Las dos primas Villemont caminaban más que presurosas por la acera frente a su prestigioso colegio. Iban perfectamente uniformadas y recién se habían bajado del automóvil.
Se notaban muy preocupadas por no llegar a tiempo a sus clases, más la mayor que la de menor edad. Pues la mayor era aún más responsable que su pequeña prima.
—Te dije que llegaríamos tarde –comentó Kate presurosa terminando de acomodar su uniforme para que luciera presentable y no arrugado como estaba en ese momento.
—Yo no fui la que se quedó dormida, querida —ironizó Miranda siguiéndole el paso.
—Yo tampoco, únicamente descansé más de la cuenta.
—Claro, Nicolas dice que tuvo que golpear la puerta para que salieras.
—Pues te mintió.
—Claro, claro, como tú digas –rio Miranda sin darle crédito a sus palabras. Conocía lo suficientemente bien a Kate como para saber que, efectivamente, se había quedado profundamente dormida, y que si fuera por ella no habría asistido a clases.
Finalmente cumplieron con su primer objetivo. Cruzar la puerta de ingreso al Colegio con apenas unos minutos antes de que se cerrara definitivamente. Ya dentro chocaron sus manos en señam de éxito y, ya más relajadas, aminoraron el paso para caminar dentro de la escuela.
Varios jóvenes conversaban en los abarrotados pasillos del colegio, la campana anunciando la entrada a clases resonó provocando un alboroto mayor de risas, chistes y carreras.
Las primas Villemont caminaron sonrientes conversando sobre las fotos de la noche anterior y lo que harían aquella tarde. Kate quería salir al parque cercano para caminar mientras que Miranda deseaba quedarse en casa.
Ambas llevaban una mochila sobre el hombro, el uniforme les sentaba de forma aceptable haciéndolas ver lo mayormente lindas que unas jóvenes pueden lucir con ropa escolar. Su atuendo consistía en una falda gris cuadriculada con tres tablones al frente, la blusa azul cielo de manga tres cuartos y las calcetas caladas azul rey como la corbata.
—Debo irme pronto –se despidió Kate en medio del pasillo al escuchar la campana, su prima llevaba el suéter atado a la cintura mientras ella sostenía el suyo en brazos–. El profesor Lars va a matarme.
—Ve tranquila, nos vemos en el almuerzo. Ya sabes, donde siempre, a menos que Judy siga huyendo de su ex.
—Ten por seguro que sigue huyendo de Kevin, ese tipo parece no cansarse de seguirla. ¿Cuántas veces le ha rechazado en la semana?
—Ninguna –suspiró su prima–, ella todavía lo quiere, así que prefiere andar escondiéndose para evitar enfrentarlo.
—Mmm, que mal. Sigo sin explicarme por qué lo quiere, según él sigue enamorado de ti, ¿no?
—¡Ni lo menciones! Estoy harta de que Judy me hable todo el día de él, lo que menos quiero es acordarme de que casi pierdo a mi mejor amiga por su estúpida declaración.
Hicieron un gesto de despedida con la mano y avanzaron por direcciones contrarias debido a que el salón de una quedaba en el extremo opuesto del de la otra.
—¡Lady Villemont! –se escuchó una potente voz masculina haciendo que las dos chicas se girasen para mirar a su propietario al mismo tiempo.
—¿Oui? —Preguntaron al unísono.
—¡Oh la lá! –Exclamó el director Fabre pasando ambas manos por su rostro, había querido llamar a Miranda pero, de nuevo, olvidó que ambas chicas tenían el mismo apellido–. Villemont Bethencourt –señaló a Miranda y luego a Kate–, Villemont Gillette, ¿qué voy a hacer con ustedes?
Las chicas rieron, era común que el señor Fabre se confundiera al usar su primer apellido en vez del nombre de pila como el resto de sus profesores.
_¿Amarnos? –respondió Miranda divertida.
—¿Cuidarnos? –sugirió Kate en el mismo tono de voz.
—Y ¿nunca dejarnos?
El profesor Fabre movió la cabeza de lado a lado mostrando una radiante sonrisa, era imposible no reír con las ocurrencias de las primas Villemont.
—Las dos a mi oficina, ahora.
Ambas se sonrieron con la complicidad de rutina, se encogieron de hombros y caminaron tras el profesor que ya las aventajaba varios pasos por delante. No era extraño ver a las primas Villemont en la oficina del director o la subdirectora, eso no quería decir que fuesen malas alumnas sino todo lo contrario, eran llamadas para colaborar con asuntos del colegio, organizar reuniones o simplemente ayudar a los alumnos más chicos a adaptarse a las nuevas normas.
Entraron a la amplia oficina llena de anaqueles repletos de libros con un extraño modo de decoración que más que hacerla ver como parte de un colegio le daba un aire a habitación de hospital.
Las primas Villemont se encontraban un poco extrañadas. Faltaba una semana para salir a las ansiadas vacaciones y jamás les encargaron una tarea por esas fechas.
—Bien –el señor Fabre tomó asiento tras el escritorio atiborrado de documentos y las miró con el ceño fruncido–. ¿Puedo saber qué clase tienen a esta hora?
—Lengua Inglesa –contestó Kate con pesadez– la de Lunatic, ¡oh, perdón! El honorable profesor Lars.
—Kate –carraspeó su prima.
—No hay ningún problema –se apresuró el profesor–, fingiré que no escuché lo que dijo, Villemont Gillette.
—Gracias, profesor. Le aseguro que no volverá a ocurrir.
—¿Y usted, Villemont Bethencourt?
—Literatura –sonrió un poco nerviosa sin soltar su mochila, la de Kate ya descansaba en el suelo–. Me temo que no me será tan fácil saltármela, ¿cierto?
—Me temo que no –sonrió el director en actitud comprensiva–. La maestra Sophie es un tanto celosa con su hora, me matará si le quito a su alumna estrella durante toda una clase.
—Me temo que así será.
—Entonces me bastará con la señorita Villemont Gillette, ¿acepta quedarse usted? Necesito que clasifique esos documentos de la derecha, son para el concurso al mejor profesor del instituto.
—Con mucho gusto –sonrió Kate– lo que sea por evitar la clase de Lars, ese profesor me odia, tiene algo contra mí que algún día descubriré qué es.
—¡Exageraciones tuyas! Ningún profesor puede odiarte —intervino su prima con una amable sonrisa.
—Lo dices porque no lo conoces –dramatizó la menor–. Su mirada es como un témpano de hielo y sus palabras queman y son tan letales como un potente veneno.
—Ganarás la próxima representación teatral –comenzó a reír su prima mirando a su director–. Creo que me dejarán sin primer lugar este año. ¿No lo cree?
—A usted jamás. Es la mejor actriz del colegio. Recuerde que su interpretación como Julieta Capuleto fue la mejor que vimos en años, tanto que la profesora de Artes Escénicas ha insistido en que nos deleite nuevamente con el papel.
—Aceptaré siempre y cuando consigan un nuevo Romeo, recuerde que el otro se cambió de escuela.
—Olvidaba ese pequeño detalle –aceptó el profesor Fabre y se pasó la mano por el mentón en expresión pensativa–. En fin, puede retirarse. Le agradeceré que pase al salón de su prima para informar al teacher Lars que su alumna se encuentra ayudando en la Dirección.
—Claro, señor.
Se despidió con una sonrisa de ambos y abandonó el lugar. Caminó presurosa hacia su salón, seguro mademoiselle Sophie trataría de matarla por la tardanza. Con la mochila colgando de un hombro miró su reloj de muñeca, veinte minutos de retraso. Suspiró una vez fuera del aula, mademoiselle Sophie ya daba su clase, parecía emocionada. Mademoiselle Sophie decidió volverse maestra de literatura porque amaba leer, apreciaba las obras de grandes escritores, de los reconocidos así como de los olvidados.
—¡Miranda Villemont! –Sonrió ampliamente al verla entrar–, ¡al fin aparece!
—Lo siento mucho, mademoiselle –se disculpó algo nerviosa—. Sucede que estaba con…
—¡Entra, entra!
La chica obedeció, pensó que le pondría un reporte o retardo, pero su maestra no hizo nada de eso, por el contrario parecía muy feliz de verla. Con algo de temor se dirigió a su pupitre, justo al lado de Judy, quien la miró con horror.
—Cuidado –susurró–. Está loca.
—¡Lady Villemont, acá! –Llamó mademoiselle Sophie haciendo que todo su salón la mirase con desespero.
—¿Pasa algo, mademoiselle? –Cuestionó tras dejar la mochila junto a su banca y pasar al frente.
—Toma –le entregó unas hojas en cuanto la tuvo de pie a su lado—, quiero que lo leas, es una linda historia de amor que no puede ser leída por mejor narradora.
Miranda miró sobre las hojas a sus compañeros, estaban aburridos de la clase pero se disponían a escucharla con atención. Judy se sumergió en la silla no queriendo ser vista por su ex novio, quien la observaba desde la fila trasera. La joven tomó un poco de aire y carraspeó antes de comenzar con nerviosismo.
“Caminé velozmente por aquellas calles oscuras, sabía que no tenía otra salida excepto correr. Los sonidos se escucharon cada vez más cerca, resultaba más que obvio que me alcanzaría en cualquier momento. Qué más daba, ¿en realidad quería huir?”
Cada palabra salida de su boca resultaba emocionante y atrayente, leía en forma sentimental dando énfasis a las frases, deteniéndose en el momento adecuado, transportando a la clase al interior de la historia.
“Una sombra negra se interpuso en mi camino, entonces lo vi. Era él. Su cara de ángel, la sonrisa maliciosa y unos mechones rubios adornando su ya perfecto rostro, observando con sus penetrantes ojos grises. Me quedé inmóvil, estaba indefensa ante ese extraño que deseaba lejos y cerca a la vez.
Avanzó con el sigilo de una serpiente dispuesta a atacar. Sabía que necesitaba fuerza y valor para defenderme, pero carecía de ellos.
No supe cómo llegó hasta mí, cuando lo hizo rozó suavemente mi mejilla con su nariz ocasionando que el rubor llegara hasta ella.
—¿Quién eres? —Me atreví a preguntar luchando porque la voz no me temblara.
—El príncipe de la obscuridad –respondió en un cálido murmullo.
No podía negarlo… era perfecto. Los ojos grises lograban estremecerme, su cabello rubio se movía en sintonía con el aire, sus finas facciones iguales a las de un ángel… y esa voz… ¡Oh, por Dios! Estaba enamorada de un maldito fantasma que lo único que hacía era convertir mis sueños, tan dulces y llenos de vida, en pesadillas.
Huir, correr, de nada vale. Cuando estás marcada no importa quién sea –amigo, sirviente o hermano de mi príncipe– ellos no descansan hasta encontrarte.
Sólo queda decir: No tengo miedo. Y repetirte mentalmente que es verdad…”
Miranda tragó saliva en la frase final. En el aire flotaba una atmósfera de inquietud, de peligro, como los segundos previos al ataque de un predador.
—Maravilloso –fue lo único que alcanzó a decir mademoiselle Sophie en un susurro e hizo un gesto invitándola a sentarse. No era la primera vez que leía frente al grupo, sus lecturas ocasionaban sentimientos inesperados en los presentes, pero nunca como aquél. Fue tan extraño e inexplicable que semejaba un presagio, algo real. Parecía como si nadie pudiese salir de esa especie de asombro, mas enseguida, fueron literalmente salvados por la campana anunciando que debían ir al salón de biología.
Como un resorte se incorporaron en silencio, pero lo hicieron. Tomaron lo útiles necesarios mientras el resto de los salones salía en tropel por las angostas puertas para disfrutar de los tres minutos de descanso entre clase y clase. Sólo Miranda se quedó inmóvil en el mismo lugar aferrada a las hojas que mademoiselle Sophie la obligó a leer.
Minutos más tarde el salón se vació dejando a alumna y profesora cara a cara.
—Hasta mañana –se despidió la catedrática sin poder ocultar su nerviosismo. Su frente mostraba unas pequeñas gotas de sudor y, entonces, la joven descubrió que nunca antes la había visto así.
—Mademoiselle, espere –la llamó dándole alcance en la puerta–. ¿De dónde sacó esto?
La mano de la señorita Sophie quedó suspendida en el aire, le miró a los ojos miel por unos instantes y pareció más confundida que antes.
—No lo sé –admitió, dejando a una pensativa Miranda Villemont aún con las hojas apretadas contra su pecho.
Sentía algo diferente... algo nuevo. Algo inexplicable. Se preguntó de dónde vendría aquel texto y porqué se sentía tan real.
¿Por qué sentía que ya lo conocía...? ¿Qué era todo aquello...?
Sí, la princesa Villemont estaba más que confundida.