Gerónimo.
Otro día más, otra infernal resaca, un lamentable jadeo sale de mis labios al ver que nisiquiera había llegado a recostarme en la cama sino que estaba tirado en el piso de mi habitación con un fuerte dolor de cabeza y un ardor en mi mejilla que seguro se debe al fricción de la cara con el suelo. Soy un completo asco y debería darme vergüenza, pero a esta altura de mi vida todo me da igual, nada es lo mismo desde que ella se fué, se que estaría muy molesta conmigo al ver mi deplorable estado, pero la culpa y el dolor cada vez se hacen más insoportable que no me dejan ver más allá, le prometí que si algo malo le pasaba cuidaría de Jade, cosa que no estoy cumpliendo porque me cuesta mucho estar a su lado sin pensar en ella.
Marina fue mi gran amor y ninguna mujer podría igualar mis sentimientos como los que sentía hacía ella.
Cuando salgo de bañarme, paso mi mano por el espejo limpiando un poco el vapor para verme y la marca en mi mejilla derecha capta mi atención, tengo marcados unos dedos y leves imagines de una mujer con ojos claros aparece en mi cabeza provocando leves flash que no se si son verdad o productos de mi imaginación.
— Buenos días, sobrino — me saluda mi tío. Carlo Vicenzi es mi padrino y mejor amigo de mi padre, por eso sigue siendo el consejo del líder de la mafia.
— Carlo — contesto con indiferencia. El podía ser mi consejero pero eso no significa que no me repugne todo lo que hace.
— ¿Qué te pasó en tu mejilla? — me pregunta. En verdad sigo pensando que solo fue por la fricción del suelo con mi cara, pero las imágenes de esa mujer empujandome y dándome una cachetada se me hacían presente.
¿Ella era real?
— Nada, dime si tienes novedades del líder de la Bratvá — digo al sentarme en la mesa mientras una de las sirvientas sirve café en mi taza.
— Secuestraron a su mujer así que inició una guerra, si pierde será más fácil poder manipular al que supuestamente tomará su lugar — me cuenta.
— Solo quiero venganza, no me interesa ser aliados de ellos — mascullo.
Solo quiero destruir a los Sokolov porque ellos están detrás de la muerte de mi mujer, muchos años no encontré culpables hasta que ahora las pistas dieron con ellos por eso me meto en sus negocios, mejor dicho robo sus cosas porque cuando menos lo esperen voy a matar a ambos hermanos.
— Hola papá — escucho que dice Jade llegando al salón, se acerca a darme un beso en la mejilla y luego se sienta a mi lado.
— ¿Cómo estás princesa? — consulto al ver su cara de cansada.
Debo reconocer que soy un desastre de padre, después de la muerte de Marina caí en el alcohol dejando de lado a mi hija, ella me odia y tiene razón en hacerlo.
— Bien — se limita a contestar centrando su atención en su desayuno.
Jade tiene ocho años, es lo más importante de mi vida, solo que hago todo mal y siempre arruino todos mis acercamientos hacía ella. Me había hecho prometer que no bebería más, pero como era de esperarse no lo cumplí porque siento que el alcohol es lo único que me hace olvidar mi dolor.
Escucho que Carlo habla sobre la nueva entrega de cargamentos de cocaína que debíamos mandar a Inglaterra, después que al parecer mi hija tenía una nueva institutriz y luego solo perdí la atención para centrarla en mi hija. Era la primera vez que la venía de esa forma, así más triste de lo normal y más culpa sentía por no poder ser más cercano a ella.
— Jade — habla una voz femenina haciendo que mis ojos se vayan a la escultural mujer que estaba a uno metros nuestro.
— Ya voy, señorita — le contesta.
— Que bueno que se lleven bien — acota Carlo sonriendo.
Mis ojos se encuentran con la mujer desconocida, sus ojos me recordaban a alguien y cuando la veo fruncir el ceño acompañada de una expresión de asco todo aparece en mi cabeza al reconocerla. Ella es la causante de la marca de mi mejilla.
— ¿Quién es ella? — pregunto cuando se aleja con mi hija.
— Natasha Smithers, la nueva institutriz de Jade — responde Carlo bufando.
— ¿Y qué pasó con la otra? —
— La despediste cuando no quiso chuparte el pene — contesta.
— ¿Yo hice eso? — cuestiono.
— Deberías dejar de joder tanto con el alcohol, un día terminarás mal y Jade se quedará sola en el mundo, expuesta a demasiados peligros — acota.
— Necesito ayuda — murmuro sobrepasado.
— Siempre dices lo mismo Gerónimo, después terminas con una tremenda borrachera dónde nisiquiera sabes tú nombre — me reprocha.
Estaba en una etapa dónde el alcohol y yo éramos la misma persona, uno no podía estar separado del otro.
Aceptaba que soy un alcohólico, necesito ayuda, pero tampoco pongo de mi para cambiar y eso siempre juega en contra.
***
Cómo todo adicto mi cuerpo me estaba pasando facturas, mis manos temblaba y sudaba mientras trataba de concentrarme en los negocios. Llevaba más de seis horas sin una gota de alcohol en mi sistema, obviamente me sentía fatal y por eso me levanté de mi asiento para mirar por el gran ventanal tratando de aguantar un poco más, cuando mi atención fue en ellas, mi hija estaba con la institutriz sentadas en el pasto mientras Jade sostenía un libro en sus manos y ella sonreí al escucharla leer.
— Ya vuelvo — declaro cuando veo que la institutriz se levanta y entra al interior de la mansión.
Debo hablar con ella y sacarme la duda.
— Fuera todo el mundo — ordeno a todo el personal de la cocina y ella levanta su vista para mirarme con su ceño fruncido y agarra los vasos de limonada para irse también. — Tú no — la detengo, al ser unos centímetros más baja levanta su vista para mirarnos a los ojos y puedo notar cierto desafío que me hace sonreír.
— Me está haciendo perder tiempo de estudio con su hija, señor Ferrara — declara.
— Tú hiciste esto — afirmo marcando mi mejilla dónde está su cachetada.
— ¿Yo? — pregunta haciéndose la desentendida.
— Tú lo hiciste — sentencio con seguridad.
Ella apoya los vasos sobre el mesón y se cruza de brazos de manera desafiante, sonrío viéndola porque parecía una princesita que no lastimaria ni a un mosquito.
— Me sorprende que con lo borracho que estaba recuerde eso, pero en mi defensa usted me faltó el respeto tomándome el trasero y ahí tiene la consecuencia — contesta desafiante.
La miro sorprendido, no era de sobrepasarme con las mujeres, pero con altas dosis de alcohol hasta dudaba de mi juicio.
— Lo siento, señorita. Estaba ... —
— Borracho — chasquea su lengua. — Los hombres como ustedes se creen que tienen la impunidad de tomar a cualquier mujer y déjeme decirle que una cachetada fue poco porque se merecía una buena patada en las pelotas — agrega molesta.
— Fue ... —
— Debo seguir con mi trabajo, así que no invada mi espacio y estaremos bien, señor Ferrara — acota volviendo a tomar los vasos con su mano y sale de la cocina dejándome completamente sorprendido.
¡Qué carácter el de esa mujer!