CAPÍTULO VIIIAmbos amigos permanecían en silencio, ninguno de los dos se preocupó por iniciar la conversación. Pierre miraba constantemente al príncipe Andréi, que se frotaba la frente con su diminuta mano.
—Vamos a cenar —suspiró levantándose para ir a la puerta.
Entraron en el comedor, decorado con muebles nuevos, lujosos y elegantes. Todo, la mantelería, el servicio de plata, la porcelana y la cristalería, tenía el aspecto de nuevo habitual en los hogares de los recién casados. En medio de la cena, el príncipe Andréi apoyó los codos en la mesa; reflejaba un nerviosismo que Pierre jamás había visto en él y que, como hombre que tiene algo clavado en el corazón hace tiempo y decide soltarlo, dijo:
—Nunca te cases, amigo mío; te lo aconsejo. No te cases antes de poder decirte a ti mismo que has hecho cuanto era posible para dejar de amar a la mujer escogida antes de verla como realmente es; de lo contrario, errarás cruelmente y sin remedio… Cásate cuando ya seas un viejo inútil… De otro modo, se marchitará todo lo bueno y noble que tengas; todo se desperdigará en naderías. ¡Sí, sí, sí! No me mires así. Si ambicionas hacer algo en el futuro, verás a cada paso que todo ha terminado para ti y está cerrado, salvo el salón donde te verás igual que un lacayo de corte y un idiota… Pero, ¡para qué hablar…! —Sacudió la mano.
Pierre se quitó las lentes, lo cual cambió su cara, que revelaba aún más bondad, y contempló al amigo con asombro.
—Mi esposa —prosiguió el príncipe Andréi— es una mujer excelente; es una de esas raras mujeres con quienes no corre peligro el honor de un hombre; sin embargo, ¿lo que daría por estar ahora soltero? Eres la primera y única persona a quien se lo cuento, y lo hago porque te quiero.
Hablando así, el príncipe Andréi se semejaba incluso menos al Bolkonsky de antes, repantigado en los sillones de Ana Pávlovna, mascullando con los párpados semicerrados frases en francés. Cada músculo de su delgado rostro vibraba ahora agitado; los ojos, antes impasibles e indiferentes, despedían rayos. Sin duda cuanto más impasible parecía en su vida cotidiana, más energía despedía cuando se irritaba.
—No comprendes por qué hablo así —siguió—; sin embargo es la historia de la vida. Hablabas de Bonaparte y su carrera —añadió, si bien Pierre no se había referido a Bonaparte—. Hablabas de él, pero cuando Bonaparte trabajaba, cuando avanzaba paso a paso hacia su meta, era libre y solo tenía delante un objetivo que alcanzó. Pero apenas te atas a una mujer, pierdes la libertad; eres como un preso encadenado. Tu esperanza y energía te ahogan, y te atormenta el arrepentimiento. Reuniones, chismes, bailes, vanidades y nulidad son el círculo vicioso que me atrapa. Ahora voy a la guerra, a la mayor que haya existido, y no sé nada ni sirvo para nada. Soy muy amable y muy cáustico —continuó el príncipe Andréi—, en casa de Ana Pávlovna me escuchan. Y esta necia sociedad sin la que no puede pasarse mi esposa, esas mujeres… ¡Si supieses cómo son todas las mujeres distinguidas y, en general, las mujeres! Mi padre está en lo cierto. El egoísmo, la vanidad, la necedad, la nulidad en todo, eso son las mujeres cuando se quitan la careta. Cuando las ves en sociedad parece que valen algo, pero lo cierto es que no valen nada. No te cases, amigo mío, no lo hagas —concluyó el príncipe.
—Me parece absurdo que se vea un incapaz y crea fracasada su vida —dijo Pierre—. Tiene todo por delante. Y usted…
No terminó la frase. Su voz denotaba cuánto consideraba al amigo y lo mucho que esperaba de él en el futuro.
«¿Cómo puede hablar así?», pensaba Pierre. El príncipe Andréi era para él un dechado de perfecciones, pues reunía en su grado más alto las cualidades de las que él carecía y que podían resumirse en fuerza de voluntad. Pierre siempre había admirado las aptitudes del príncipe Andréi, su modo calmado de tratar a los hombres de toda clase, su gran memoria y lo mucho que había leído (todo lo leía, todo lo sabía y tenía una idea sobre todo) y sobre todo su facilidad para centrarse en el trabajo y aprender. A veces le sorprendía la incapacidad del príncipe para la filosofía idealista (por la cual Pierre se inclinaba), pero eso no se le antojaba un defecto, sino un punto fuerte.
Incluso en las relaciones más amistosas y sencillas, el halago y la alabanza son como la grasa que hace girar el eje de las ruedas.
—Soy un hombre acabado —dijo el príncipe Andréi. —¿Para qué hablar de mí? Mejor hablemos de ti —añadió y enmudeció sonriendo a sus ideas consoladoras.
El rostro de Pierre reflejó de inmediato esa sonrisa.
—¿Para qué hablar de mí? —preguntó Pierre curvando sus labios en una sonrisa desenfadada—. ¿Quién soy yo? ¡Soy un bastardo! —dijo ruborizándose. Había hecho sin duda un gran esfuerzo para pronunciar la palabra—. Soy un bastardo. Sin nombre, sin fortuna… En realidad… —no terminó la frase—. Ahora que soy libre me siento perfectamente, pero no sé por dónde empezar. Querría pedirle consejo.
El príncipe Andréi lo contempló con cariño, aunque en esa mirada de amistad y afecto imperaba la conciencia de su superioridad.
—Te quiero porque eres el único ser vivo en nuestro mundo. Todo es fácil para ti y puedes escoger lo que quieras, no importa. Serás bueno allí donde estés… pero te lo advierto… deja de ir con Kuraguin y de llevar esa vida. Las juergas no son lo tuyo y…
—¿Qué quiere, mon cher —dijo Pierre encogiéndose de hombros—. Las mujeres, amigo, las mujeres.
—No comprendo —repuso Andréi—. Les femmes comme il faut son harina de otro costal, pero las femmes de Kuraguin, les femmes et le vin,28 no lo comprendo.
Pierre vivía en casa del príncipe Vasili Kuraguin y compartía la vida disoluta de su hijo, Anatole, la vida del muchacho a quien querían casar con la hermana del príncipe Andréi para enderezarlo.
—¿Sabe? —dijo Pierre como si se le acabase de ocurrir algo—. Hace tiempo que lo pienso; con esa vida no puedo decidirme ni reflexionar; sufro jaquecas, estoy sin blanca… Hoy me ha invitado, pero no iré.
—Dame tu palabra de que no irás más.
—¡Palabra!