Capítulo IX

1762 Words
CAPÍTULO IXEra más de la una cuando Pierre salió de casa de su amigo. Era la típica noche verano de San Petersburgo. Pierre tomó un coche con la intención de ir a su casa, pero al acercarse sintió que era imposible dormir una noche que más parecía un crepúsculo o el alba que una noche. Se veían a lo lejos las calles desiertas. De camino, Pierre recordó que en casa de Anatole Kuraguin iban a reunirse esa noche sus habituales compañeros de juego. Luego vendría la habitual juerga que siempre terminaba con una de las diversiones favoritas de Pierre. «Estaría bien ir a casa de Kuraguin», pensó y recordó la palabra dada al príncipe Andréi de no frecuentarlo. Pero, como suele pasar a los hombres sin carácter, sintió de pronto un deseo tan vivo de disfrutar una vez más de aquella vida disipada y bien conocida que decidió ir. Pensó entonces que la palabra dada no era válida, pues antes de hacer la promesa al príncipe Andréi había prometido al príncipe Anatole ir con él. «En definitiva —pensó— todas estas palabras son un convencionalismo sin sentido, sobre todo teniendo en cuenta que mañana uno puede morir, o puede ocurrir algo tan asombroso que ya no exista nada, ni el honor ni el deshonor.» Aquellos razonamientos, que destruían todas sus decisiones y las suposiciones, eran habituales en Pierre, así que se dirigió a casa de Kuraguin. Pierre dejó el coche al llegar al portal iluminado de la casona donde vivía Kuraguin, junto al cuartel de la Guardia Montada; la puerta estaba abierta y se adentró. El vestíbulo estaba vacío; todo era una caos de botellas vacías, capas y chanclos; olía a vino; a lo lejos se oía el ruido de conversaciones y gritos. El juego y la cena habían terminado, pero los invitados seguían allí. Pierre se quitó la capa y entró en la primera sala, donde estaban los restos de la cena y un lacayo apuraba furtivamente los vasos creyendo que no lo veían. De la tercera sala llegaba un gran ruido de risas, gritos de voces conocidas y el gruñido de un oso. Ocho jóvenes se movían preocupados junto a la abierta ventana, otros tres jugaban con un osezno al que uno de ellos arrastraba con una cadena y atemorizaba así a los demás. —¡Apuesto cien rublos por Stevens! —gritaba uno —¡Pero no hay que sujetarlo! —exclamó otro. —Yo apuesto por Dólokhov —dijo un tercero. —¡Cierra el trato, Kuraguin! —Dejad ya al oso. Atención a la apuesta. —Todo de un trago o pierdes— gritó el cuarto. —¡Yákov, trae una botella! —gritó el dueño de la casa, un joven alto y apuesto, que permanecía en el centro del grupo con la camisa desabrochada—. Señores, ahí está nuestro querido amigo Petrushka —dijo volviéndose hacia Pierre. Un hombre de mediana estatura y ojos celestes gritaba desde la ventana con una firmeza y calma sorprendentes entre las voces vacilantes por el vino: —Ven aquí, haz de árbitro de la apuesta. Dólokhov era un oficial del regimiento Semionovsky, célebre jugador y espadachín que vivía con Anatole. Pierre sonreía mirando alegremente a su alrededor. —No entiendo nada. ¿De qué se trata? —Esperad. No está borracho. Traed una botella —dijo Anatole y, tomando un vaso de la mesa, fue a Pierre. —Lo primero, bebe. Pierre vació varios vasos; miraba a los borrachos apiñados junto a la ventana escuchando su conversación. Anatole seguía sirviendo vino y le contaba que Dólokhov había apostado con un inglés, Stevens, oficial de marina allí presente, que podía vaciar una botella de ron sentado en un alféizar del tercer piso con las piernas fuera. —¡Vamos! ¡Acaba la botella! —dijo Kuraguin sirviéndole el último vaso—. Si no, no te dejaré tranquilo. —No quiero más. —Pierre apartó a Anatole y fue a la ventana. Dólokhov sujetaba al inglés del brazo y exponía claramente las condiciones de la apuesta, dirigiéndose sobre todo a Anatole y a Pierre. Dólokhov era un joven de estatura media, cabellos rizados y claros ojos azules. Tendría unos veinticinco años, no usaba bigote, como todos los oficiales de infantería, por lo cual su boca —el rasgo más característico de su rostro— aparecía del todo descubierta. La curvatura sinuosa de sus labios era muy notable; en el centro, el labio superior descendía resueltamente en cono agudo sobre el inferior, más grueso, y en las comisuras se formaba constantemente algo semejante a dos sonrisas, una a cada lado; todo el conjunto, en especial su mirada firme, atrevida e inteligente, producía tal impresión que difícilmente podía pasar inadvertido su rostro. Dólokhov carecía de fortuna, de toda relación social con las altas esferas, pero, aunque Anatole derrochaba miles de rublos, supo, pese a vivir con él, hacerse respetar de tal modo que todos los amigos estimaban más a Dólokhov que a Anatole. Dólokhov jugaba a todo y ganaba casi siempre. Y aunque bebía en abundancia, jamás perdía la lucidez de su mente. Kuraguin y Dólokhov eran entonces dos celebridades en el mundo de los juerguistas disolutos de San Petersburgo. Se trajo una botella de ron; dos lacayos, aturdidos y asustados, ensordecidos por los gritos y consejos de los señores que los rodeaban, desmontaban el marco de la ventana, que impedía sentarse en el alféizar exterior. Anatole fue hacia la ventana con aire imperioso. Quería romper algo. Apartó a los lacayos y tiró del marco; como se resistía, rompió los cristales. —Tú, forzudo— dijo a Pierre. Pierre agarró los travesaños de roble, tiró de ellos y los desencajó con estrépito. —Sácalos o creerán que me agarro —dijo Dólokhov. —El inglés presume… ¿Eh… bien? —decía Anatole. —Bien. —Pierre miró a Dólokhov, quien iba con una botella de ron en la mano hacia la ventana, desde donde se veía el cielo claro confundido con las luces vespertinas y del amanecer. Con la botella de ron en la mano, Dólokhov saltó a la ventana y gritó a los que estaban en la sala: —¡Atención! —Todos callaron—. Apuesto —dijo en francés para que el inglés lo entendiese y él no dominaba bien su lengua—, apuesto cincuenta imperiales, y cien si quiere —añadió volviéndose al inglés. —No, cincuenta —dijo este. —Apuesto cincuenta imperiales a que me bebo toda la botella sin sacarla de la boca sentado en el alféizar —se inclinó y señaló un saliente en pendiente del muro fuera de la ventana— sin sujetarme a nada… ¿Vale así? —Sí —respondió el inglés. Anatole se volvió al inglés, lo agarró por un botón del frac y, mirándolo desde arriba, pues el inglés era bajito, le repitió en su idioma las condiciones de la apuesta. —Un momento —gritó Dólokhov golpeando con la botella en la ventana para llamar la atención—. Un momento, Kuraguin. Si alguno hace lo mismo, le doy cien imperiales. ¿Entendido? El inglés asintió con la cabeza sin que pudiera saberse si aceptaba o no la nueva apuesta. Anatole no soltaba al inglés, aunque este asentía para hacerle entender que había comprendido todo, y le tradujo las palabras de Dólokhov. Un joven delgado con el uniforme de húsar de la Guardia, que esa noche había perdido todo su dinero, se subió a la ventana, se inclinó y miró abajo. —¡Oh!… ¡Oh!… ¡Oh!… —exclamó al ver las losas de la acera—. ¡Quieto todo el mundo! —gritó Dólokhov y sacó de la ventana al oficial, que saltó con torpeza al suelo y tropezó con las espuelas. Dólokhov puso la botella en el alféizar para poder agarrarla fácilmente. Lenta y prudentemente se encaramó a la ventana. Bajó las piernas, apoyó las manos en los extremos de la ventana, observó el lugar, soltó las manos, se sentó, se desplazó a derecha e izquierda y agarró la botella. Anatole trajo un par de candelabros que depositó en el alféizar, pese a que la noche era clara. La espalda de Dólokhov, con su camisa blanca y el cabello rizado, estaba iluminada por ambos lados. Todos se arracimaron junto a la ventana. El inglés estaba delante mientras Pierre sonreía en silencio. El asistente más mayor avanzó irritado y asustado para sujetar a Dólokhov por la camisa. —Señores, esto es una locura, se matará —dijo el hombre, el más sensato de los presentes sin duda, pero Anatole lo detuvo. —No lo toques; podrías asustarlo y caería… ¿Qué pasaría entonces? Dólokhov se giró, y se acomodó nuevamente apoyándose en las manos. —Si alguien vuelve a intervenir —pronunció nítidamente las palabras a través de sus labios finos y fruncidos —lo tiraré yo mismo. ¿Entendido? Dicho esto se volvió, soltó las manos, agarró la botella, se la acercó a los labios echando atrás la cabeza y levantó el brazo libre para hacer contrapeso. Uno de los lacayos que barría los cristales se detuvo, agachado, sin quitar ojo a la ventana y a la espalda de Dólokhov. Anatole tenía los ojos muy abiertos y se mantenía erguido. El inglés miraba de soslayo con los labios alargados. El que había tratado de detener a Dólokhov se fue a un rincón y se tumbó en un diván con el rostro hacia la pared. Pierre se cubrió el rostro con las manos y sonrió débilmente aunque estuviese horrorizado. Todos callaban. Pierre separó sus manos de los ojos. Dólokhov seguía en la misma posición con la cabeza tan echada atrás que los rizos de la nuca rozaban el cuello de la camisa; la mano que tenía la botella se iba levantando, temblorosa por el esfuerzo. La botella se iba vaciando mientras la cabeza se inclinaba hacia atrás. «¿Por qué dura tanto?», pensó Pierre. Le parecía que había transcurrido más de media hora. Dólokhov echó de repente hacia atrás la espalda y su mano tembló con tanta fuerza que podía haber perdido el equilibrio del cuerpo, que descansaba sobre el alféizar; todo su cuerpo se movió, la mano y la cabeza temblaron por el esfuerzo. Alzó una mano para asirse al saliente, pero la bajó nuevamente. Pierre cerró los ojos con intención de no mirar más. Entonces sintió que todo se agitaba a su alrededor y miró. Dólokhov seguía sentado en el alféizar con el semblante pálido y alegre. —¡Vacía! Arrojó entonces la botella al inglés, que la recogió con agilidad. Dólokhov saltó de la ventana apestando a ron. —¡Bravo, magnífico! ¡Menuda apuesta! ¡Al diablo! —gritaban desde distintas partes. El inglés sacó la bolsa y contó el dinero mientras Dólokhov se mantenía callado con el ceño fruncido. Pierre subió a la ventana. —¡Señores! ¿Quién quiere apostarse algo conmigo? Haré lo mismo que él —gritó— Y sin apuesta. Que me traigan una botella. Lo haré, que la traigan. —Dejadlo, dejadlo —sonrió Dólokhov. —¿Te has vuelto loco? ¿Crees que te vamos a dejar? Te mareas hasta en la escalera —gritaron varios. —¡Me la beberé! ¡Dadme una botella de ron! —gritó Pierre que, con la decisión del borracho, golpeó una silla e intentó encaramarse a la ventana. Trataron de sujetarlo por los brazos, pero era tan fuerte que tiraba a gran distancia a quienes pretendían acercarse. —Así no podremos con él —dijo Anatole—. Un momento, trataré de engañarlo. Escucha. Acepto la apuesta, pero mañana, ahora vámonos todos a… —¡Vamos! —gritó Pierre—. Vamos y nos llevamos a Mishka… —diciendo esto abrazó a Mishka, el oso, lo levantó y comenzó a bailar con el animal por la estancia.
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