Capítulo XVI

1445 Words
CAPÍTULO XVIPierre, después de todo, no había logrado encontrar un puesto que le gustase en San Petersburgo y fue expulsado de allí por mala conducta. El relato del salón de la condesa de Rostov era cierto. Pierre había ayudado a atar al comisario a la espalda del animal. Había llegado a Moscú unos días atrás y, como siempre, se alojaba en casa de su padre. Aunque supusiese que en Moscú se conocía el escándalo y que las damas que rodeaban a su padre —hostiles con él— aprovecharían la ocasión para envenenar al conde, el día de su llegada fue a los aposentos paternos. Al entrar en la sala donde solían congregarse las princesas las saludó. Estaban sentadas con sus labores mientras una leía un libro en voz alta. Eran tres. La mayor, muy acicalada, de cintura alta y aire severo, la que vio Ana Mijáilovna, leía a las demás. Las menores, de mejillas rosadas y guapas, se distinguían solo por un lunar que una de ellas tenía sobre el labio, lo cual la hacía más atractivo, bordaban en bastidor. Pierre fue recibido como un muerto o un apestado. La mayor de las princesas calló y lo miró sin hablar, con ojos asustados. La segunda adoptó la misma expresión. La más joven, la del lunar, más alegre y chistosa, se inclinó sobre su labor para ocultar la sonrisa, seguramente provocada por la escena que le parecía cómica. Tiró entonces por debajo del bastidor de los hilos y se inclinó como para estudiar el dibujo, reprimiendo a duras penas la risa. —Bonjour, ma cousine39 —saludó Pierre—. ¿No me reconoce? —Lo conozco demasiado. —¿Cómo está el conde? ¿Podría verlo? —preguntó Pierre con su habitual torpeza, pero sin turbarse. —El conde sufre moral y físicamente, y parece que usted trata de darle más dolores morales. —¿Puedo ver al conde? —repitió Pierre. —¡Hum!… Si quiere rematarlo, puede verlo. Olga, ve a ver si el caldo del tío está listo; ya es la hora de su almuerzo —añadió mostrando así a Pierre que ellas estaban muy ocupadas cuidando a su padre mientras que él únicamente lo atormentaba. Olga salió. Pierre permaneció unos segundos de pie, miró a las hermanas y se despidió: —Entonces iré a mi cuarto. Avísenme cuando pueda verlo. Salió y oyó a sus espaldas una risa sonora, no fuerte, de la hermana del lunar. Al día siguiente llegó el príncipe Vasili. Se alojó en casa del conde y llamó a Pierre para decirle: —Mon cher, si se comporta aquí como en San Petersburgo, terminará muy mal; es todo lo que le digo. El conde está muy, muy enfermo y no debes verlo para nada. Desde entonces nadie se había ocupado de Pierre, que pasaba días enteros solo en su cuarto en el piso de arriba. Cuando Boris entró, Pierre recorría a zancadas la habitación. Se detenía a veces en un rincón, hacía un gesto amenazador a la pared como si quisiese ensartar con la espada a un enemigo invisible, miraba seriamente por encima de los lentes y volvía a caminar, pronunciando palabras incomprensibles, los hombros encogidos y los brazos separados. —Inglaterra ha vencido —arrugaba el entrecejo y señalaba a alguien con el dedo—. El señor Pitt, como traidor a la nación y al derecho de gentes, es condenado a… Iba a dictar su sentencia contra Pitt (entonces creía ser Napoleón, imaginaba que había realizado la peligrosa travesía del paso de Calais y conquistado Londres en compañía de su héroe), pero vio en su cuarto a un joven oficial esbelto y apuesto. Se detuvo. Pierre había dejado a Boris siendo un niño de catorce años y no lo recordaba. Pero con su característica espontaneidad le tendió la mano y sonrió amistosamente. —¿Se acuerda de mí? —dijo Boris tranquilamente con una sonrisa cordial—. He venido con mi madre a visitar al conde. Parece que no está bien. —Sí, parece que se encuentra mal. No lo dejan tranquilo un segundo —repuso Pierre tratando de recordar quién era. Boris veía que Pierre no lo reconocía, pero no creyó necesario presentarse y, sin apuro, lo miró fijamente a los ojos. —El conde Rostov le ruega que vaya a comer a su casa —dijo tras un silencio largo e incómodo para Pierre. —¡Ah! ¡El conde Rostov! —exclamó Pierre—. Entonces… ¿usted es su hijo Iliá? Figúrese que al principio no lo había reconocido. ¿Recuerda cuando íbamos de paseo a Vorobyovy Gori con madame Jacquot…? Hace ya tanto… —Se equivoca —contestó Boris con una sonrisa osada y burlona—. Soy Boris, el hijo de la princesa Ana Mijáilovna Drubetskaya. El padre de Rostov es quien se llama Iliá; su hijo es Nikolái, y no conozco a ninguna madame Jacquot. Pierre agitó las manos y la cabeza como si una nube de mosquitos o de abejas lo atormentase. —¡Ah, qué mal estoy! Confundo todo. ¡Tengo tantos parientes en Moscú! Usted es Boris… Por fin hemos podido entendernos. ¿Qué piensa de la expedición de Boulogne? Los ingleses lo pasarán mal si Napoleón cruza el canal. Lo creo muy posible. ¡Si Villeneuve no falla! Boris no sabía nada de la expedición de Boulogne, no leía periódicos y oía el nombre de Villeneuve por primera vez. —En Moscú nos preocupan más los chismes y las comidas que la política —dijo con voz tranquila y burlona—. No sé ni pienso nada sobre ese asunto. Moscú se ocupa de rumores —repitió—, y ahora solo hablan de usted y del conde. Pierre sonrió con bondad, como si temiese que su interlocutor fuese a decir algo que después pudiese lamentar. Pero Boris hablaba con precisión, claridad y sequedad, mirándolo a los ojos. —En Moscú solo se chismorrea —siguió—. Todos preguntan a quién dejará el conde su fortuna, aunque tal vez nos entierre él a todos, cosa que le deseo de corazón. —Sí, todo esto es muy triste… —murmuró Pierre. Aún temía que el oficial se metiese sin darse cuenta en una conversación embarazosa para él. —Y usted debe pensar —Boris enrojeció levemente sin alterar su voz ni su postura— que todos tratan de conseguir algo de un hombre tan rico. «¡Ya empezamos!», pensó Pierre. —Para evitar confusiones, quería decirle que se engañaría si nos contase a mi madre y a mí entre esas personas. Somos pobres, pero yo, puesto que su padre es rico, no me considero pariente suyo, y ni mi madre ni yo pediremos nada ni lo aceptaremos. Pierre tardó en comprender, pero cuando lo hizo saltó del diván, tomó la mano de Boris y, aún más ruborizado que él, empezó a hablar torpemente con vergüenza y fastidio: —¡Qué extraño!… Es que yo… Pero quién podía pensar… Sé bien… Boris lo interrumpió de nuevo: —Me alegra haberlo dicho todo; tal vez haya sido desagradable para usted, pero perdone —calmó a Pierre en lugar de ser serenado por él—. Espero no haberlo ofendido. Tengo a gala ser franco… Ahora, ¿qué debo decir? ¿Irá a comer con los Rostov? Cumplido su deber, salvada la difícil situación y tras colocar en ella a su interlocutor, Boris se hizo de nuevo tan agradable como antes. —Escuche —Pierre recobró la calma—. Es usted asombroso. Lo que acaba de decir está… muy bien. No me conoce. ¡Hace tanto que no nos vemos…! Éramos dos críos… Puede creer que yo… Lo comprendo bien. Yo no haría algo así; no tendría valor, pero está muy bien. Me alegra mucho haberlo conocido. ¡Es curioso lo que suponía de mí! —sonrió tras un breve silencio—. Pues nos conoceremos mejor —dijo estrechando la mano de Boris y añadió—: Aún no he podido ver al conde una sola vez. No me ha llamado… me apena como ser humano… ¿y qué puedo hacer? —¿Cree entonces que Napoleón conseguirá pasar su ejército? —sonrió Boris. Pierre comprendió que Boris deseaba cambiar de tema y, como él también quería, se puso a explicar las ventajas y dificultades de la empresa de Boulogne. Un lacayo acudió a llamar a Boris de parte de la princesa. Su madre se marchaba. Pierre prometió ir a la comida para afianzar su amistad con Boris, le estrechó con fuerza la mano mirándolo afectuosamente a los ojos a través de sus lentes… Pierre siguió un rato paseando cuando Boris hubo salido, pero sin herir con la espada al enemigo invisible, sino sonriendo al recordar a aquel joven simpático, inteligente y decidido. Como suele ocurrir en la juventud, sobre todo cuando se está solo, sentía una ternura instintiva por Boris y se prometió trabar una buena amistad con él. Mientras, el príncipe Vasili despedía a la princesa Ana Mijáilovna, de cuyo rostro bañado de lágrimas no apartaba un pañuelo. —¡Es terrible! —decía—. Por más que me cueste, cumpliré mi deber. Vendré a velarlo; no podemos dejarlo así; cada minuto es oro. No comprendo a qué esperan las princesas. ¡Dios me ayudará a encontrar el modo…! Adieu, mon prince, que le bon Dieu vous soutienne…!40 —Adieu, ma bonne41 —respondió el príncipe Vasili apartándose de ella. —¡Ay! Está fatal —dijo la madre al hijo ya en el coche—. Casi no conoce a nadie. —Maman, no comprendo, ¿cuáles son sus relaciones con Pierre? —inquirió. —El testamento lo dirá todo; nuestra suerte también depende de él… —Pero ¿por qué crees que puede dejarnos algo? —¡Ay, cielo! Él es tan rico y nosotros tan pobres… —Pero, maman, eso no es motivo suficiente… —¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué mal está el pobre! —repetía la madre.
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