EL COMIENZO DE TODO

2402 Words
La mano de Judy se posó en el brazo de su amiga ocasionando que diese un respingo involuntario mientras parecía temblar ligeramente de pies a cabeza. Fue casi como si la estuviera sacando de un transe involuntariamente. —¿Segura que estás bien? —Preguntó con algo de preocupación en la voz–. Llegaste tarde a la clase de biología y ahora estás como ida... No es demasiado normal en ti, ¿sabes? —Estoy bien —se apresuró a responder Miranda en tono suave. Esperaba que su mentira fuese creíble. —¿Crees que puedes engañarme? —Cuestionó en tono firme su amiga al tiempo que negaba un poco—. Te conozco perfectamente y sé que estás distraída... Es más que notorio. —Tal vez –siguió caminando. Era tiempo del almuerzo y buscaban su lugar preferido para comer. No quería hablar más del tema. Se estaba comenzando a sentir de una forma demasiado extraña. —¡Miranda! —La llamó en un grito alto. —¿Qué pasa? —Esta es nuestra mesa –señaló Judy hacia una mesa que se hallaba junto a ellas en aquel preciso instante–. No tengo la menor idea de a dónde pensabas ir. —Yo tampoco la tengo –suspiró con sinceridad y se sentó a su lado, tal y como ya era su costumbre. —En serio, comienzas a preocuparme. No sé qué te sucede, pero sea lo que sea no está bien. —Mademoiselle Sophie –murmuró como repuesta. —¿Qué pasa con ella? —Preguntó Judy confundida—. Acabo de verla en la sala de profesores, me pareció que llevaba unos exámenes a calificar. —Su historia fue demasiado extraña. —Como todas las que lleva, no me digas que estás así por eso. Es solo una historia, una mini historia que no da miedo. —No tengo miedo –se defendió–, sólo estoy un poco turbada, la atmósfera, el lugar, de pronto sentí como si mis palabras cobraran vida. —¿Segura que estás bien? –Volvió a preguntar su amiga tocándole la frente con el dorso de la mano–. Te sientes caliente, quizá tengas fiebre. —Me encuentro perfectamente bien, no hay nada de qué preocuparse. —¿A eso le llamas estar bien? Tienes un concepto muy equivocado de la palabra bienestar. Por si no te has dado cuenta estás tratando de decirme que la historia de mademoiselle Sophie es real, estás rarísima y para ti eso es estar bien. —Olvídate del tema –suplicó Miranda recargando su frente en la superficie fría de la mesa–, sólo olvídalo, por favor... Te lo suplico. —No lo olvidaré, estás al borde de la demencia y no permitiré que caigas en las manos de un psiquiatra. —¿Psiquiatra? Yo no necesito un psiquiatra, tan sólo unos cuantos días de vacaciones. —Habla con el señor Fabre, él podría perdonarte esta última semana. Si no hablas tú, hablo yo, no quiero traer a una amiga zombi por todo el instituto. ¿Qué crees que dirá la gente? —Ey, tampoco soy un zombi. —Pues lo pareces –dijo encogiéndose de hombros y comenzó a limarse las uñas con elegancia–. Deberías verte en un espejo, hasta a mí me das miedo. ¡Kate! –saludó Judy al alzar la mirada y dar con la prima de Miranda acercándose hasta ellas en compañía de un par de amigas—. ¡Hola! —Hola, Judy –besó su mejilla la menor de los Villemont–. ¿Qué cuentan? —Tu prima perdió la razón. Está loca. La perdimos. —¿Eh? –Alzó una ceja con desconfianza–. Prima, ¿tu amiga se encuentra bien? —Creo que esta vez tiene razón —respondió en medio de un suspiro—, ando un tanto… confundida. —¿Qué ha pasado? –Inquirió sentándose a su lado mientras Sarah y Joanne hacían lo mismo en las sillas restantes y comenzaban a platicar con Judy de cosas triviales. —No lo sé, esta mañana mademoiselle Sophie me pasó al frente para leer un relato bastante extraño… luego de ello comencé a actuar de esta forma. —¿A qué te refieres? –acercó más su silla. —Pues… sentí como si lo que leí fuese real… peor aún, como si yo misma lo hubiese vivido. —Estás grave. —¡Kate! –Susurró molesta–. Estoy siendo sincera contigo, no estoy mal, no estoy enferma y no he perdido la razón, ¿puedes creerme? _Lo que me dices es un disparate, no pasa ni en películas, pídeme lo que sea, menos que crea algo como eso. —Pero es verdad –murmuró entre dientes tratando de sonar lo más convincente posible–. Yo sé que es verdad, lo que aparecía en ese relato alguna vez lo he visto. Alguna vez. ¡Maldición! Si pudiera recordar cuándo. —Supongamos que te creo –la miró Kate ignorando la charla de belleza que tenían sus otras tres acompañantes–. ¿Puedes decirme de qué trató ese relato? —Trataba de… –no sabía exactamente de qué trataba por lo que se quedó callada unos instantes–. Hablaba acerca de un príncipe de la noche. —Príncipe de la noche –murmuró Kate observándola severa–, un vampiro, ¿cierto? Así que tú crees en la existencia de los vampiros al igual que una niña de cinco años piensa que las hadas son reales. —Nunca dije que fuera un vampiro. —Son los príncipes de la noche, todo mundo lo sabe. —Tal vez hablaba de un vampiro… No, no era un vampiro –afirmó–. Sé que ese relato no hablaba de un vampiro. —Genial, ahora parece que lo sabes todo sobre ese relato desconocido –sopló un poco harta de la conversación–. ¿Qué más me dirás? ¿Acaso sientes que eres la protagonista de una oscura historia de amor? —¡No! –Gritó levemente tratando de no ser escuchada por el resto–. Yo no soy la chica de la historia. Solo... soy parecida. —Prima –comentó Kate colocando la mano sobre su frente–, estás ardiendo en fiebre. —No es verdad —quitó su mano y se puso en pie de inmediato–. Tú y Judy pueden ahorrarse sus terapias, no las necesito. Gracias. —Estoy hablando en serio –se incorporó igualmente Kate. —¿Qué está pasando? –Preguntó Judy que pintaba las uñas de sus manos con esmalte carmín, las otras dos chicas se levantaron segundos antes para ir en busca de su almuerzo. —Miranda tiene fiebre –respondió Kate asustada–. Está ardiendo en fiebre y tiene que ir a la clínica. —No iré a ningún lado –las miró severa–. Me siento perfectamente bien, ¿pueden entenderlo? —¡No estás bien! Irás a la clínica o te obligaré. —¡Inténtalo! –Gritó desesperada dando media vuelta para marcharse–. ¡No quiero almorzar! Las manos de Kate y Judy la sostuvieron por ambos brazos jalándola en sentido opuesto a donde se dirigía haciendo que fuera un intento fallido tratar de librarse de aquel agarre. Miranda también tocó su frente, pero a diferencia de sus acompañantes no se sintió caliente, creía estar fresca. A paso rápido y forzado la obligaron a visitar la clínica escolar y el espejo de la entrada mostró su aspecto. Estaba mucho más pálida que de costumbre. —¿Qué ha pasado con la chica? –Preguntó la enfermera en turno. —Tiene mucha fiebre –respondió Kate preocupada. La enfermera las escuchó atenta y llevó su mano a la frente ajena. —¡Está hirviendo! No creo que ningún termómetro sea capaz de aguantar tal grado de temperatura –exclamó horrorizada. —¡Ni un cuerpo! –Gritó Miranda desesperada–. ¿Usted cree que si tuviera tal magnitud de temperatura estaría en pie? ¡Estaría muerta! —¡Exacto! –Palideció la mujer–, lo que te pasa no es normal. —La normalidad en estos casos es lo que menos nos interesa –la apresuró Judy–, sólo queremos que le dé un ñoco de medicina, no existe complicación alguna para ello. —Es que… no es normal, no es normal —repitió la enfermera recargándose en la pared—. El termómetro de mercurio estallaría en pedazos. —¡No se lo ponga! —Gritó Kate en un estado casi tan histérico como el de su prima, aquella actitud extraña del día la estaba cansando-. ¡Dele algo! —Es que… —no alcanzó a terminar la frase. Cayó desplomaba sobre el frío suelo del consultorio frente a las miradas atónitas de las jóvenes. —¡Genial! —Murmuró Kate mientras Judy soltaba un enorme alarido—. ¡La enfermera se desmaya! ¿Alguna otra cosa que quieras añadir a las anormalidades del día, Miranda? —No entiendo nada –susurró la chica en voz apenas audible sentándose con temor en una de las sillas de la sala de espera—. Todo esto es tan confuso. Yo me siento bien y no tengo fiebre aunque ustedes digan lo contrario. —¡Es que sí tienes! ¡Lo peor del caso es que no es una fiebre normal! —¿Qué fiebre es normal? Todas las fiebres son diferentes, ninguna es igual. —La tuya no es diferente, ¡es descomunal! —¡Ya déjenme en paz! –Gritó nuevamente dispuesta a salir de la enfermería, estaba eufórica, histérica, no comprendía nada de lo que pasaba. No estaba enferma, era consciente de cada cosa que le sucedía a su cuerpo. Sabía que no tenía fiebre, eso se siente, ella no estaba débil o desganada, sólo confundida. Sintió la necesidad de descubrir el origen de algo, quiso las respuestas sobre un tema que desconocía por completo, lo que buscaba o anhelaba saber no tenía pies ni cabeza. Deseó huir de ese lugar que la ahogaba. Correr, irse. Respirar. Pensar. ¡Cuánto lo necesitaba en ese instante! Aún no sabía a dónde iría saliendo de la enfermería, cualquier parte era buena, siempre y cuando estuviese sola, totalmente sola. Una imagen se formó en su mente. Un árbol grande con ramas frondosas que proyectaba una sombra gigantesca en el áspero suelo repleto de rocas. El árbol tras el colegio. Un súbito sentimiento se apoderó de ella, debía ir cuanto antes a ese lugar, no importaba a qué costo. Su cuerpo chocó contra otro que le pareció fuerte y duro, levantó la vista desesperada pues debía llegar al gran árbol pronto, su corazón así lo decía. - —¡No! —Ordenó de forma autoritaria la nueva enfermera sosteniéndola por ambos hombros. Era alta, los ojos verdes, el cabello rubio iba levantado en una abundante coleta, el cuerpo estaba bien definido y, pese a todo, algo en su rostro la hacía parecer demasiado joven, demasiado bella. Miranda trató de zafarse de su agarrare, mas las piernas no le respondieron, ellas querían ir a la imagen que llevaba en mente. Una fuerza sobrenatural la atraía más y más hacia aquel lugar sin que pudiese hacer algo para remediarlo. —¡He dicho que no! —Volvió a gritar la enfermera asiéndola más fuerte de los brazos—. ¡No puedes ir! —¡No te vayas! —Pidió Kate llegando a su lado—. No estás bien. —¿A dónde pensabas ir? —Cuestionó la enfermera tratando de hacer contacto visual con la pobre chica—. ¿A dónde? —Al gran árbol… —Susurró llegando del viaje en el que se encontraba. De improviso la fuerza que sentía se esfumó, le quedaba muy poca. —¿A dónde? ¿Para qué? —Preguntó Judy con un poco de esmalte en la mano que se le corrió con la prisa. —Será mejor que la dejen descansar —comentó la enfermera con expresión sospechosa en el rostro y miró a la mujer que yacía en el suelo inconsciente—. ¿Qué ha pasado? —Se ha desmayado —respondió su mejor amiga al borde del llanto, no era una chica que supiese controlar las emociones, solía ser dramática y sentimental—. Ella tocó a Miranda, dijo que su fiebre no era normal y… —Ya entendí —cortó la rubia—. No se queden ahí, hagan el favor de levantarla. Kate y Judy abrieron la boca para replicar pero no llegaron a decir nada. Se acercaron al cuerpo de la primera enfermera para levantarlo y con algo de trabajo lograron, finalmente, acomodarlo en la silla de atención. —Esto es para ti —le dijo a Miranda entregándole un pequeño frasco de cristal que había sacado de la bolsa frontal de su uniforme, contenía una sustancia azul y viscosa, parecía esa clase de sustancias que la ponían a fabricar a la hora de química el semestre anterior—. Bébelo. —No —se negó, mas no era ella quien se negaba, la fuerza que se apoderó de sus sentidos era quien se rehusaba a beber el contenido. —Bébela —repitió clavando los ojos verdes grisáceo en las pupilas miel de la joven, su voz era un mandato disfrazado de amabilidad—. Ahora. —Pero… —Hazlo por él —susurró la rubia acercándose cada vez más a la contraria—. Yo también lo hago por él. Anda, él necesita que estés bien. Hazlo… y esta será la última vez que nos veamos. Miranda no entendía lo que la desconocida decía, pero quizá por inercia tomó la bebida y la bebió de golpe. Solo deseaba que acabara todo. Si la princesa Villemont supiera que apenas había empezado. Pronto conocería a alguien extraño. a un extraño en el árbol. De momento, no comprendió una sola de las palabras que brotaron de los labios de la desconocida enfermera, no supo quién era ella ni de qué rayos hablaba, pero tomó el frasco entre sus manos y lentamente lo dirigió hasta sus labios con la firme convicción de que lo haría por él… Un momento, ¿quién demonios era él? Tantas incógnitas. Tantas...
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