Capítulo XIV

1201 Words
CAPÍTULO XIVDespués de recibir a las visitas, la condesa estaba tan cansada que dio órdenes de no admitir ninguna más. Encargó al portero que invitase a comer a quienes viniesen a felicitarla. La condesa quería charlar a solas con su amiga de la infancia, la princesa Ana Mijáilovna, a quien no veía desde que esta regresó de San Petersburgo. Ana Mijáilovna, con su rostro atractivo, marchito por las lágrimas, se acercó al sillón de la condesa. —Seré sincera contigo —dijo—; apenas nos quedan muchos amigos viejos… por eso valoro tanto tu amistad. Ana Mijáilovna miró a Vera y calló. La condesa estrechó la mano de su amiga. —Vera —dijo volviéndose a su hija mayor, que sin duda no era la predilecta—, no os dais cuenta de nada, ¿no ves que sobras aquí? Ve con tus hermanas o… Vera sonrió con desdén, pero no pareció ofenderse. —Si me lo hubieses dicho antes, me habría ido, maman. —Se fue a su cuarto. Al cruzar el salón de los divanes vio junto a las ventanas a dos parejas sentadas simétricamente. Se detuvo y sonrió desdeñosamente. Sonia estaba muy cerca de Nikolái, que le copiaba unos versos, sus primeros. Boris y Natacha sentados junto a la otra ventana callaron cuando entró Vera. Sonia y Natacha la miraron con expresión culpable y feliz. Era conmovedor y divertido contemplar a esas chiquillas enamoradas, pero aquello no gustó a Vera. —¿Cuántas veces os he pedido que no toquéis mis cosas? —dijo—. Tenéis vuestros cuartos. Y recogió el tintero que estaba utilizando Nikolái. —Un momento —pidió mojando la pluma. —No sabéis hacer nada bien —prosiguió Vera—. Hace poco entrasteis en el salón de un modo que avergonzasteis a todos. Lo que decía era justo; ninguno replicó, y los cuatro se miraron. Vera se detuvo en la habitación con el tintero en la mano. —¿Qué secretos puede haber a vuestra edad entre Natacha y Boris y entre vosotros? Todo eso son bobadas. —¿A ti qué más te da, Vera? —dijo dulcemente Natacha, como intercediendo. Aquel día se sentía más bondadosa y cariñosa con todos que nunca. —Es una bobada —repitió Vera—, me avergonzáis. ¡Qué secretos ni que…! —Cada cual tiene sus secretos, nosotros no nos metemos contigo y con Berg —replicó acaloradamente Natacha. —Creo que me dejáis tranquila porque nunca actúo mal. Le diré a mamá cómo te portas con Boris. —Natalia Ilinishna se porta bien conmigo —terció Boris—, no puedo quejarme. —Déjelo, Boris. Es usted tan diplomático… —aquella palabra estaba de moda entre los muchachos, que le daban un particular sentido—. Hasta es aburrido —dijo Natacha con voz temblorosa e irritada—, ¿por qué no me dejará tranquila? Jamás lo comprenderás —continuó volviéndose a Vera— porque nunca has amado a nadie. No tienes corazón, no eres más que una Madame de Genlis (este apodo, que consideraban muy ofensivo, era cosa de Nikolái) y te encanta mortificar a los demás. Coquetea con Berg cuanto quieras —concluyó. —Seguro que yo no corro detrás de un joven cuando hay visitas… —¡Bien, ya has conseguido lo que te proponías! —terció Nikolái—. Has dicho cosas desagradables y nos has disgustado a todos. Vámonos al cuarto de los niños. Como una bandada de pájaros asustados, los cuatro se levantaron y salieron. —A mí me han dicho cosas desagradables; pero yo no he dicho nada a nadie —concluyó Vera. —¡Madame de Genlis! ¡Madame de Genlis! —gritaron los cuatro tras la puerta. La hermosa Vera, que producía a todos la misma fastidiosa impresión, sonrió sin parecer ofendida por nada de lo dicho. Se acercó al espejo y se arregló el chal y el cabello. Ver su hermoso rostro la dejó aún más fría y tranquila. La conversación continuaba en el salón. —Ah, chère —decía la condesa—, tampoco en mi vida es todo color rosa… ¿Acaso no veo que con nuestro tren de vida nuestra fortuna poco durará? La culpa de todo la tienen el club y su tolerancia. ¿Vivimos y descansamos cuando salimos al campo? Teatros, cacerías y Dios sabe qué más. Pero no hablemos de mí. Dime, ¿cómo lo has conseguido? Annette, a menudo me asombro de que vayas sola en un coche de Moscú a San Petersburgo a tu edad y que visites a todos los ministros, a todos los personajes; sabes tratar a todos. ¿Cómo lo has logrado? Yo no podría hacer nada de eso. —¡Ay, amiga! —repuso la princesa Ana Mijáilovna—. Dios no quiera que un día sepas lo duro que es enviudar, sin apoyo y con un hijo al que adoras. Se aprende de todo —prosiguió con cierto orgullo—. El pleito me enseñó. Si tengo que ver a algún personaje, escribo una nota: La princesa de tal desea ver a fulano, y yo misma voy en coche de alquiler dos, tres, cuatro veces, hasta que lo consigo. Poco me importa lo que piensen de mí. —¿Cómo lo has hecho? ¿A quién has hablado de Boris? —preguntó la condesa—. Tu hijo es oficial de la Guardia y Nikolái no pasa de cadete. No hay quien se encargue de gestionarlo. ¿A quién se lo has pedido? —Al príncipe Vasili. Estuvo muy amable. Accedió sin hacerse rogar y lo recomendó al zar —se entusiasmó la princesa Ana Mijáilovna sin mencionar las humillaciones que había sufrido para ello. —¿Ha envejecido el príncipe Vasili? —preguntó la condesa—. No lo veo desde las funciones de teatro en casa de los Rumyantsev. Supongo que se me habrá olvidado. Me cortejaba. —sonrió la condesa al recordarlo. —Sigue siendo el mismo —dijo Ana Mijáilovna—. Amable, obsequioso. Las grandezas no le han trastocado. «Lamento no poder hacer más por usted, querida princesa; a sus órdenes», me dijo. Es un hombre excelente, un buen pariente. Tú, Nathalie, sabes el amor que siento por mi hijo. No sé qué haría por su felicidad. Pero mis asuntos van fatal —prosiguió Ana Mijáilovna pesarosa en voz baja—, tan mal que estoy en una situación realmente terrible. Mi dichoso pleito consume cuanto tengo, y no avanza. Puedes creerme, pero, à la lettre,35 no tengo ni diez kopeks y no sé con qué pagaré el equipo de Boris —sacó el pañuelo y se puso a llorar—. Necesito quinientos rublos y tengo un billete de veinticinco. Así estoy… Ahora, mi única esperanza es el conde Cyril Vladímirovich Bezúkhov. Si no quiere ayudar a su ahijado, porque es padrino de Boris, y asignarle una suma, mis esfuerzos habrán sido vanos. No podré equiparlo. La condesa lloró y reflexionó en silencio. —A menudo pienso, y puede ser un pecado —continuó—, que el conde Cyril Vladímirovich Bezúkhov vive solo… con una gran fortuna… ¿Para qué vive? Para él la vida es penosa; en cambio, Boris está en el amanecer de la vida. —Es muy probable que deje algo a Boris —dijo la condesa. —Dios sabe, chère amie.36 ¡Estos grandes señores son tan egoístas! Aun así iré a su casa con Boris y le diré sin rodeos cómo está la cosa. Que piensen de mí lo que quieran, me da igual si está en juego el porvenir de mi hijo. —La princesa se levantó—. Son las dos y vosotros coméis a las cuatro, tendré tiempo de ir. Con los modales de una práctica dama de San Petersburgo que sabe aprovechar el tiempo, Ana Mijáilovna llamó a su hijo y salió con él a la antesala. —Adiós, querida —dijo a la condesa, que fue con ella hasta la puerta—. Deséame éxito —añadió en voz baja para que no la oyese su hijo. —¿Va a casa del conde Cyril Vladímirovich Bezúkhov, ma chère? —preguntó el conde, que salía del comedor—. Si está mejor, diga a Pierre que lo invito a comer. A veces me visitaba y bailaba con las chicas. No olvide invitarlo, ma chère. Vamos a ver cómo se luce hoy Taras. Dice que jamás hubo en la casa del conde Orlov un ágape como el que tendremos nosotros.
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