En las tardes veraniegas, cuando el radiante sol brindaba alegres rayos, era común ver a la pequeña Miranda jugando a ser una princesa o una mariposa remontándose alegre en el viento, hablando con los árboles o simplemente cantando entre las rosas. Acostumbraba a encontrar algo positivo en cada persona y a atribuirle sentimientos a los objetos.
Era, tal vez, como todo niño risueño debería ser. A los adultos en ocasiones se les olvida que los niños deben ser niños por un largo tiempo, no pequeños adultos perfectamente portados.
¿Qué sería la vida sin fantasía? ¿A dónde iría el mundo sin imaginación? Sería horrible si el mundo entero dependiera solo de la triste realidad de los adultos.
Las personas que ayudaban en el mantenimiento y cuidado de la casa estaban allí desde poco antes de que ella llegase al mundo, la conocían a la perfección y se deleitaban con sus cantos, bailes, poemas e historias. Con todo ello era de esperar que todos estuvieran al pendiente de cuánto necesitase, que supieran a dónde iba, con quién y qué era lo que hacía.
Miranda aspiró el aire fresco de la tarde aún con Poker en brazos, quien no tardó mucho en correr tras una mariposa que tranquilamente paseaba entre las rosas. El gato dio grandes saltos para atrapar a la presa que veloz se escabullía entre las flores perfumadas del jardín. Jamás la atraparía, no era buen cazador.
Frecuentemente Claire le llamaba holgazán como a todas las mascotas finas que se adquirían con pedigrí. “Los gatos y perros de mi pueblo, los de campo, esos que no tienen pedigrí y se adquieren por una módica cantidad, esos son los que verdaderamente valen la pena”, decía cuando se molestaba porque Poker no la dejaba limpiar al rehusarse a dejar el mullido almohadón de terciopelo rojo.
Miranda reía ante ese comentario, conocía bien las aficiones de Poker, pero así le quería. No deseaba un gato cazador que se ausentara de casa por periodos largos, así que su fiel compañero de juegos era perfecto. Parecía como si aquel dúo de dueña y mascota pudiese comprender realmente lo que le decía el uno al otro, juntos caminaban bajo la lluvia parisiense, se subían al barandal de las escaleras y conversaban en el lenguaje que sólo dos amigos tan distintos pueden entender, ese que no requiere de palabras sino de miradas, lágrimas y risas.
La mariposa voló sobre la barda de la mansión y desapareció entre el follaje de los árboles dejando al minino triste por su fracaso.
—Calma, pequeño –le acarició el lomo con suavidad en un claro intento de consolación—, ya vendrán más mariposas porque cuando la lluvia cae, sin importar la fuerza que tenga ni los destrozos que deje, uno tiene la certeza de que el sol saldrá.
—Otro de sus grandes pensamientos filosóficos, señorita –anunció Nicolas llegando a su lado.
—Lo es –sonrió Miranda girando un poco sobre sí misma para ver al hombre, de pie a su lado.
—He venido a traerle un recado —continuó éste—. Recibimos una llamada de su tío, Monsieur Daniel, anunciando su próximo arribo el próximo mes.
—¿Es cierto, eso? ¿De verdad? —Preguntó visiblemente emocionada.
—Primer lunes del mes —aseguró sonriente su mayordomo.
—¡Es maravilloso! Kate se pondrá muy contenta.
—¿Hablando de mí? –Sonó divertida la voz de su prima, justo a su espalda.
Esa voz risueña, casi tanto como ella, que la Princesa de los Villemont reconocería en todo momento y lugar.
Su padre, Daniel Villemont, era un importante líder político que se movía constantemente entre el centro de Londres y los alrededores de París siempre en asuntos relacionados con la diplomacia exterior.
Él y la tía Caroline eran los viajeros de la familia.
Mientras que la tía Caroline era hermana mayor de la madre de Miranda, Daniel lo era de su padre. Mientras que la tía Caroline luchaba por proteger la esencia de los pueblos, el tío Daniel luchaba por cambiarlos a través de la modernización.
A razón de tantos viajes la familia les encontró, a ambos, un apodo digno de pronunciar de vez en cuando, la dama y el caballero andante. Cuando tan peculiares personajes ponían los pies en casa todo era fiesta, color y alegría. El tío Daniel tomaba a Miranda en brazos y le daba vueltas como niña pequeña, llenaba a Kate de dulces y contaba historias increíbles. La tía Caroline, por el contrario, se estresaba visitando a cada uno de sus amigos para asegurarse de que mantuvieran buena salud.
—¿Tu qué crees, Kate? Eres el tema favorito entre Nicolas, Poker y yo —comentó con algo de ironía en la voz.
Claro, todo dentro del inmenso cariño que sentía por su prima. Ambas eran demasiado unidas.
—Eso supuse –la besó tiernamente Kate en la mejilla acercándose hasta quedar sentada a su lado–. Soy uno de esos temas preferidos por todos. Creí que ya lo sabías.
—Claro –rio divertida la mayor–. ¿Acabas de llegar?
-Sí, el trabajo del profesor Lars era demasiado extenso, ni siquiera pude comer.
-¿Desea la señorita que Claire le prepare algo? –Preguntó educadamente Nicolas.
—No es necesario, muchas gracias –agradeció con sinceridad y cargó a Poker en su regazo.
—Tengo una noticia que te hará inmensamente feliz, Kate. Mi tío Daniel llegará el primer lunes del próximo mes.
—¡Wow! No puedo creerlo… ¡Papá vendrá! –exclamó la menor al tiempo que soltaba una risa bastante suave y se acostó totalmente en el paso sin soltar al felino—. ¡No sabes cuánto le echo de menos! Me siento tan sola cuando él no está.
—Me tienes a mí –tomó su mano con cariño apretándola un poco para transmitirle la fuerza de aquel sentimiento fraternal—. Aquí estaré por siempre y para siempre.
—Bien –carraspeó el empleado al ver a la mayor abrazar a la más pequeña en forma sobreprotectora—. Con su permiso, mademoiselle –miró a Miranda, luego a su prima—. Señorita Kate, me despido. Cualquier cosa estamos para servirles.
—Gracias, Nicolas, estaremos bien.
El hombre dio una seca cabezada antes de marchar al interior de la casa donde las labores le esperaban.
—Es la mejor noticia que me han dado –suspiró Kate al liberarse del abrazo de su prima y miró cielo mientras Poker de nuevo se lanzaba a la caza de una mariposa—. En verdad me siento feliz, tanto que no entiendo cómo la gente me pregunta si añoro la caricia de una madre, al parecer no entienden que con los abrazos de mi padre me sobra y basta.
—Jamás encontraremos una explicación a las cosas, míranos a nosotras, tengo todo lo que alguien de mi edad puede desear, pero mi padre falleció cuando era niña y tú no conociste a tu madre.
—Parece que nadie puede tener la vida perfecta –reflexionó Kate con la mirada perdida en algún lugar del espacio–, pero con todos sus sinsabores no cambiaría la que yo tengo.
—Yo tampoco lo haría, me gusta mi vida.
—Es muy grato escuchar eso, prima mía de mi corazón –sonrió cariñosamente la más joven de los Villemont–. Tú formas parte de las cosas más importantes que poseo.
—¿Recuerdas aquella vez que una cucaracha voló en tu cuarto? —Preguntó de golpe y Kate rio al recordar–. Eras demasiado pequeña para saber de qué se trataba.
—¡Ya sé! Sólo la miré y grité: ¡Un helicóptero! ¡Un helicóptero!
Ambas rieron a más no poder.
—Sí, era un helicóptero rojo y asqueroso.
—Muy asqueroso, jamás entenderé cómo pude confundir a una cucaracha con un helicóptero.
—¡El sonidito! –Exclamó la mayor con expresión de obviedad tratando de imitar a uno de esos aparatos. Ahora fue Kate la que soltó una carcajada ante aquella imitación tan similar a la original–. ¡Qué bellos tiempos aquellos!
—Tan pequeñas, siempre discutíamos. Tú jugabas en una parte de la habitación y yo en otra porque no lográbamos ponernos de acuerdo sobre qué jugar, entonces algo sucedía, surgía una idea distinta y comenzábamos a jugar nuevamente juntas como si jamás nos hubiésemos molestado.
—Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, decíamos que éramos hermanas.
—Sí, doña Bertha cuando nos encontraba con la tía Charlène nos molestaba al hacer siempre la misma pregunta: ¿Son primas?
—Le gritabas un rotundo ¡No! sacando la paleta de tu boca y la observabas unos instantes para después seguir comiendo gustosa tu golosina –recordó Miranda sintiendo una hermosa calidez en su pecho ante tan bellos recuerdos infantiles.
—Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que hicimos eso.
—Tan sólo no conservo ninguno de esos juguetes, salvo peluches y objetos muy especiales.
—¿Como a Maugrim?
La mayor asintió de inmediato.
—Exacto, como a Maugrim –sonrió Miranda al pensar en la figura con forma de perro lobo que descansaba en la cabecera de su cama.
Su tío Daniel fue quien le regaló aquella figura Le había traído de uno de sus viajes por el mundo. Su fecha de llegada coincidió con un día en que Miranda Villemont se hallaba muy enferma, entonces tomó al perro en brazos, lo bautizó como Maugrim, y no se despegó de él durante toda la noche por lo que durmió abrazándolo hasta la mañana siguiente cuando el Dr. Raphaël anunció que la encontró en perfecto estado de salud y que podría volver a correr como siempre.
Eso dejó más tranquilo a todo el mundo dentro de la gran mansión.
Así, Maugrim se convirtió en su perro guardián, jamás lo quitó del lugar de honor y cuando tenía miedo le hablaba creyendo que el perro sentado sobre la biblia de la tía Caroline le escuchaba y ahuyentaba todo mal. Así de poderoso era Maugrim en su mente para la niña. Así de poderoso seguía siendo en la actualidad, después de tantos años.
—También tengo mi bambú –le recordó a Kate.
—Cierto, tampoco te despegas de esa planta, reposa en tu tocador desde que tengo memoria. ¿Cómo le haces para que siga con vida?
—Está creciendo, pronto deberé cambiarlo de jarrón... Se está poniendo tan grande y hermoso. ¡Ni yo misma lo sé! —Exclamó entre risas al tiempo que respondía a la pregunta de Kate—. Debe ser un lucky bambú bastante fuerte para sobrevivir a la mala libre de mi madre.
—Un bambú sobreviviente a la ira de mi tía Charlène, eso sí que es algo de otro mundo.
Ambas rieron felices. Cualquiera que les viese a la distancia sabría que estaban contentas una junto a la otra.
—Bueno, Maugrim y tu bambú son importantes, pero... también duermes con un perro de peluche gigante llamado Rufo y un conejo que… ¿cómo se llamaba? –cuestionó en tono burlón la más pequeña.
—Fluffy —exclamó Miranda con un puchero—. Miss Celeste, mi maestra de inglés de la secundaria, se lo puso el día que me lo regalaron.
—¡Fluffy! –repitió en actitud divertida–. Me pregunto dónde estarán…
—¿Qué cosa? Todos están en mi recámara, como siempre.
—No, no —negó Kate—. Las fotos que tomamos de los momentos más relevantes de nuestra infancia, como esa vez que hundimos a la Tía Charlène en su pastel de cumpleaños y estuvo a punto de matarnos –comentó sin poder detener su risa maliciosa.
—Ah, supongo que en el álbum familiar que se halla en mi armario. Es lo más seguro. ¿Quieres que las veamos?
—¿Por qué no?
—Entonces vamos.
—Ayúdame –pidió Kate aún en el pasto con los brazos estirados hacia su prima, quien ya estaba de pie frente a ella. Miranda negó con una sonrisa ladina y tiró de ella hasta que logró incorporarla–. Gracias, señorita Villemont.
—De nada, señorita Villemont.
Se miraron con complicidad por un instante y salieron en carrera hasta la habitación de Miranda seguidas por un esponjoso y consentido Poker.