Capítulo XXIV

1375 Words
CAPÍTULO XXIVEl recibidor estaba vacío. Solo quedaban el príncipe Vasili y la mayor de las princesas, que estaban sentados bajo el retrato de Catalina II, mientras hablaban animadamente. Al ver a Pierre y Ana Mijáilovna callaron. Pierre creyó notar que la princesa guardaba algo y musitaba: —No soporto a esa mujer. —Catiche ha mandado servir té en el saloncito. —dijo el príncipe Vasili a Ana Mijáilovna—. Mi pobre Ana Mijáilovna, vaya a tomar algo o no aguantará. A Pierre no le dijo nada, pero le estrechó el brazo por debajo del hombro con sentimiento. Pierre y Ana Mijáilovna pasaron a la salita. —Nada restablece tanto como una taza de este excelente té ruso tras una noche en vela —decía Lorrain de pie en el saloncito circular, ante la mesa con el servicio de té y una cena fría. El médico bebía en una taza de porcelana china sin asa. Quienes estuvieron esa noche en la casa del conde Bezúkhov se habían reunido alrededor de la mesa para reponer fuerzas. Pierre recordaba aquel saloncito circular con sus espejos y mesitas. Cuando se celebraban fiestas en casa del conde, como Pierre no sabía bailar prefería sentarse allí y contemplar a las damas en traje de noche, con diamantes y perlas en los escotes desnudos, cuando cruzaban la estancia bien iluminada y se miraban en los espejos, los cuales reflejaban sus figuras muchas veces. Ahora habían dispuesto en esa sala, apenas iluminada por dos velas, una mesa con el servicio de té y varios platos bastos. Los allí reunidos, personas diversas con aspecto poco festivo, hablaban en voz queda y con cada movimiento y cada palabra expresaban que ninguno olvidaba lo que estaba ocurriendo y lo que ocurriría en la alcoba del enfermo. Pierre no comió pese al hambre. Se volvió a su mentora para pedirle consejo y vio que iba de puntillas a la sala contigua donde estaban el príncipe Vasili y la princesa Catiche. Pierre se figuró que aquello era necesario y la siguió. Ana Mijáilovna estaba junto a Catiche. Ambas hablaban al unísono en voz queda, pero con tono alterado. —Disculpe, princesa; sé lo que se debe y lo que no se debe hacer —decía la mayor de las princesas, tan fuera de sí como cuando había cerrado la puerta de su habitación poco antes. —Pero, querida princesa —repuso con dulzura y obstinación Ana Mijáilovna, cortando a la princesa el paso hacia la alcoba del conde—, ¿no será muy duro para nuestro pobre tío ahora que tanto necesita reposar? Hablarle de algo terrenal cuando su alma ya está preparada… El príncipe Vasili estaba sentado en su actitud familiar, con las piernas cruzadas; sus mejillas temblaban con violencia y al bajar parecían ensancharse; no obstante, fingía no estar interesado en la conversación de las damas. —Veamos, mi buena Ana Mijáilovna, deje hacer a Catiche. Ya sabe cuánto la quiere el conde. —No sé lo que pone en este papel —dijo la princesa volviéndose al príncipe Vasili y mostrando la cartera de cuero que llevaba en la mano—. Solo sé que el testamento auténtico está en su despacho; esto es solo un papel olvidado… Catiche intentó esquivarla, pero Ana Mijáilovna le cerró el paso una vez más. —Lo sé, mi querida y buena princesa —dijo Ana Mijáilovna aferrando la cartera con tanta energía que no se veía la posibilidad de que la soltase fácilmente—. Querida princesa, se lo ruego… apiádese de él… Je vous en conjure…58 La princesa calló. Solo oía el rumor del esfuerzo por adueñarse de la cartera. Sin duda si hubiese dicho algo, no habrían sido halagos para Ana Mijáilovna. Esta sujetaba con fuerza la cartera, si bien su voz conservaba su habitual calma y suavidad. —Pierre, acérquese, amigo. Creo que él no es un extraño en el consejo de familia, ¿no verdad, príncipe? —¿Por qué calla, mon cousin? —gritó de pronto Catiche con tanta fuerza que se oyó en la sala contigua y sobresaltó a todos—. ¿Por qué calla cuando Dios sabe quién se mete en nuestros asuntos sin importarle provocar escenas junto a la habitación de un moribundo? ¡Intrigante! —susurró tirando con rabia de la cartera con todas sus fuerzas. Ana Mijáilovna dio unos pasos para no soltar la cartera y lo logró. —¡Oh! —exclamó el príncipe Vasili indignado y atónito. Se levantó—. C’est ridicule. Voyons,59 dejen esa cartera. Se lo digo a las dos. La princesa Catiche abandonó la presa. —¡Y usted también! Pero Ana Mijáilovna hizo caso omiso. —Déjela —le dijo—. Yo asumo toda la responsabilidad. Iré yo mismo y le preguntaré. Yo… y esto debe bastarle. —Mais, mon prince60 —le rebatió Ana Mijáilovna—, dele un minuto de reposo después del sacramento. Pierre, diga qué opina —habló al joven, que se acercó mirando asombrado el semblante de la princesa, ajena a todo recato, y las temblorosas mejillas del príncipe. —Sepa que será responsable de todas las consecuencias —dijo secamente el príncipe Vasili—. No sabe lo que hace. —¡Infame! —gritó la princesa Catiche abalanzándose sobre Ana Mijáilovna y quitándole la cartera. El príncipe bajó la cabeza y se abrió de brazos cuando la puerta, la terrible puerta que tanto miraba Pierre y que siempre se abría suavemente, lo hizo con gran ruido y golpeó la pared. La segunda de las princesas apareció en el umbral gesticulando. —¿Qué hacen? —gritó fuera de sí—. Se nos va y me dejan sola. Catiche dejó caer la cartera. Ana Mijáilovna se inclinó rauda, agarró el objeto en disputa y corrió al dormitorio del conde. La mayor de las princesas y el príncipe Vasili volvieron en sí y la siguieron. Poco después Catiche, el rostro pálido y seco, salió mordiéndose el labio inferior. Al ver a Pierre su rostro expresó una rabia incontenida: —Puede estar contento —le espetó—. Es lo que esperaba. Ocultó el rostro en el pañuelo entre sollozos y corrió fuera. Detrás de la princesa apareció el príncipe Vasili. Trastabilló hasta el diván donde se había sentado Pierre y se dejó caer a su lado con el rostro cubierto por las manos. Pierre notó su palidez y el temblor de la mandíbula, como si tuviese fiebre. —¡Oh, amigo! —murmuró tomando el brazo de Pierre con una voz franca y débil que Pierre jamás le había oído—. ¡Somos pecadores y embusteros! Y, ¿para qué en definitiva? Voy a cumplir sesenta, amigo, y ya… Todo se termina con la muerte, todo. La muerte es terrible —y rompió a sollozar. Ana Mijáilovna salió la última y se acercó a Pierre con pasos lentos y quedos. —¡Pierre! —dijo. Él la miró sin comprender. La princesa le besó la frente mojándola con sus lágrimas. Después dijo: —Ya no está. Pierre la miró a través de sus lentes. —Vamos, lo llevaré. Trate de llorar. Nada desahoga tanto como las lágrimas. Acompañó al joven al salón en penumbra. Pierre estaba contento de que nadie pudiese verle el rostro. Ana Mijáilovna se alejó y al regresar lo halló dormido con la cabeza apoyada en el brazo. A la mañana siguiente, Ana Mijáilovna dijo a Pierre: —Oui, mon cher, es una gran pérdida para todos. No hablo de usted. Pero Dios le dará fuerzas porque es joven y, espero, tiene una inmensa fortuna. Aún no han abierto el testamento. Lo conozco y sé que eso no le hará perder la cabeza. Pero le impone deberes, y hay que ser un hombre. Pierre callaba. —Tal vez más tarde le diré que de no haber estado yo, Dios sabe qué habría pasado. Sepa que mi tío el conde me prometió anteayer no olvidar a Boris. Pero no le ha quedado tiempo. Espero, querido amigo, que escuchará el deseo de su padre. Pierre no entendía nada, y miraba a la princesa Ana Mijáilovna con aire tímido y sonrojo. Tras su conversación con Pierre, Ana Mijáilovna fue a dormir a casa de los Rostov. Por la mañana les narró a ellos y a todos sus conocidos los detalles de la muerte del conde Bezúkhov. Decía que había muerto como ella querría morir, que su fin había sido emotivo y virtuoso, que la última entrevista del padre con el hijo había sido tan conmovedora que lloraba al recordarla, que ignoraba cuál de los dos se había portado mejor en aquel trance: el padre, que se acordaba de todos en su postrer momento y decía al hijo palabras enternecedoras, o Pierre, a quien apenaba ver tan afectado por mucho que tratase de mostrarse indiferente para no disgustar al moribundo. —Es lamentable, pero sienta bien; eleva el espíritu ver a hombres como el anciano conde y su digno hijo. —comentaba. En cuanto al comportamiento de la princesa y del príncipe Vasili, lo relató sin aprobarlo, pero con sigilo y en secreto.
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