté sin dudarlo.
Los primeros meses fueron perfectos.
Cine, cenas, caminatas sin rumbo, mensajes hasta la madrugada. Me hacĂa sentir querida, importante, Ăşnica. Y hoy, por fin, celebrarĂamos nuestro primer San ValentĂn juntos. O al menos, eso era el plan.
Porque desde que me negué a tener relaciones con él, algo cambió.
Ya no es el mismo. Se volviĂł distante, frĂo, lleno de excusas. Casi no me busca en casa y en el trabajo, solo lo puntual. No sĂ© si está molesto conmigo por decirle que no, o si solo estaba esperando ese momento para perder el interĂ©s. Quiero creer que no, que no es ese tipo de hombre. Que no es un patán que solo busca sexo y se va cuando no lo consigue. Eso sĂ me desilusionarĂa.
—¿Srta. Cassidy, va a salir? —me pregunta MarĂa, la ama de llaves, al ver que tomo mi saco.
—SĂ, darĂ© una vuelta por la ciudad en auto, para distraerme. —Miento, ya que pienso ir a darle una sorpresa a Kenny. Si Ă©l no puede venir, yo irĂ© a Ă©l.
—Entiendo, pero su padre acaba de llamarme para avisarle que quiere conversar con usted, dijo que era de suma importancia.
—¿Mi papá?
Desde que mamá muriĂł hace 3 años, se ha dedicado a su trabajo de lleno, supongo, para olvidar la tristeza que le ocasionaba el vacĂo de la ausencia de mamá.
Por momentos deseé que encontrara pareja, y se logró, cuando apareció Marena y su hija Nicol en un evento de negocios. A papá le encantó su espontaneidad, y a mà también.
Nicol tiene 18, yo 21, un poco distantes, pero nos llevamos bien. Ella también estudia para reportera, y a veces yo la ayudo con sus tareas cuando puedo. Lo único diferente entre nosotras es que ella es libertina, le gustan las fiestas, y yo soy más reservada en ese aspecto.
Pero bueno, ¿qué se puede esperar de una jovencita que perdió a su padre siendo una niña?
—Solo me iré por un par de horas. —Miento de nuevo. Si pasa algo más con Kenny, creo que no volveré a casa.
—De acuerdo, le diré su mensaje a su padre cuando regrese, Srta.
—Gracias, MarĂa. Por cierto, Âży Nicol?
MarĂa rueda los ojos y suelta un suspiro desganado. Era evidente que no le agradaba mi media hermana, y no podĂa culparla: su actitud y su manera de comportarse siempre terminaban sacando de quicio a cualquiera.
—Salió, Srta., no dijo a dónde. Ya sabe, ella nunca da explicaciones, y menos a una empleada como yo.
Y lo sabĂa. Nicol siempre dice que a la servidumbre, hay que tratarlos como tal.
AgradecĂ el gesto y salĂ rumbo al apartamento de mi novio, con la pequeña cajita de regalo bien apretada entre mis manos. Nunca antes le habĂa dado un obsequio a ningĂşn hombre, salvo a mi padre, y quizá por eso me sentĂa tan extraña.
En estos dĂas me habĂa sorprendido más de una vez mirándola en silencio, como si guardara dentro algo más que un simple detalle. Y, sin saber por quĂ©, lágrimas inexplicables resbalaban por mis mejillas cada vez que lo hacĂa.
¿Por qué? Ni idea, aunque tengo la sensación de que ya le he entregado un regalo a alguien, quizás antes de mi accidente en Nueva York, donde perdà la memoria.
¿Tuve un novio al que abandoné?
Ese pensamiento me habĂa estado matando, pero luego mi mejor amiga del colegio, Kassandra —pero que lamentablemente no recuerdo y no tengo tanta comunicaciĂłn debido a la distancia— me asegurĂł que no.
Dejo atrás ese extraño sentimiento de culpa y bajo del auto con la cajita entre mis manos. Estoy nerviosa, ansiosa, pero también segura de que a Kenny le va a gustar su regalo.
Respiro hondo y me dirijo a su apartamento.
Sin embargo, antes siquiera de tocar el timbre, algo me detiene. La puerta, está entreabierta.
—¿Kenny? —empujo con cuidado la puerta y un extraño presentimiento me sacude.
Hay un par de botellas en el suelo, además de ropa, pero no de él, sino de…¿Mujer?
—No, no, esto no puede ser… —susurré, y con el corazón acelerado, continué.
Pero no tuve que avanzar mucho. AhĂ, en el sofá, Kenny y Nicol, ¡Mi medio hermana! se fundĂan en un apasionado beso, sus cuerpos entrelazados en una danza erĂłtica que hizo que mi corazĂłn se hundiera en mi pecho.
Retrocedà y me oculté tras una pared, con una mano a la altura de mi corazón. Esto era imposible, completamente imposible.
—No deberĂamos estar haciendo esto, Kenny —dice ella, con esa voz inocente que creĂ—. Si mi hermana se entera, se va a molestar con nosotros y…
—Tranquila, ella no se va a enterar.—Le asegura con tanta confianza el desgraciado.—Siempre está al pendiente del trabajo, no se va a dar cuenta, Nicol. Tú tranquila.
—Lo entiendo, pero entonces, ¿por qué no terminas con ella y…?
—No. —La corta antes de terminar la frase—. Necesito a Cassidy, y más ahora que se acerca la conferencia de los grandes lĂderes y empresarios de todo el mundo. Y ella sabe cĂłmo obtener informaciĂłn, me sirve.
SonreĂ con un temblor en los labios.
ÂżAsĂ que eso soy para ti, Kenny? Un objeto al que necesitas en tu staff para obtener las primicias.
—Lo sé, ella es buena en lo que hace, pero siempre ha sido caprichosa y petulante, a veces se cree la perfecta, y por eso mis padres a veces la prefieren a ella, y a mà me ignoran.
¡¿Qué dijo?!
—Incluso cuando Ă©ramos niñas ella me empujĂł al estante, y todo porque los chicos vieron que tenĂa un vestido más hermoso. —Solloza como si fuera una vĂctima. En serio, Âżesta es Nicol?
Espera, ¿cómo que desde niñas? Ella apareció en nuestras vidas hace solo unos años.
—¿En verdad es asà de malvada? —Kenny, no, no le creas…—. En serio, no creà que fuera tan cruel. Ni en todos estos seis meses creà que fuera ese tipo de persona.
Quise salir de mi escondite y gritarle a ambos por lo que me estaban haciendo, más allá de las mentiras que Nicol estaba soltando sobre mĂ, y que nunca creĂ que eso pasara.
Tonta, idiota, utilizada, eso me siento en estos momentos.
Sin esperar más nada de ellos, salĂ de su apartamento con la cajita en manos, pero apenas vi un basurero, la lancĂ© y, a la vez, tirĂ© mi amor y todos los planes que tenĂa en mente con Kenny.
No sĂ© por quĂ©, pero mientras conducĂa, no cayĂł ni una sola lágrima de mis ojos. EsperĂ© que una cascada resbalara por mis mejillas, que el dolor me desbordara, pero no pasĂł nada. Era como si mi corazĂłn se hubiera congelado en el instante en que vi la traiciĂłn de las dos personas en quienes más confiaba. No sĂ©, pero no quise averiguarlo.
Eventualmente encontrĂ© un refugio en un bar exclusivo, frecuentado por la alta sociedad de la ciudad. Era un lugar donde nunca me habĂa aventurado antes, pero en ese momento no me importaba más que desahogarme de alguna manera.
Me sentĂ© en el extremo del bar, sola, intentando recordar quĂ© era lo que me habĂa gustado de Kenny. Quizás haya sido su sonrisa, sus ánimos de salir adelante, no sĂ©, porque guapo, no es.
—¿Qué desea tomar, Srta.?
La pregunta del bartender me tomĂł por sorpresa. En verdad no querĂa tomar, no era de las que resistĂan el alcohol, y temĂa hacer alguna tonterĂa si perdĂa la cordura por culpa del licor. Pero mi rabia y frustraciĂłn por las mentiras, fueron más, y dejĂł de importarme. SeñalĂ© una botella detrás de Ă©l.
El joven, que no dejaba de mirarme, no sĂ© por quĂ©, quizás por el rostro apagado que tenĂa o por el exceso de maquillaje para verme linda para mi ex, me sirviĂł un generoso trago, lo que agradecĂ con una sonrisa.
Enseguida tomĂ© la copa y bebĂ con avidez, permitiendo que el lĂquido ardiente bañara mi garganta y calentara mi cuerpo. Nunca me habĂa sentido tan bien como ahora, pero aun asĂ no lograba apagar la rabia que ardĂa en mi interior causada por la traiciĂłn.
—Deme lo mismo que a la señorita —escuché de pronto a mi lado, después de un rato en silencio. Su voz era grave, tranquila, imposible de ignorar.
GirĂ© instintivamente y me encontrĂ© con un hombre tan atractivo que, por un segundo, pensĂ© que estaba viendo mal. TenĂa el rostro del tipo de Brad Pitt cuando era joven
¡Dios! Me girĂ© enseguida y tomĂ© varias veces para quitarme esa inquietud que de pronto habĂa nacido sin explicaciĂłn.
Por unos minutos, y todavĂa con esa inquietud clavada en el pecho, el hombre permaneciĂł a mi lado. Lo sentĂa cerca, su presencia era imposible de ignorar, pero evitĂ© mirarlo por pura vergĂĽenza.
ÂżCĂłmo alguien tan apuesto como Ă©l podĂa estar solo?
—¿Por quĂ© una chica como tĂş estarĂa sola en un lugar tan oscuro como este? —dijo de pronto, como si hubiera leĂdo mis pensamientos—. Eres bonita, y se nota que eres inteligente. ÂżNo tienes miedo de que algĂşn infeliz se propase contigo?
—¿Como usted? —susurré sin querer, y maldije por dentro.
—Asà que sà tiene lengua.—Idiota.
—L-lo siento, es que no me gusta que me hable alguien que no conozco.
—¿No me conoces? —vuelve a preguntar, dejándome confundida—. Digo, tú te pareces a alguien que conocà hace años, por eso te hablé. Yo tampoco suelo hablar con desconocidos.
Este hombre, ¿qué es lo que quiere?
¡Bah! No sé, ni me interesa, asà que termino por ignorarlo y tomarme todos los licores que le pido al barman, hasta que después de un rato, siento que ya no puedo más. Tengo el estómago revuelto y creo que voy a vomitar.
¿Por qué no comà algo antes de salir de casa y descubrir la mentira de Kenny?
—Creo que llegaste a tu lĂmite. —Siento que algo, creo que su brazo, me ayuda a ponerme de pie y salir a duras penas.
Yo ya ni sé qué demonios hago o digo. Solo siento ese perfume tan varonil que me hace apegarme a él, a pesar de que no me siento bien.
—Cassidy, tĂş no toleras el alcohol. ÂżPor quĂ© tenĂas que tomar tanto? —susurra—. En serio, te has vuelto más distraĂda e irresponsable.
—¿Eh? —digo ofendida—. Irresponsable, tu abuela. Yo sà soy consciente de todo.
“Lo estoy, aún lo estoy, pero siento que en cualquier momento lo voy a perder”.
—Ajá. —Siento que me alza en brazos, revolviéndome más el estómago.
—Solo unos años y te pierdes rápido, Cassidy —escucho que dice. ¿Acaso lo conozco?
—Ba… ba…
—Tranquila, te llevaré a un lugar tranquilo y seguro para que descanses.
Quiero decirle que a mi casa no, y que deseo con urgencia un baño, pero no me sale nada de la boca.
Subimos a su auto, un taxi, no sĂ© quĂ© era, pero fue un gravĂsimo error. El movimiento solo hizo que todo lo que habĂa tomado, con la bilis incluida, saliera despedido hacia Ă©l. ¡SĂ! Hacia ese rubio papacito del Brad Pitt joven falso. ¡Dios, pero que vergĂĽenza!
¿Qué pasó después?
Vaya Dios y los santos a saber. Solo cuando volvĂ en mĂ y abrĂ los ojos, por culpa de los rayitos del sol que se colaban por la ventana, y me encontrĂ© desnuda, creĂ que habĂa perdido la razĂłn y caĂdo en la locura.
¡HabĂa perdido mi virginidad con un desconocido!
San ValentĂn, ¡Te odio!
Pero eso solo era el comienzo, de lo que estaba por venir, ese trágico dĂa.