Capítulo XIII

506 Words
CAPÍTULO XIIICuando Natacha salió corriendo de la sala fue al invernadero. Allí se detuvo a escuchar las conversaciones y aguardar a Boris. Comenzaba a impacientarse, pataleaba, a punto de llorar porque no venía, cuando oyó los pasos tranquilos del joven. Natacha se escondió rápidamente tras las macetas. Boris se detuvo en medio del invernadero, miró a su alrededor, se sacudió una mota de la manga del uniforme, se acercó al espejo y contempló su rostro. Natacha lo miraba desde su escondite, espiándolo. Boris permaneció un rato ante el espejo, sonrió y fue a una puerta. Natacha quiso llamarlo, pero se arrepintió. «Que me busque», se dijo. Sonia apareció por la otra puerta en cuanto salió Boris. Estaba muy sofocada murmurando palabras rabiosas entre lágrimas. Natacha reprimió su impulso de acudir a ella y permaneció mirando lo que sucedía, como si ella fuese invisible. Experimentaba un placer nuevo y especial. Sonia murmuraba algo con los ojos puestos en la puerta del salón. Nikolái apareció en el umbral. —¿Qué te ocurre, Sonia? ¿Es posible esto? —Corrió hacia ella. —¡Nada, nada, déjame! —Sonia sollozó. —No; sé qué es. —Pues si lo sabes, bien, ve con ella. —¡Sonia, una palabra! ¿Es posible que suframos los dos por una tontería? —Nikolái tomó su mano. Sonia no la retiró y dejó de llorar. Natacha, quieta y casi sin respirar, miraba con ojos brillantes. «¿Qué pasará ahora?», pensaba. —Sonia, no me importa nada en el mundo; tú eres todo para mí —dijo Nikolái—. Te lo demostraré. —No me gusta que hables así. —Pues no lo haré más. Perdóname, Sonia. La atrajo y la besó. «¡Ah, qué bien!», pensó Natacha. Sonia y Nikolái salieron del invernadero, los siguió y llamó a Boris. —Boris, venga —dijo con aire de importancia y malicioso—. Tengo que decirle algo. Aquí, aquí. Lo llevó al invernadero, al mismo sitio entre las macetas tras las que se ocultó. Boris la seguía sonriente. —¿De qué se trata? —preguntó. Ella se puso nerviosa; miró a su alrededor, y reparando en su muñeca, tirada en un macetero, la tomó en sus manos. —Bésela —dijo. Boris, con ojos atentos y cariñosos, miró el rostro animado de la muchacha y no respondió. —¿No quiere? Venga aquí —se adentró entre las flores y tiró la muñeca—. Más cerca, más —susurró. Agarró al oficial por el revés de las mangas; en su rostro encendido se veía la solemnidad y el temor—. Y a mí… ¿quiere besarme? —murmuró en un bisbiseo mirándolo de reojo, sonriendo y a punto de llorar de emoción. Boris se ruborizó. —¡Qué dislate! —dijo inclinándose hacia ella y enrojeciendo más, sin moverse, aguardando. Ella saltó sobre una maceta, de modo que ganó en estatura al joven, lo rodeó con los brazos delgados y desnudos, echó hacia atrás los cabellos con un movimiento de cabeza y le besó los labios. Se deslizó luego entre las macetas y se detuvo bajando la cabeza. —Natacha —dijo Boris—, sabe que la amo, pero… —¿Está enamorado de mí? —lo interrumpió ella. —Sí lo estoy… pero, le ruego… no volvamos a hacer esto… Esperemos cuatro años… Entonces pediré su mano. Natacha meditó. —Trece, catorce, quince, dieciséis… —contó con los deditos—. ¡Bien! ¿Decidido? Una sonrisa alegre y tranquila iluminó su animado rostro. —Decidido— dijo Boris. —¿Para siempre? —añadió. —¿Hasta la muerte? Lo tomó del brazo, el rostro radiante de felicidad, y salió lentamente hacia la sala de los divanes.
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