CAPÍTULO XIILos únicos jóvenes que permanecían en el salón, sin contar a la joven visitante y la hija mayor de la condesa (que era cuatro años mayor que su hermana y que se comportaba ya como una persona adulta), eran Nikolái y Sonia. La sobrina del conde era una joven morena, menuda, de rostro dulce y mirada sombreada por unas largas pestañas; una trenza negra le daba dos vueltas en torno a la cabeza, y la piel de la cara, el cuello y los brazos desnudos y delgados aunque fuertes y gráciles era de color aceitunado. La armonía de sus movimientos, la agilidad y donaire de sus miembros y maneras ladinas y reservadas recordaban a una bella gata, aún joven, que prometía ser preciosa. Creía adecuado sonreír para dar a entender que tomaba parte en la conversación; sin embargo, sus ojos bajo las pestañas largas y espesas miraban al cousin,33 que partía para el ejército, con una adoración juvenil y apasionada que no podía ocultar con su sonrisa; sin duda la gatita se había acurrucado solo para poder saltar y jugar más con su cousin en cuanto Boris y Natacha saliesen del salón.
—Sí, ma chère —dijo el viejo conde volviéndose hacia la visitante y señalando a su hijo Nikolái—. Su amigo Boris ha sido ascendido a oficial y no quiere ser menos que él por la amistad que los une. Deja la universidad y a este viejo para irse al ejército, ma chère. Y eso que su nombramiento para la Dirección de los archivos era cosa hecha. ¿No es eso amistad? —preguntó el conde.
—Dicen que ya está declarada la guerra —comentó la dama.
—Eso dicen hace tiempo —repuso el conde—; dicen, dicen, y después todo queda igual. Ma chère; eso es amistad —repitió—. Será húsar.
No sabiendo qué decir, la visitante asintió con la cabeza.
—No lo hago por amistad —exclamó Nikolái ruborizado y defendiéndose como si fuese blanco de una calumnia—. No es por eso, sino porque siento vocación por el servicio de las armas.
Se volvió hacia su prima y la hija de la visitante; ambas lo miraban con una sonrisa aprobatoria.
—Hoy come con nosotros Schubert, el coronel del regimiento de húsares de Pavlogrado. Estaba aquí de permiso y lo trae. ¿Qué puedo hacer? —El conde se encogió de hombros tomándose a broma algo que le dolía de veras.
—Ya te he dicho, papá —repuso el hijo— que no iré si no me das permiso. Pero sé que solo valgo para el servicio militar. No soy diplomático ni funcionario. Soy incapaz de ocultar mis sentimientos. —Miró a Sonia y a la otra señorita con la coquetería de quien sabe que es joven y apuesto.
La gatita parecía lista a poner en juego su naturaleza felina sin dejar de mirarlo.
—Ya está bien —dijo el viejo conde—. Enseguida se acalora… Ese Bonaparte enloquece a todos; todos piensan en cómo llegó de subteniente a Emperador. Bueno, Dios quiera… —añadió sin ver la sonrisa burlona de la visitante.
Los mayores comenzaron a hablar de Bonaparte. Julie, la hija de madame Karagina, se volvió hacia el joven Rostov.
—Es una pena que no estuviese el jueves en casa de los Arjarov. ¡Cómo me aburrí sin usted! —sonrió dulcemente.
Halagado, el joven se acercó a Julie con una fascinadora sonrisa juvenil y trabó conversación con ella, también sonriente, sin darse cuenta de que así clavaba el cuchillo de los celos en el corazón de Sonia, que había enrojecido sin perder su sonrisa fingida. Pero volvió los ojos hacia ella a mitad de la conversación. Sonia lo miró con rabia y pasión y, ahogando las lágrimas sin perder la sonrisa forzada, se levantó y salió. La animación de Nikolái se desvaneció. Aguardó la primera pausa en la conversación y salió en busca de Sonia con el semblante serio.
—¡Qué cierto es que los secretos de esta juventud están cosidos con hilo blanco! —Ana Mijáilovna señaló a Nikolái, que salía en ese momento—. Cousinage, dangereux voisinage34 —añadió.
—Sí —asintió la condesa en cuanto el rayo de sol que trajeron los jóvenes hubo desaparecido—. ¡Cuántos sufrimientos e inquietudes hay que soportar para sentir ahora la alegría de mirarlos! Pero ahora hay más temores que alegrías; una siempre tiene miedo… Es una edad tan peligrosa para las muchachas y los jóvenes… — añadió respondiendo a una pregunta que nadie hacía aunque la atormentase.
—Todo depende de la educación— dijo la visitante.
—Tiene razón. Gracias a Dios, a día de hoy soy amiga de mis hijos y gozo de su confianza —repuso la condesa repitiendo el error de tantos padres que creen que sus hijos no tienen secretos para ellos—. Sé que siempre seré la confidente de mis hijas y que si mi hijo Nikolái cometiese una travesura debido a su carácter, lo cual es inevitable en un joven, no sería como la de esos señores de San Petersburgo.
—¡Ah, sí! ¡Son buenos chicos! —repitió el conde, que arreglaba lo más complicado encontrándolo todo bueno—. Ya lo ve, quiere ser húsar. ¿Qué le vamos a hacer, ma chère?
—¡Qué criatura tan deliciosa su niña! —dijo la visitante—. ¡Es como la pólvora!
—Sí, como la pólvora —repitió el conde—. Se parece a mí. ¡Y su voz! Aunque sea mi hija, le diré que será una cantante, una nueva Salomoni. Tenemos un profesor italiano que le imparte clases.
—¿No es demasiado joven? Dicen que es malo para la voz empezar a esa edad.
—¡Oh, no, no lo es! —replicó el conde—. Nuestras madres se casaban a los doce o trece años.
—Ahora está enamorada de Boris. ¿Qué les parece? —sonrió dulcemente la condesa mirando a la madre de Boris. Después, como respondiendo al pensamiento que la atormentaba, siguió—: Ya ven, si la tuviese sujeta, si la frenase… Dios sabe lo que haría a escondidas —la condesa insinuaba que se besarían—. Así sé cada palabra suya. Ella viene a mi dormitorio por la noche y me lo cuenta. Quizá le consiento, pero creo que es mejor así. He tratado con más severidad a la mayor.
—Por supuesto; a mí me han educado de otra manera —terció con una sonrisa la hija mayor, la condesa Vera.
Contrariamente a lo que suele suceder, la sonrisa no embellecía su rostro, pues parecía poco natural y desagradable.
Vera, la mayor, era guapa, inteligente, fue buena alumna y estaba bien educada; su voz era agradable y cuanto decía era sensato y venía al caso. Pero extrañamente tanto la visitante como la condesa la miraron asombradas de que hablase así y las incomodó.
—Siempre pasa con los hijos mayores; queremos hacerlos extraordinarios —dijo madame Karagina.
—¿Por qué ocultarlo, ma chère? La condesa se pasaba con Vera —dijo el conde—. Pero, pese a todo es una gran muchacha —añadió con un guiño aprobatorio a Vera.
Los visitantes se levantaron y se despidieron tras prometer que irían a la comida.
—¡Qué modales! ¡Creí que no se iban! —dijo la condesa tras acompañarlas fuera.