CAPÍTULO XXIIIPierre conocía bien aquella recámara dividida por un arco, con columnas y revestida de tapices persas. En una parte de la habitación, tras las columnas, había una cama alta de caoba tras unas cortinas de seda; en la otra, un retablo lleno de iconos. Esa zona estaba bien alumbrada, como las iglesias en los oficios nocturnos. Bajo la cornisa iluminada del retablo había un diván largo con almohadones blanquísimos y lisos, que sin duda acababan de mudar. Allí, cubierto hasta la cintura por una manta de color verde, yacía la figura bien conocida por Pierre: su padre, el conde Bezúkhov. Tenía la misma melena de león cana sobre la ancha frente, las mismas arrugas profundas características y nobles de su bello rostro cobrizo. Lo habían colocado debajo de los iconos. Sus gruesas manos reposaban sobre la manta. En la derecha, con la palma hacia abajo, tenía un cirio entre el índice y el pulgar que lo ayudaba a sostener un viejo criado inclinado detrás del respaldo. Lo rodeaban los popes con sus radiantes ropajes y sus cabellos largos; tenían sus cirios encendidos y oficiaban con calma. Un poco detrás estaban las dos princesas menores con sus pañuelos en las manos, delante de ellas, Catiche, con aire malvado y decidido, que no apartaba los ojos de los iconos como diciendo que no respondía de sí misma si miraba a otra parte. Ana Mijáilovna, con gesto triste y benévolo para todos, y la dama desconocida se detuvieron junto a la puerta. El príncipe Vasili estaba en la otra parte, cerca del diván, tras una silla tallada y forrada de terciopelo cuyo respaldo había vuelto hacia él para apoyar la mano izquierda con la que sostenía el cirio, con la derecha se santiguaba; alzaba los ojos cuando se llevaba los dedos a la frente. Su rostro reflejaba piedad y sumisión a la voluntad divina. «Si no comprendéis estos sentimientos, peor para vosotros», parecía expresar.
Detrás del príncipe estaban el edecán, el doctor y los criados. Como en la iglesia, las mujeres estaban separadas de los hombres. Reinaba el silencio, todos se santiguaban; solo se oía la lectura de los salmos y el canto sereno y grave; cuando las voces se detenían, movimiento de pies y suspiros. Ana Mijáilovna, con el aire de quien sabe lo que se debe hacer, cruzó la alcoba para darle un cirio a Pierre. Este lo encendió, pero se santiguó con la mano que lo había recogido debido a la distracción.
Sofía, la princesa más joven, la risueña del lunar, lo miraba. Sonrió, escondió el rostro en el pañuelo y así estuvo un rato. Después, miró nuevamente a Pierre, y casi rio. Al parecer no podía mirarlo sin reír; como no podía dejar de mirarlo, se escondió tras una columna para evitar la risa. Las voces callaron entonces a mitad del oficio. Los popes cambiaron unas palabras. El viejo criado que sostenía la mano del conde se levantó y miró a las damas. Ana Mijáilovna se adelantó e inclinándose sobre el enfermo hizo una seña a Lorrain. El doctor francés, apoyado en una columna, no llevaba el cirio y mantenía la actitud respetuosa del extranjero que, pese a su distinta religión, comprende la importancia de la ceremonia y la aprueba. Con paso silencioso se acercó al enfermo, sujetó la mano que reposaba sobre la manta verde y le buscó el pulso. Quedó pensativo y sirvieron una bebida al conde. A su alrededor hubo cierta agitación, luego cada cual volvió a su sitio y continuó el oficio. Durante la interrupción, Pierre observó que el príncipe Vasili dejaba el respaldo de la silla y, con gesto de saber lo que hacía, y pobre de quién no lo comprendiese, pasó ante el enfermo sin detenerse; se acercó a la mayor de las princesas, y ambos fueron al fondo de la estancia, a la cama cubierta por cortinas. El príncipe y la princesa salieron luego por la puerta del fondo. Antes de terminar el oficio estaban en sus sitios. Pierre no dio más importancia a aquello que a lo demás, pues creía que cuanto pasaba aquel día era necesario.
Terminaron las letanías y se oyó la voz de un pope felicitando respetuosamente al enfermo por haber recibido los sacramentos. El conde seguía inerte. Todos se agitaron; se oían pasos y murmullos, sobre los que destacaba el de Ana Mijáilovna. Pierre oyó que decía:
—Hay que llevarlo a la cama, aquí sería imposible…
Los médicos, las princesas y los criados rodearon al enfermo, de modo que Pierre ya no veía el rostro cobrizo y la melena cana que había tenido delante durante toda la ceremonia, si bien veía otros rostros. Por los movimientos prudentes de las personas Pierre adivinó que rodeaban el diván para levantar y trasladar al moribundo.
—Sujétate a mi brazo… así lo dejarás caer —oía Pierre el susurro temeroso de un criado—, por abajo… otro más… —seguían las voces. La respiración trabajosa, el ruido de pasos se hacía cada vez más rápido, como si el cuerpo pesase demasiado para quienes lo transportaban.
Ana Mijáilovna estaba entre los portadores; durante un momento aparecieron ante Pierre entre las cabezas y espaldas de los hombres el pecho ancho y robusto sin ropa y los hombros del enfermo. Vio cómo lo levantaba la gente que lo sostenía por las axilas, luego surgió la cabeza leonina y de cabello rizado cano. Aquella cabeza, de frente muy amplia, pómulos salientes, boca hermosa y sensual, mirada regia y fría, no parecía alterada por la muerte inminente. Era como la que había visto tres meses atrás, cuando el conde lo envió a San Petersburgo; pero esta vez se balanceaba desvalida al paso desigual de los portadores, y su mirada perdida no sabía en qué fijarse.
Hubo un revuelo alrededor de la alta cama; los portadores se alejaron. Ana Mijáilovna tocó el brazo de Pierre y le dijo:
—Venga.
Pierre se acercó con ella a la cama donde, de acuerdo con los sacramentos recién administrados, habían colocado al enfermo en solemne postura. Unas almohadas mantenían su cabeza erguida y tenía las manos simétricamente puestas sobre la colcha de seda verde. Cuando Pierre se acercó, el conde lo miraba directamente con una mirada cuyo sentido e importancia son incomprensibles. Podía significar solo una mera necesidad de poner los ojos en algo, o quizá significaba demasiado. Pierre se detuvo sin saber qué hacer y se giró con gesto interrogante hacia Ana Mijáilovna, que lo había llevado allí. Ella le hizo una seña rápida con los ojos indicando que besase la mano del enfermo. Pierre extendió con cuidado la cabeza para no engancharse en la colcha, siguió el consejo y posó sus labios en la mano ancha y carnosa. Pero no se movieron ni la mano ni un músculo del conde. Pierre miró a su mentora preguntando con los ojos qué hacer. Esta le indicó con un gesto la butaca que había junto al lecho. Pierre se sentó obedientemente y continuó preguntando con la mirada si había hecho lo debido. Ana Mijáilovna aprobó con la cabeza. Pierre retomó su postura ingenua y simétrica de estatua egipcia, lamentando que su torpe corpachón ocupase tanto espacio, y se afanaba para no parecer tan grande. Miró al conde, que miraba hacia el punto donde estuvo Pierre cuando se hallaba de pie. Ana Mijáilovna expresaba con sus gestos que comprendía la enternecedora importancia de aquel último encuentro entre ambos. Aquello duró dos minutos que a Pierre se le antojaron una hora. De repente un temblor contrajo los músculos y las arrugas del rostro del enfermo, fue intensificándose y torció la boca de la cual salían sonidos confusos y roncos. Solo entonces comprendió Pierre la inminencia del fallecimiento. Ana Mijáilovna miraba a los ojos del enfermo, tratando de averiguar sus deseos. Señalaba a Pierre y a la bebida, susurró el nombre del príncipe Vasili e indicó la colcha. Pero en sus ojos y su rostro se dibujaba la impaciencia. Se esforzaba para mirar al criado que no se apartaba de la cabecera.
—Quiere girarse —murmuró este, y se acercó para girar el pesado cuerpo del enfermo hacia la pared. Pierre se levantó para ayudarlo.
Mientras volvían al conde, uno de sus brazos cayó hacia atrás y él hizo un vano esfuerzo por moverlo. Bien porque sintió la mirada temerosa de Pierre sobre el brazo inerte, bien por algún pensamiento que tuvo, el conde se miró la mano, la expresión temerosa de Pierre, de nuevo el brazo, y en su rostro se dibujó una débil sonrisa de dolor nada acorde con sus rasgos y que parecía burlarse de su propia impotencia. Ante aquella inesperada sonrisa, Pierre se acongojó, y un picor en la nariz y las lágrimas le oscurecieron los ojos. Suspiró cuando el enfermo estuvo girado hacia la pared.
—Está dormido —dijo Ana Mijáilovna a Pierre al ver que una princesa acudía a sustituirla—. Vámonos.
Pierre salió.