CAPÍTULO XISe hizo el silencio. La condesa miró a la visitante con sonrisa amable, sin ocultar que no lamentaría que se fuese. La hija ya se ajustaba el vestido mirando interrogativamente a su madre, cuando en la estancia contigua se oyó cómo varios niños corrían hacia la puerta del salón y el estrépito de una silla tirada. Irrumpió en el salón una niña de unos trece años que llevaba algo envuelto en su faldita de muselina. Se detuvo en medio de la habitación. Sin duda estaba allí por casualidad, por no haber calculado el impulso de la carrera. Casi simultáneamente aparecieron en la puerta un estudiante con uniforme de cuello color frambuesa, un oficial de la Guardia, una joven de quince años y un chico rechoncho y rubicundo con chaqueta de niño.
El conde se puso en pie y abrió los brazos para acoger a la niña.
—¡Aquí está! —rio—. ¡Hoy es su fiesta, ma chère, su fiesta!
—Ma chère, todo tiene su momento —la condesa fingió enfado—. La mimas demasiado, Elie —se volvió al marido—. Hola, ma chère, felicidades —dijo la visitante—. ¡Qué niña tan deliciosa! —añadió dirigiéndose a la madre.
La niña, feúcha, pero vivaz, tenía ojos negros, una boca grande y los hombros se le habían escapado del corpiño por la carrera que había revuelto sus rizos negros echándolos atrás; los brazos eran delgados y sus piernas, enfundadas en pantalones de encaje, no ocultaban sus piececitos calzados con escarpines; tenía esa edad encantadora en que ya no se es niña y aún no se es una joven. Esquivó al padre y fue hacia su madre y ocultó la carita enrojecido en los encajes de su mantilla y rio pese a las severas observaciones. Reía por algo, hablando entre risas de la muñeca que acababa de sacarse de debajo de la falda.
—¿Ve?… la muñeca… Mimí… mira —Natacha no pudo seguir de lo cómica que le parecía la situación y cayó sobre su madre con una risa tan fuerte y sonora que hasta la ceremoniosa visitante rio.
—Vete con tu monstruo —la madre la rechazó fingiendo enfado, y dijo a la visitante—: Es mi hija pequeña.
Natacha levantó un instante la cara de la mantilla de su madre, la miró desde arriba con los ojos bañados en lagrimas por la risa y lo ocultó de nuevo.
La visitante creyó oportuno participar en la escena familiar.
—Dime, querida —preguntó—, ¿qué eres tú para Mimí? Su madre, ¿verdad?
A Natacha no le gustaron el tono indulgente ni la pregunta pueril, y miró gravemente a la dama.
Mientras, los jóvenes habían entrado en el salón esforzándose por contener educadamente el desenfado y la alegría que se pintaban en sus caras: Boris, oficial, hijo de la princesa Ana Mijáilovna; Nikolái, estudiante, hijo mayor de la condesa; Sonia, sobrina del conde, de quince años, y Petrushka, el hijo menor. Se veía que en las habitaciones de donde habían salido con tanto bullicio la charla era más animada que la de aquí sobre los chismes de la ciudad, el tiempo y la comtesse Apraksine31. A ratos se miraban unos a otros y pugnaban por contener la risa.
Los dos jóvenes, el estudiante y el oficial, eran de la misma edad, amigos de la infancia, guapos pero de belleza diferente. Boris era alto y rubio, de rasgos finos, regulares y tranquilos. Nikolái no era alto, tenía el pelo rizado y sobre el labio superior ya despuntaba el bozo n***o. A su rostro de mirada franca asomaban la impetuosidad y la pasión.
Nikolái se ruborizó al entrar. Sin duda buscaba algo que decir y no sabía qué. Boris, en cambio, se calmó enseguida y en tono risueño contó tranquilamente que conoció a la muñeca Mimí cuando era aún joven y no tenía la nariz rota, pero que en cinco años había envejecido tanto que tenía la cabeza agrietada. Miró entonces a Natacha, que apartó los ojos y miró a su hermano pequeño, que con los ojos semicerrados temblaba de risa, incapaz de aguantar más, y de un salto huyó corriendo del salón con sus ágiles piernas. Boris no rio.
—Creo que también quieres irte, maman32. ¿Necesitas el coche? —preguntó sonriendo a su madre.
—Sí, ve y haz que lo preparen —sonrió ella.
Boris salió en silencio tras Natacha. El muchacho rechoncho fue tras ellos enfadado, como disgustado por haber sido estorbado en sus ocupaciones.