Capítulo VI

1093 Words
CAPÍTULO VITras dar las gracias a Ana Pávlovna por su encantadora velada, los invitados comenzaron a despedirse. Pierre era torpe, grueso, más alto que la media, ancho, con unas manazas rojas; no sabía entrar en un salón y menos aún salir ni decir unas palabras amables de despedida. También era distraído. Al levantarse confundió con su sombrero el tricornio con plumas de un general y estuvo tirando de las plumas hasta que su dueño le pidió que se lo devolviese. Sin embargo, estas distracciones y no saber cómo entrar en un salón o cómo comportarse quedaban compensadas por su expresión bondadosa, sencilla y por su modestia. Ana Pávlovna se dirigió a él para expresarle con dulzura que lo perdonaba por las opiniones vertidas y lo despidió diciendo: «espero que nos veamos de nuevo y también que cambie usted de ideas, querido monsieur Pierre». Pierre no respondió; se inclinó y sonrió a todos sin querer decir nada o tal vez que «las opiniones son opiniones, pero ya veis que soy un chico excelente y simpático». Todos, Ana Pávlovna incluida, lo comprendieron. El príncipe Andréi salió al vestíbulo. Mientras ofrecía los hombros al lacayo que le ponía la capa, escuchaba con apatía las bromas de su mujer y el príncipe Hipólito, que también salían. El príncipe Hipólito estaba junto a la princesa embarazada y la miraba sin cesar con sus anteojos. —Retírese, Annette; puede resfriarse —se despidió la princesita de Ana Pávlovna—. Ha parado —añadió en voz queda. Ana Pávlovna había podido hablar con Lisa de su proyecto de boda entre Anatole y la cuñada de la princesita. —Cuento con usted, querida —susurró Ana Pávlovna—. Escríbale y cuénteme cómo verá el padre la cosa. Au revoir —dijo antes de abandonar el vestíbulo. El príncipe Hipólito se acercó a la princesita y le cuchicheó algo arrimando su rostro al de ella. Su lacayo y el de la princesa aguardaban con un abrigo y un chal a que terminasen de charlar atendiendo a la conversación en francés, que no comprendían, como si la entendieran, aunque no querían demostrarlo. La princesa hablaba con su eterna sonrisa y escuchaba riendo. —Me alegra no haber ido a la fiesta del embajador —dijo el príncipe Hipólito—. Son tediosas… Gran velada, ¿verdad? —Dicen que el baile será precioso —repuso la princesa levantando el labio superior sombreado por el vello—. Estarán las damas más hermosas de la sociedad. —No todas porque no estará usted —rio con alegría el príncipe Hipólito; luego tomó el chal del lacayo y se lo puso a la princesa. Distraída o voluntariamente (imposible saberlo) prolongó un tiempo aquel gesto sin retirar sus manos después de poner el chal, como si estuviese abrazándola. La princesa se apartó graciosamente con una sonrisa, se giró y miró a su marido. El príncipe Andréi tenía los párpados entornados; parecía cansado y con sueño. —¿Ya está lista? —preguntó a su mujer envolviéndola con su mirada. El príncipe Hipólito se puso el abrigo, que le llegaba hasta los talones según la moda y lo entorpecía. Corrió escaleras abajo tras la princesa, a quien un lacayo ayudaba a subir al carruaje. —Princesse, au revoir24 —gritó, tropezando con las palabras lo mismo que con los pies. La princesa se recogió el vestido y desapareció en la negrura de la carroza; su marido se ajustó el sable. So pretexto de ayudar, el príncipe Hipólito incordiaba a todos. —¿Me permite, señor? — dijo en tono seco el príncipe Andréi hablando en ruso al príncipe Hipólito, que le cortaba el paso—. Te espero, Pierre —añadió con la misma voz, pero afable y cariñosa. El cochero tiró de las riendas y el carruaje se puso en marcha. El príncipe Hipólito reía con convulsiones en el vestíbulo mientras aguardaba al vizconde, a quien había prometido llevar a su casa. —Pues sí, querido, su princesita está muy bien, muy bien —dijo el vizconde arrellanándose en el coche—. Pero que muy bien —se besó las puntas de los dedos—. Y completamente francesa. Hipólito resopló y rio. —Y usted sabe que es terrible con su airecillo inocente —continuó el vizconde—. Lo lamento por el pobre marido, ese oficialucho que se las da de príncipe reinante. Hipólito volvió a resoplar y dijo riendo: —Y usted decía que las damas rusas no valen tanto como las francesas. Hay que saber cómo tratarlas. Pierre, que había llegado primero, entró al despacho del príncipe Andréi como alguien de confianza y, según acostumbraba, se tumbó enseguida en el diván, sacó de la estantería el primer libro que encontró (Comentarios de César), lo abrió por la mitad y comenzó a leer apoyado en los codos. —¿Qué has hecho con mademoiselle Scherer? ¡Seguro que acabará enfermando de verdad! —exclamó el príncipe Andréi entrando en el despacho mientras se frotaba las manos blancas y finas. Pierre se volvió tan repentinamente que hizo crujir el diván; miró al príncipe Andréi, sonrió y agitó la mano. —No; el abate era muy interesante, pero no comprende bien las cosas… Creo que es posible la paz perpetua, pero no sé cómo decir… no con el equilibrio político… Sin duda al príncipe Andréi no le interesaba aquella conversación abstracta. —Mon cher, no siempre se puede decir ni en todas partes lo que uno piensa. ¿Has decidido algo? ¿Entrarás en la caballería o serás diplomático? —preguntó el príncipe tras un silencio. Pierre se sentó en el diván sobre las piernas dobladas. —Aún no lo sé; no me gusta ninguna de las dos opciones. —Pero tendrás que decidirte. Tu padre espera. Pierre había sido enviado al extranjero a los diez años con un abate como preceptor; allí estuvo hasta los veinte; cuando regresó a Moscú, su padre despidió al abate y dijo al joven: «Ve a San Petersburgo, mira bien y escoge; yo aceptaré todo; toma una carta para el príncipe Vasili y dinero; escríbeme y te ayudaré en lo que sea». Pierre llevaba tres meses buscando carrera, pero ninguna le gustaba. De esto hablaba ahora el príncipe Andréi. Pierre se pasó la mano por la frente. —Seguramente es masón —se refirió al abate de la velada. —Todo eso son fantasías —lo cortó el príncipe Andréi—. Ahora hablemos de tus asuntos. ¿Has estado en la caballería? —No estuve; pero he pensado algo y quiero hablarle de eso. Estamos en guerra contra Napoleón; si fuese una guerra por la libertad, lo comprendería y me alistaría el primero; pero ayudar a Inglaterra y Austria contra el hombre más grande del mundo… No está bien. El príncipe Andréi se encogió de hombros ante el comentario pueril de Pierre; quería darle a entender que no podía responder a esa memez. En realidad era difícil responder de otro modo a semejante ingenuidad. —No habría guerras si todos la hicieran solo por convicción. —¡Eso sería admirable! —repuso Pierre. El príncipe Andréi sonrió. —Sí, posiblemente sería admirable, pero nunca sucederá… —Dígame —preguntó Pierre—, ¿por qué va usted a la guerra? —¿Por qué? No lo sé. Es necesario. Además, voy… —calló un momento y siguió—: ¡Voy porque mi vida aquí no me gusta!
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD