Una vez en la habitación, Miranda subió a la silla de su escritorio y trató de mover las cosas que llenaban la parte superior de su armario. Entre las dos se ayudaron para que la mayor pudiese dar con el álbum familiar y tomarlo, acción que lograron realizar tras varios intentos fallidos y un resbalón que pudo convertirse en caída.
—Aquí está –anunció la joven bajando cuidadosamente de la silla.
—Es hermoso –sonrió su prima observando el pesado volumen de terciopelo rojo. Era bastante llamativo, nadie podía negarlo.
—Mamá lo compró cuando nací, dice que papá deseaba que todo quedara guardado en fotos, por desgracia todo cambió cuando falleció. En este álbum –explicó Miranda abriéndolo–, está todo perfectamente documentado hasta mis cinco años, el resto de las fotos está incompleto por las prisas de mamá.
—¿Tendrá páginas vacías? Porque yo tengo unas cuantas fotos sueltas en mi recámara, sería bueno ponerlas aquí.
—Supongo que sí –se encogió de hombros la mayor sin estar totalmente segura de su respuesta.
Tenía años que no echaba un vistazo al ejemplar.
En la primera hoja encontró a una pequeña bebé acostadita, durmiendo, en su cuna de sabanitas rosas mientras de pie, junto a ella, sus padres la observaban con una sonrisa en la faz. El capitán Amedeo llevaba una sonaja en mano y Charlène un biberón.
—¡Mira! –exclamó Kate emocionada–. Esa eres tú de bebé.
—Cierto, soy yo –sonrió sin dejar de admirar el resto de las fotografías.
Todas la mostraban a ella como una pequeña muy amada por su familia. Observó detenidamente la que se hallaba en la esquina de la página, su abuela Margot sentada en el sofá de la sala la cargaba en brazos y tras ella se hallaba el abuelo con sus característicos anteojos cuadrados.
—El abuelo –murmuró la pequeña Villemont–, siempre he pensado que se ve gracioso con ese tipo de lentes.
Dieron vuelta a la hoja para encontrarse con fotos similares donde la tía Caroline colocaba diademas vistosas en el ya abundante cabello ondulado de su pequeña, había una particularmente graciosa en que parecía que el tío Daniel estaba a punto de tirarla.
—Mamá dice que mi tío no quería cargarme –explicó Miranda colocando un dedo sobre la foto para que su prima la viera–, tenía miedo de tirarme, por eso hizo ese movimiento tan brusco.
—Se ve gracioso, parece como si en verdad hubiese estado a punto de tirarte
—Papá no se lo hubiese perdonado, ¡mira eso!
La vista de ambas se posó sobre una foto donde aparecía Daniel Villemont vestido de gala, junto a él una diminuta mujer parecida a Kate sonreía débilmente, llevaba un largo vestido blanco y sobre su cabeza un velo resaltando su peinado.
—La boda de papá –sonrió Kate acercándose más a su prima–, ya habías nacido tú. Dice mi tía Charlène que yo ya estaba en el vientre de mamá, por eso se casaron, no porque mi papá en verdad la quisiera.
—No me han contado esa parte de la historia, Kate. Temo que sé tan poco como tú… Deberías preguntárselo a tu padre.
—Lo he hecho, pero no quiere hablar de ello. Parece que se pone muy triste, eso me confunde, no logro entender por qué se pone triste a causa de una mujer que nunca amó.
—¿Entonces por qué esa tristeza?
—Quizá siente lástima de mí –suspiró la menor–, tal vez le hubiese gustado que tuviera una madre como el resto de mis amigas.
—Probablemente, aunque no podemos negar que algún cariño debió sentir por ella, a lo mejor fueron amigos antes de eso.
—Cometieron un error y vine al mundo, no creo que eso sea reconfortante para alguien, hay tantos bebés deseados y yo nazco de un error.
—Kate –susurró abrazándole dulcemente–, estoy segura de que fuiste un bebé muy deseado. Deseado por tu padre, por el mío, por mi madre, incluso por la tía Caroline, eras el nuevo bebé de la familia y estabas destinada a hacerme compañía.
—Y lo he hecho bien todos estos años, ¿cierto? –preguntó con voz esperanzada fijando sus bellos ojos en los de su prima.
—Has hecho un trabajo excelente. Yo no sé si fuiste producto de un error –añadió a modo de consuelo–, pero si así fuese, entonces fue el error más lindo de todos.
—Gracias –sonrió la pequeña sintiendo en su corazón la dulzura de la joven a su lado–. ¿Te he dicho que eres la mejor prima del mundo?
—Pocas veces, pero yo sé que lo soy. Soy tu mejor prima.
—La única que tengo. No lo olvides.
—Deutsche –rio por lo bajo.
Kate tomó el álbum en manos y se perdió durante unos instantes en la foto de la boda de sus padres, quería descifrar el enigma de su vida, descubrir en los ojos de alguno de ellos la verdad, ¿se amaban, se querían? ¿fueron amigos antes de volverse novios?
¿A su mamá le habría hecho ilusión estar embarazada o... su mundo entero se habría venido abajo al enterarse de la noticia?
Esperaba saberlo algún día, deseaba con todas sus fuerzas que Daniel Villemont se sentase a su lado y le contara la historia de su vida. Quizá en algún momento, en algunos años… Sólo quizá.
—Era muy linda, ¿no crees? –Preguntó de improviso en un débil susurro refiriéndose a su madre.
—Lo era, te pareces mucho a ella. Son casi como dos gotas de agua.
La joven hizo un gesto afirmativo sin dejar de observar el papel. Imaginó su voz, su forma de hablar, incluso de andar. Quiso imaginar el dulce perfume de su madre. Tal vez le gustaban las mismas fragancias que a ella.
Ojalá su padre le pudiera contar sobre la calidez y aroma de la mujer, pero una sola vez su padre le había hablado de ella.
Y nunca más lo hizo de nuevo.
Fue en una mañana fría de invierno cuando Kate, vistiendo un largo abrigo que le llegaba hasta los pies, se acercó dando pequeños saltos hacia su padre. Sus mejillas estaban rojas a causa de la baja temperatura y sus labios ligeramente partidos.
—¿Qué pasa, amor? –la miró por encima del hombro mientras acomodaba su traje frente al espejo. La pequeña pensó que tenía un padre muy joven y apuesto.
—Nada, papi –sonrió provocando una sonrisa similar en el hombre, amaba que su retoño le llamase papi.
—¿Tienes frío?
—Un poco –respondió dando vueltas alrededor de la alfombra de entrada–, pero se quitará pronto.
—¡Hey, hey, hey! –La llamó Daniel tomándola velozmente en brazos– No hagas eso, Katie. Puedes marearte.
—Ya estoy mareada, papi –rio suavemente la pequeña parpadeando una y otra vez para normalizar su visión.
—Qué ojos tan bonitos –sonrió su padre mirándola de una forma en que nunca antes lo había hecho–. Son exactamente iguales a los que tenía Pauline.
—¿Pauline?
—Tu madre –suspiró el político con notable tristeza en la voz–. A veces me recuerdas tanto a ella que creo estarla viendo como cuando tenía tu edad.
Fue demasiado pequeña en aquel entonces para preguntarle más cosas a su padre, pero recordaba perfectamente que solamente en esa ocasión le habló sobre ella, incluso mencionó su nombre.
En el tocador de Kate las únicas fotos que descansaban eran de ella con su padre, no tenía ninguna de la mujer, parecía que jamás hubiese existido.
—¿La quieres? –Preguntó Miranda dubitativa haciendo reaccionar a su prima aún perdida en sus recuerdos–. La foto, ¿quieres conservarla?
—No, gracias –sonrió con ternura mientras sus mejillas mostraban un leve sonrojo–. Creo que estará mejor aquí, en el álbum de la familia. Mira, ahí hay otra de la fiesta.
En efecto, había unas seis fotos más de la boda de sus padres, aparecía la familia completa cargando a la pequeña Miranda afuera de una hermosa iglesia, luego sentados en torno a una mesa donde, todos los adornos indicaban que, se serviría un delicioso banquete. En una de esas fotografías se apreciaba a un hombre bajo en estatura, de facciones toscas que sonreía algo forzado tomando la mano de un pequeño de once años.
—El tío Samuel —murmuró Miranda–, no sabía que había estado en la boda de tus padres, él detesta viajar.
—Yo tampoco lo imaginé, ni siquiera conozco bien a tu tío.
—Es simpático —aclaró sonriente la joven—, así que llega a ser muy bromista en ocasiones, pero se parece demasiado a la tía Caroline, y estando juntos llegan a cansar. Sucede que ambos son tradicionalistas a morir, prefieren hacer todo a la antigua.
—Lo contrario a mi padre.
—Exacto.
Mientras Kate se puso de pie para tomar un paquete de galletas que se encontraba sobre el buró de su prima, Miranda siguió explorando aquel pequeño tesoro familiar. No cambiaría por nada a su familia, juntos pasaron momentos increíbles que quedarían en su mente por siempre. Tenía salud, sueños, aspiraciones, brillaba por la alegría que compartía con cuantos la rodeasen… No podía pedir algo mejor.
El teléfono móvil comenzó a sonar con el tono de una canción estadounidense de moda y le buscó a tientas entre las sábanas hasta que lo encontró.
—¿Judy?
—¿Quién más? –Gritó la chica al otro lado del auricular–, ¡pensé que ya estabas dormida, pero no lo estás! Fabuloso. Yo siempre pienso cosas que no son reales, o sea sí, pero no. Tú me entiendes.
Conocía a Judy desde que eran bebés, eran compañeras de salón y era su amiga del alma, claro que la entendía.
—Sí, estoy despierta –sonrió–. Veamos, ¿qué sucede?
—¡Volvió a llamar! –Siguió con su voz chillona de siempre–. ¿Te das cuenta? ¡Dios! ¡Volvió a llamar! –El sonido que se escuchó hizo imaginar a Miranda que acababa de lanzarse a su cama y se cubría el rostro con una almohada–, ¡quiero que deje de hacerlo!
—¿De verdad es lo que quieres?
—¡No! –Se apresuró a contestar contradiciendo sus primeras palabras—.¡Si deja de llamar me muero!
—¿Sabes? Creo que te urge aclarar tus sentimientos, sólo así podrás saber qué es lo que en verdad deseas. Si lo quieres a tu lado o no.
—¡Es tan difícil ser yo! –Gritó Judy mordiendo su almohada–. Creo que todavía lo amo. Es decir, no lo creo. En verdad lo amo.
—Eso mismo decías de Carlos el año pasado y escúchate ahora.
—¡Ahora es verdad! Lo juro.
—¡Ay amiga! No sé qué decir –se recargó en la base de su cama mirando como Kate seguía comiendo de las galletas alzando una ceja de manera interrogante.
—No me digas nada –se quejó antes de que su mejor amiga la llenara de sermones inservibles en su situación–, ya sé que soy una torpe, pero es el amor el que me hace ser así. Lo entenderás cuando te enamores.
—No eres torpe –la regañó un tanto desesperada– y nunca me enamoraré, al menos no por ahora, tengo cosas más importantes en qué pensar.
—¡Nunca cambiarás! ¿No te das cuenta de todo lo que te pierdes?
—Mmm… déjame pensar –susurró y se quedó callada durante unos segundos, luego habló con sarcasmo–. No, no me estoy perdiendo de nada bueno.
Una vez que Judy le repitió como mil veces que estaba enamorada de su ex novio pero que no pensaba darle una nueva oportunidad, Miranda finalizó la llamada del móvil y se dirigió hasta su prima, quien ya había terminado el paquete de galletas de avena y en ese momento se comía unas de chocolate.
—Era Judy, te mandó saludos. Por cierto, deja de comer y toma algo. Ya es tarde y será mejor que vayamos a dormir.
—De acuerdo, podremos ver el resto de fotografías después, ¿verdad?
—Claro, ya vi que tiene páginas vacías, esas son las que podemos ocupar para poner el resto.
—Fabuloso. Nos vemos mañana, prima –se despidió la pequeña Villemont besando su mejilla con delicadeza. Nunca olvidaban el beso de rutina.
—Descansa, linda.
—Igual –sonrió cerrando la puerta para dirigirse a su habitación. Dormía en un dormitorio cercano al de Miranda, apenas separadas por un par de recámaras más.
Cuando su prima cerró la puerta tras de sí, Miranda buscó su pijama, se miró largo rato en el espejo y se dispuso a dormir. Se sentía cansada. Antes de meterse a la cama dejó el álbum en el estante más cercano y caminó lentamente a la ventana, donde le pareció escuchar un ruido entre los arbustos, pero supuso que era producto de su imaginación puesto que ninguna ave parecía hallarse cerca.
Realizó la oración de rutina impuesta por la tía Caroline y en aquella habitación se escuchó el murmullo de un “Amén” antes de perderse en los brazos de Morfeo, el eterno padre del sueño.