Capítulo XVII

525 Words
CAPÍTULO XVIIDespués de que Ana Mijáilovna se marchó con su hijo a la casa del conde Cyril Vladímirovich Bezúkhov, la condesa Rostova continuó sentada a solas enjugándose los ojos con el pañuelo. Finalmente tocó la campanilla. —¡Cómo, querida! —se enojó con la doncella, que la había hecho aguardar varios minutos—. Si no quiere atenderme, le encontraré otro puesto. La condesa estaba abatida por el dolor y la humillante pobreza de su amiga. Ese era el motivo de su malhumor, que manifestaba siempre llamando «querida» a la doncella y tratándola de usted. —Perdón —dijo la sirvienta. —Diga al conde que lo espero. El conde se acercó balanceándose a su mujer con su habitual aire culpable. —Bueno, condesita: ¡qué sauté au madère42 de ortegas tendremos hoy, ma chère! Lo he probado. Los mil rublos que pagué por Taras los doy por bien empleados. Se sentó junto a su esposa, y comenzó a revolverse el cabello gris con los codos garbosamente apoyados en las rodillas. —¿Qué ordena la condesa? —Pues, verás, querido… Pero, ¿qué es ese lamparón? —dijo señalando el chaleco—. Seguro que es del sauté… —sonrió—. Lo que pasa, conde, es que necesito dinero. Su rostro se entristeció. —¡Oh, condesa! —El conde sacó la cartera. —Necesito mucho, conde; necesito quinientos rublos —y frotó el chaleco de su marido con un pañuelo de batista. —Ahora, ahora… ¡Eh! ¿Quién hay ahí? —gritó con la voz de quien está seguro de que la persona a quien llaman acudirá a la llamada—. ¡Que venga Mitenka! Mitenka, el hijo de familia noble criado en casa del conde y cuyos asuntos llevaba ahora, entró en silencio. —Querido… —dijo el conde al joven, que avanzaba con respeto—. Tráeme… —reflexionó— setecientos rublos. Eso es. Pero escucha. No me los traigas sucios y rotos como el otro día; tráeme billetes nuevos, que son para la condesa. —Sí, Mitenka…, que estén limpios —la condesa suspiró tristemente. —Excelencia, ¿cuándo desea que se los traiga? —preguntó Mitenka. —Ya sabe que… Pero no se preocupe —rectificó al ver que el conde comenzaba a respirar acelerada y trabajosamente, señal de un arranque de ira—. Olvidaba que… ¿Desea que se los traiga ahora mismo? —Sí, tráelos, y dáselos a la condesa. ¡Mitenka es una joya! —sonrió el conde—. No hay nada imposible para él. Odio esa palabra; todo debe ser posible. —¡Ay, conde! ¡El dinero, cuántas penas en el mundo por su culpa! —suspiró la condesa—. Y ese dinero me hace muchísima falta… —Usted, condesa, es una famosa dilapidadora. —El conde besó la mano de su mujer y regresó a su despacho. Cuando Ana Mijáilovna volvió de su visita a Bezúkhov, la condesa tenía el dinero en billetes nuevos sobre la mesa, debajo de un pañuelo. Ana Mijáilovna la notó turbada. —¿Qué ocurre, amiga? —preguntó la condesa. —¡Ay, cómo está! No lo reconocerías. Está fatal… Lo he visto un momento y no he podido ni decir dos palabras… —Annette, te pido por Dios que no rechaces esto —dijo de repente la condesa sonrojada, lo cual le daba un raro aspecto a su rostro ya no joven, delgado y grave, al sacar el dinero de debajo del pañuelo. Ana Mijáilovna supo de inmediato qué era y se inclinó para poder abrazar con comodidad a la condesa en el momento preciso. —Es para Boris, para su equipo, de mi parte… Ana Mijáilovna la abrazó llorando y también lloró la condesa. Ambas lloraban porque eran amigas y buenas, porque —amigas desde niñas— debían ocuparse de algo tan soez como el dinero. Lloraban por su juventud pasada… Pero eran lágrimas placenteras para ambas.
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