Capítulo VII

833 Words
CAPÍTULO VIISe oyó el frufrú de ropa femenina en la habitación contigua. El príncipe Andréi se sobresaltó como si acabase de despertar y su rostro recobró la expresión que tenía en casa de Ana Pávlovna. Pierre quitó las piernas del diván. La princesa entró en el despacho. Llevaba un vestido para estar en casa, fresco, aunque elegante como el otro. El príncipe Andréi se levantó y le acercó educadamente una butaca. La princesa habló en francés como siempre mientras se acomodaba presurosa y rápidamente en el sillón. —A menudo me pregunto por qué no se habrá casado Annette. ¡Qué tontos son todos ustedes, messieurs,25 por no haberse casado con ella! Perdonen, pero no conocen a las mujeres… ¡Cómo le gustan las discusiones, monsieur Pierre! —Sí, y no paro de discutir hasta con su marido. No entiendo su deseo de ir a la guerra —Pierre habló a la princesa sin reparos como suele ocurrir a los hombres jóvenes cuando hablan a una joven. La princesa dio un respingo. Sin duda Pierre la había tocado en lo más vivo. —¡Eso mismo me pregunto yo! —exclamó—. No comprendo por qué los hombres son incapaces de vivir sin guerra. ¿Y por qué las mujeres no queremos ni necesitamos nada? Juzgue usted mismo; siempre se lo digo… Andréi es edecán del tío; tiene una posición como no hay otra; todos lo conocen y aprecian. Estos días, en casa de los Apraksin, oí a una señora: «¿Es ese el famoso príncipe Andréi?» Ma parole d’honneur26 —y rio—. Lo reciben en todas partes. ¡Podría ser edecán del Emperador! Su Majestad le habla con mucha cortesía. Annette me comentó que sería fácil conseguirlo. ¿Qué piensa? Pierre miró al príncipe Andréi. Comprendió que la conversación no le gustaba y calló. —¿Cuándo se va? — preguntó. —¡Ah! No me hable de esta partida, no me la mencione. No quiero oír hablar de ella —dijo la princesa en el tono voluble y presumido con el cual hablaba al príncipe Hipólito en el salón y que desentonaba en aquel círculo familiar donde Pierre parecía uno más. —Pensando que debo cortar todas esas relaciones tan agradables, hoy… Además, ¿sabes, Andréi? —la princesa hizo una seña a su marido—, Tengo miedo, tengo miedo —se estremeció. El marido la miró como si le sorprendiese que hubiese otra persona allí además de Pierre, y preguntó con una gélida cortesía a su mujer: —¿De qué tienes miedo, Lisa? No comprendo… —¡Qué egoístas sois los hombres! ¡Todos sois egoístas! Me abandona por un capricho, Dios sabe por qué, y quiere recluirme sola en el campo. —No olvides que con mi padre y mi hermana —dijo en voz queda el príncipe Andréi. —Igual da; sola y sin mis amigos… Y quiere que no tenga miedo. El tono de su de voz era gruñón y, al levantarse, el labio no daba ya al rostro su habitual expresión sonriente, sino la de un animalillo, una ardilla. La princesa calló, como si le apurase hablar de su estado delante de Pierre, cuando todo giraba precisamente en torno a eso… —Sigo sin comprender de qué tienes miedo —dijo lentamente el príncipe sin apartar la mirada de su esposa. La princesa se ruborizó y agitó los brazos. —No, Andréi, digo que has cambiado tanto… —Tu doctor te ha dicho que te retires pronto —atajó el príncipe Andréi—; deberías irte a la cama. La princesa no respondió; su labio sombreado de vello tembló; el príncipe Andréi se levantó y paseó por el despacho encogiéndose de hombros. Atónito, Pierre miraba con ingenuidad por encima de sus lentes al príncipe y a su mujer; quiso levantarse, pero lo pensó mejor y permaneció sentado. —¿Qué más me da que esté aquí monsieur Pierre? —dijo de pronto la princesita con el semblante contraído en una mueca lacrimosa—. Andréi, hace tiempo que quería preguntártelo, ¿por qué has cambiado tanto conmigo? ¿Qué te he hecho? Te vas a la guerra sin compadecerte de mí. ¿Por qué? —¡Lisa! —exclamó él. La palabra contenía súplica, amenaza y la certidumbre de que ella misma lamentaría lo dicho. Pero la princesa siguió: —Me tratas como a un enfermo o a un niño. Lo veo. ¿Eras así hace seis meses? —Lisa, no sigas, por favor —dijo el príncipe en tono más expresivo. Pierre, cada vez más nervioso, se levantó fue hacia la princesa. Parecía que no soportaba ver las lágrimas y que iba a llorar también. —Cálmese, princesa. Le aseguro que solo son aprensiones suyas, pero… yo sé… porque… porque… Pero, perdóneme; sobran los extraños… Cálmese… Adiós… El príncipe Andréi lo sujetó por el brazo para detenerlo. —No, espera, Pierre. La princesa es tan amable que no me privará del placer de una velada contigo. —Solo piensa en sí mismo —dijo la princesa con lágrimas de rabia. —¡Lisa! —exclamó con sequedad el príncipe Andréi; su tono de voz daba a entender que su paciencia se había agotado. El enfado, esa semejanza con la ardilla en el rostro de la princesa, se transformó de repente en una expresión de temor que despertaba piedad y compasión; miró de reojo a su marido y su semblante reflejó la actitud humillada y tímida de un perro que agita rápida y débilmente el rabo entre las patas. —Mon Dieu, mon Dieu! —dijo y se acercó al marido para besarle la frente mientras se agarraba con una mano el pliegue del vestido. —Bonsoir, Lise.27 —El príncipe Andréi se levantó y besó educadamente su mano como a una desconocida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD